“¡Maldita la noche que te conocí!” Transcurren apenas 15 minutos de película,* pero como ya habíamos entablado una inevitable relación de comprensión, si no de empatía, con nuestro protagonista (John Mc Inerny), esa frase de su ex esposa (Griselda Siciliani), con el agregado de que se está refiriendo a una noche y no a un día de diez o 12 años atrás, se nos antoja injusto.
Después de todo el hombre, un cuarentón gordo cuya vida real transcurre entre ocho horas diurnas y a pleno desgano en una metalúrgica donde no califica ni como operario competente y un trabajo nocturno como imitador de Elvis Presley en boliches cuyos dueños lo tratan con similar desprecio y para colmo le retacean sus viáticos, y cuya vida imaginaria consiste en un prolijo y denodado esfuerzo por ser Elvis, no meramente su imagen, su copia o su transmutación rioplatense, no ha hecho otra cosa que cumplir con su rutina mensual. Es decir, una vez cada 30 días, poquísimo si tenemos en cuenta de qué se trata: ir a buscar a la escuela a la hija (Margarita López) que ambos tienen común, pasearla en su destartalado colachata modelo 70 u 80, alimentarla (mal) en base a sándwiches idénticos a los que consumía Elvis, hablarle un poco de su ídolo y casi nada de otra cosa, continuar inmerso en su mundo privado mientras su hija se aburre o, acaso, se avergüenza. Y volcar una porción de los poquitos pesitos que ha ahorrado en la alcancía de ésta, pero de eso mamá no tiene cómo enterarse. Los gestos, para ser buenos, deberán ser secretos.
Hasta ahí, hasta la frase hiriente, el director Armando Bo se había limitado a colocarnos en ambiente: un retrato fidedigno, atento, plagado de pliegues, recovecos y todo tipo de detalles en torno al antihéroe y su circunstancia. Vimos y oímos a un personaje que ruega que la voz ajena que lo llama por su nombre verdadero (Carlos Gutiérrez) se escuche lo menos posible para mejor taparla con el estentóreo “Elvis” con el que sí se siente cómodo, que dentro y fuera del escenario personifica casi a la perfección la voz, el ritmo, las contorsiones, los gestos, los trajes multicolores, las patillas, las dudas, las adicciones y la locura de su ídolo tal como éste la vivió y padeció durante sus últimos años (la decadencia, si es de origen “presleydiano”, no hay por qué esconderla), que trata de entusiasmar a sus compañeros de orquesta sin obtener avance musical alguno, que se pelea con su público y, sobre todo, consigo mismo, que rara vez putea y cuando lo hace baja la voz, que no tiene un mango, que igual se las ingenia para dejarle unos pesos a la encargada del hogar de ancianos donde vive su madre y él ha tocado, posiblemente sin cobrar, unas canciones únicamente munido de su guitarra y de su dignidad, que siempre mira a amigos y enemigos de reojo pero nunca deja de demostrar que es incapaz de matar una mosca, que por momentos parece estar un poco loco y que por otros momentos reacciona como si estuviera muy loco, que nos dice que está planeando algo “grande”. No sabemos muy bien cómo, ni mucho menos qué.
Como en toda buena película clásica –la factura narrativa de El último Elvis parece provenir de algún plan de producción de cincuenta o sesenta años atrás, dicho esto como un elogio–, como en la vida misma y como en todo melodrama que se precie de tal, un hecho fortuito alterará las circunstancias y su devenir. Pocos minutos de metraje después del, para nosotros, desconsiderado recibimiento de su ex esposa, le avisan que ésta y su hija sufrieron un accidente. Acude al hospital. La nena está fuera de peligro, pero mamá debe permanecer internada. Asume, entonces, la paternidad como móvil y como obligación. A su modo: más paseos al garete, más sándwiches “presleydianos”, más devedés del ídolo, un apartamento sucio y maloliente, una cama desvencijada, sonrisas un poco forzadas, consejos no necesariamente sabios. La chiquilina se sensibiliza con su nuevo protector, aprende a quererlo como ya hemos aprendido a quererlo nosotros, y consigue que una compañerita de escuela le obsequie una artesanía con una pequeña escultura de Elvis. “¡Qué flaco que está acá!”, discute su padre después de aceptar el regalo. Lo llevará, después, a todas partes, hasta su última “misión”. Pero antes, bastante antes, tendrá oportunidad de protagonizar una de las secuencias más genuinamente emotivas del cine, argentino o no, de los últimos tiempos. Su ex esposa ha sido dada de alta. La va a buscar, junto con la nena, en el auto de ella –él ya se ha desprendido del suyo–. El trío sube al auto. Él maneja. No se escuchan, casi, palabras. La cara de felicidad de él y de contenida satisfacción de sus dos compañeras de viaje expresan más sobre la redención humana que cualquier tratado filosófico imaginable, escrito o no.
A esa altura ya estaremos, como espectadores, en condición de salirnos “un poco” de la historia y preguntarnos por qué ésta nos pega tan fuerte. Sólo en las películas grandes de verdad uno puede salirse, volver a entrar, salir otra vez y reflexionar sin prejuicios a propósito de las entradas y salidas sin que el ritmo, la historia, la vibración y el pathos se resientan. La segunda mitad de El último Elvis confirma e interioriza esa grandeza. Nos preguntamos, sin dejar de lado la historia, por sus componentes. Algunos son evidentes. Elvis, bien imitado, cada día canta mejor, como lo confirman diez o 12 de sus temas más famosos, desde “Love Me Tender” hasta “Always on My Mind”. John Mc Inerny, arquitecto de profesión y mimético recreador del espíritu de su ídolo por vocación, nació para interpretar este papel. La dirección de arte (responsable: Daniel Gimelberg) le imprime una suerte de poesía sucia y descontracturada a una Buenos Aires real y a un Memphis mítico que lucen como desprendimientos naturales de un éxtasis terrenal y asordinado. El guión de Bo y de su colaborador –también en el montaje, lo que lo acredita como virtual coautor– Nicolás Giacobone es ejemplarmente sintáctico y nunca se desvía de lo esencial. Y lo esencial radica aquí en la mirada. Bo y su equipo observan, envuelven, tratan de entender, a veces lo consiguen, cuando no lo consiguen siguen adelante a ver qué pasa, dejan correr y soñar a su personaje, nunca interfieren con él, no lo juzgan, no imponen una moral. Dejan que ésta acuda, diáfana, hacia nosotros. El director es nieto del arremetedor, desprejuiciado y hábil creador y ejecutor del mito Isabel Sarli, e hijo del actor (Víctor) que desde su puesto acompañó un periplo cinematográfico familiar que ha motivado un sinfín de ensayos sobre lo kitsch, la censura, el erotismo y la posmodernidad. Publicista profesional, El último Elvis es su primer largometraje. Quién sabe si podrá, algún día, equiparar este logro. Desde ya, nadie se lo exija. n
* El último Elvis. Argentina, 2011.