Vuelo a Capistrano (Espacio, sala 1), del argentino Carlos Gorostiza, dirigida por Patricia Yosi, se instala en el sitio al que todos los años emigran ciertas aves y ante la mirada de un pintor que, quizás debido a un problema de salud, está atravesando una crisis artística. Un conflicto familiar parece precipitar los acontecimientos en un texto que parte del naturalismo para construir una alegoría sencilla y contundente acerca de ciertas etapas de la vida. Bien planteada y dialogada, y sazonada por leves toques de humor, la obra fluye con la debida coherencia. Algo que la directora aprovecha para proponer un espectáculo cálido, sin estridencias, que permite un amplio lucimiento del protagonista que encarna Walter Reyno, con el eficiente apoyo de las actrices María Filippi y Maribel García.
Lorca-Dalí. La otra mitad (Museo Torres García), del uruguayo Daniel Bello, con dirección de Sandra Bartolomeo, enfrenta al poeta español con el pintor coterráneo en diversas etapas de unas vidas que dieron y todavía dan mucho que hablar. El texto alcanza un sugerente vuelo poético al explorar los polémicos temperamentos de ambos artistas y la impresión que éstos fueron dejando a su alrededor. Al espectador corresponderá luego extraer conclusiones tanto sobre lo visto como lo que el espectáculo invita a imaginar. La cuidada puesta de Bartolomeo, si bien acierta en los aspectos más formales –el provecho del espacio, la solución escenográfica de Fernando Roel, Lilián Degiorgis y Marcos Ibarra, el inspirado apoyo de la melodía que brota de un par de saxos o el adecuado ritmo de entradas y salidas para abarcar distintas épocas– se resiente en parte por la ausencia de actores con mayor entrenamiento y experiencia para encarnar tamañas figuras.
Una terapia sin causa (agadu), del autor nacional Martín Arellano, dirigida por Gustavo Casco, presenta al primero en el papel de un paciente que parece estar más enterado en materia de terapias e inconscientes que su propio psicólogo (y a tal punto que quien busca analizarlo se convierte por momentos en analizado). La situación encierra momentos de ironía que divertirían al mismísimo Woody Allen, con quien el paciente referido comparte más de un par de características. Las punzantes y originales sesiones resultan bien aprovechadas por un Arellano entre quejoso y arremetedor, enfrentado a un Fernando Landó llamado a encarnar a un profesional cuya seguridad se resquebraja poco a poco. La mano de Casco consigue que la puesta crezca a medida que el espectador advierte las características de este dúo a contrapelo (y cuya existencia ningún frecuentador de lo que sucede en ciertos consultorios se atrevería a negar).
La increíble historia de Pedro Pathelin (El Tinglado), anónimo francés de 1464, con dirección de Daniel Videla, recrea la eterna farsa del astuto abogado que echa mano a todo lo que se le puede ocurrir para lograr sobrevivir en un mundo poblado de bribones de igual o mayor catadura. En la oportunidad, y a pesar de la buena mano que el año pasado Videla demostrara en el manejo de un texto de Molière con sus correspondientes cargas de humor, el trabajo se ve disminuido por cierta incomodidad en el tratamiento de los recursos “gruesos” que el original propone, así como por la utilización de un espacio que quizás hubiera demandado un escenario más desnudo. A pesar de no dejarse llevar del todo por el tono desaforado que su protagonista reclamaba, Marcelo Camino se las arregla para que el personaje no empalidezca, una tarea nada sencilla frente a las arrebatadas características que César Díaz y Carlos Morán imprimen a las siluetas de don Jacobo, el tendero judío, y un juez que se las trae.
El país de la gata flora 3 (El Tinglado), de Juanse Rodríguez y José María Novo, dirigida por este último, se apoya en aquello de que segundas partes nunca fueron buenas, y prefiere ir directamente a una tercera. A través del telón el espectador vuelve a distinguir a Fabiana Charlo, Carina Méndez, Nicolás Pereyra y el propio Juanse, protagonistas de la primera y exitosa versión, agitándose al ritmo de unas cuantas canciones en onda, antes de hincarle el diente a los cuatro monólogos que la presente puesta les reserva. Los latentes problemas de las sociedades médicas, la fragilidad de la memoria, ciertos grados de intolerancia y la hipocresía que la sociedad destila en nombre de la religión y las buenas costumbres asoman en el desfile con trazos contundentes y un humor que en algunos casos suaviza asperezas, y en otros subraya los extremos en que a menudo caen personajes bien conocidos e instituciones renombradas. Más allá de alguna largueza, la nueva fórmula se atreve a señalar hechos y situaciones que el espectador no siempre está dispuesto a poner sobre el tapete. Charlo, Méndez, Pereyra y un Juanse que en algunos momentos no debería apurarse tanto para hablar, defienden la letra con las debidas dosis de intención y energía de manera que la gente se divierta y, en la medida de cada quien, extraiga sus conclusiones. n