Brecha Digital

Tres (o seis) cómicos bastante más cuerdos de lo que parecen y un revival innecesario

En 1934 Columbia Pictures, productora que por entonces no integraba la lista de “grandes” de Hollywood pero hacía lo posible por sumarse al selecto grupo, contrató al trío de cómicos The Three Stooges. Su objetivo era tener siempre disponible una serie de películas de “dos rollos” –entre 15 y 20 minutos– para completar programas de cine algo cortos. El contrato se mantuvo con la misma paga anual hasta 1958, con el resultado de 190 cortometrajes lo bastante parecidos entre sí como para que se pueda hablar de un corpus creativo unitario y coherente, la multiplicación de los beneficios de la empresa hasta una cifra cercana al infinito cuando, hacia los años cincuenta, la televisión de todo el mundo (occidental, al menos) se brindó gustosa a propagar con generosidad de horarios y publicidad los 190 capítulos, fundando así una costumbre y un negocio que hoy siguen tan campantes, el bautismo latinoamericano del trío con el adecuado nombre de Los tres chiflados y la certeza de que se trata del único grupo cómico surgido hace más de 75 años que ha sido capaz de mantener incólume su popularidad y su capacidad de hacer reír a tantas generaciones como las que, hoy mismo, se asoman por primera vez a la televisión.


Estos méritos podrían provenir de la casi mágica capacidad del trío para sobreponerse a una serie de detalles artísticamente intimidatorios. Uno, la casi total ausencia de plumas de primer nivel en la escritura de los guiones –en alguno de ellos anda Clyde Bruckman, pero…–. Dos, ninguno de los directores a cargo de la parte técnica se destacaron antes o después con otras películas (¿alguien se acuerda hoy de Del Lord o Jules White?). Tres, los obligados cambios por enfermedad para el tercer integrante del trío: Moe y Larry estuvieron en todas las películas, pero en 1952 Curly fue reemplazado por Shemp, a su vez sustituido en 1957 por el algo anodino Joe Besser, y en los años sesenta, cuando surgió la idea de reflotar el grupo a través de sendos largometrajes, se contrató a Joe de Ritta, a quien por su parecido con Curly llamaron Curly-Joe; vaya treta. Cuatro, la pobre calidad de estos largos, que parecen haber perjudicado más que ayudado a la fama del grupo. Cinco, su imposibilidad de controlar mínimamente la marcha de un negocio que los tenía como eje único, más allá de lo poco que les pagaba la Columbia. Seis, la mismísima muerte de sus integrantes. No hay con qué darles: si aún hoy hacen reír y se habla de ellos, es porque eran realmente buenos.
Eran buenos en lo suyo, y está más que claro que jamás aspiraron a otra cosa que “lo suyo”. Esto consistía en un trajinar frenético y sin pausas entre el ninguneo o el desprecio de los demás personajes, indomable voluntad para vengarse de sus “enemigos”, el uso y abuso de golpes, zancadillas, dedos en los ojos, bombas caseras y de las otras, la suspensión de toda noción de credibilidad, la increíble vocación para “ralentar” toda solución a la encomienda asignada a través de disputas internas (Los Tres Chiflados preferían pegarse entre sí que pegarle a los demás), la hábil introducción de efectos sonoros a un humor físico totalmente deudor de los cómicos que llevaron al extremo el humor slapstick en el cine mudo, el saber cómo jugar hasta el final con las consecuencias de los roles de cada uno. Moe, el jefe, siempre creía tener razón, nunca la tenía. Larry advertía su incoherencia, amagaba contradecirlo, a la larga le seguía el juego. Curly, el más infantil, se rebelaba, pero terminaba actuando contra los otros dos. Shemp, el sustituto de Curly, se rebelaba de otra manera, un poquito más “intelectual”.
No eran para nada “intelectuales” dentro o fuera de la pantalla. Moe Howard (nombre verdadero: Moses Horwitz) era hijo de un matrimonio judío y de clase media de Brooklyn que nunca aprobó del todo su temprana –años diez– vocación por el teatro ni su integración a una troupe de vodevil que conducía Ted Healy. Con los años, éste reclutaría a Shemp, el hermano de Moe, y a otro judío, pero de Filadelfia, al que llamaron Larry Fine. A comienzos del cine sonoro –primeros años treinta– los cuatro participaron en películas de segundo orden, se pelearon con sus jefes, Shemp decidió abrirse y comenzó una carrera propia como secundario de cierta relevancia, y Moe sugirió sustituirlo por su hermano menor, mimoso, mujeriego y bastante poco responsable (para todo) Curly. A la larga Shemp retornaría al grupo en lugar de Curly, pero cabe acotar que durante todo el largo periplo Moe fue el único que se preocupó mínimamente en temas como la economía o la estabilidad familiar. Era muy distinto a su personaje, pero ni siquiera “intelectualizó” su parecido físico con Hitler, más allá de que la vocación autoritaria de su personaje podría leerse como una alusión posiblemente inconsciente a ese enemigo, y de que en 1940, un año antes de El gran dictador de Chaplin, lo parodió en un corto intraduciblemente llamado You Nazty Spy, que él insistió en rotular como uno de sus “favoritos”. Pero más vale no buscar otra ideología o política en la obra de Los tres chiflados que la del despiporre.
Hay otro Hollywood, que insiste en lucrar donde es difícil crear –que poco les interesa– y así los hermanos Peter y Bobby Farrelly, sobrevalorados productores y directores de la más escatológica que graciosa Locos por Mary (1998) y otras comedias menos exitosas, como Amor ciego (2001), se propusieron revivir* el mito a partir de tres premisas. La primera, conseguir tres actores que, convenientemente entrenados y maquillados se parecieran lo más posible a los originales. Chris Diamantopoulos (Moe), Will Sasso (Curly) están mejor que Sean Hayes (Larry), pero la interpretación es, en general, satisfactoria. La segunda premisa es respetar la vocación episódica de los Stooges verdaderos, algo que algunos letreros explicitan y para lo cual la trama, que empieza en un orfanato, sigue en un hospital y luego se prolonga como una suerte de reality show, luce, en principio, adecuada. La tercera premisa es la de hacer a partir de ahí una comedia con gracia. Como no podía ser de otra manera, como no debía ser de otra manera, fallaron. n

 

*     The Three Stooges. Estados Unidos, 2012.

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