El otro juglar
- Última actualización en 03 Agosto 2012
- Escrito por: Ronald Melzer
La oportunidad hace al monje. El protagonista de El puerto,* un lustrabotas sesentón que vive con lo justo y parece enorgullecerse de su estatus marginal, ama la música y –se presume– las demás artes, cuenta que alguna vez gozó de la vida bohemia en París, se comunica más bien poco con su mujer pero siempre la está cuidando de refilón, frecuenta los bares pero raramente (o nunca) se emborracha y predica el bien sin mirar a quién, encontrará, gracias a un hecho fortuito, la oportunidad de ser útil a la sociedad. O de redimirse, si es que antes cometió algún pecado mortal.
Intuimos algo, pero nunca sabremos exactamente de qué pecado se trata. El actor André Wilms luce como un zombi siempre alerta que mira permanentemente a la cámara como si quisiera que el prójimo lo escrute con su mirada. El hecho fortuito que cambiará su vida, la de los demás y el devenir del relato, es el arribo de un zozobrante barco pirata a Le Havre, emblemática y bretona ciudad de paso, el descubrimiento, relevamiento y captura de un grupo de inmigrantes africanos sin papeles ni comida, la huida de un adolescente (Blondin Miguel), la protección y refugio (casa y comida incluidos) que éste obtiene de nuestro héroe, que hará un esfuerzo denodado
–pero sin que en apariencia se le mueva un pelo– por salvarlo de la deportación, reenviarlo a Inglaterra, facilitarle una nueva vida. Entre medio, un par de comerciantes amigos suministrarán provisiones y afecto; a su esposa (Kati Outinen) le diagnostican cáncer, pero como por orden de ella él no se entera del diagnóstico le seguirá mandando flores al hospital; un roquero veterano (Little Bob) acepta dar un concierto a beneficio sólo después, que alguien convence a su esposa de que vuelva con él, y el bigotudo inspector de la policía (Jean-Pierre Darrousin) hace lo posible y lo imposible por ocultar el crimen de “lesa inmigración”, engaña a sus propios subalternos y se convierte en el más imprevisible de los héroes ad-hoc. Por ahí andan también el ilustre cómico hoy semiolvidado Pierre Étaix, que hace de médico con buenas noticias, y Jean-Pierre Léaud, emblema de la Nouvelle Vague, que interpreta a un delator con cara de niño asustado. Bichos raros, todos ellos.
O no. Son, en realidad, el colmo de lo normal. Seres desvalidos, soñadores, desnudos y desnudados por el guionista y director finlandés Aki Kaurismaki (Juha, El hombre sin pasado, Luces al atardecer), que los ha reducido a lo esencial, a lo primario, a un presente sin pasado, a sus físicos feos y encantadores, a sus gestos más obvios, a sus ropas de segunda o tercera clase, a un total despojamiento. Además de poeta con una estética y un mundo propios, Kaurismaki es un mago. Dentro del cine contemporáneo, sólo a él se le dan con toda naturalidad las combinaciones más extravagantes. Los estáticos primeros planos de unos personajes delatados por una bondad intrínseca y el chirriante y multicolor paisaje portuario –crédito que comparte con su habitual director de fotografía Timo Salminen–. La inserción de lo fantástico, lo no explicado o lo no explicable, como el primer encuentro entre el adolescente y su benefactor, en medio de una narración presuntamente (equívocamente) naturalista. La repentina, inaudita fuerza que adquieren, sin que se sepa cómo y de dónde vienen, los deseos de unos personajes que parecían actuar por designios inamovibles. La alternancia de Edith Piaf, Johann Sebastian Bach, Carlos Gardel y Little Bob en la banda sonora. Más –y mejor– aun, la mezcla de influencias cinéfilas. En este caso, el artificio (¿la fórmula?) podría provenir de unos personajes que se mueven, se abren y se exponen como lo hacían los del alemán Rainer Werner Fassbinder (El miedo corroe el alma, El mercader de las cuatro estaciones), cineasta tortuoso y fundamental de los años setenta y ochenta, entre decorados, una cadencia y un aire más propios del cine de René Clair, inclasificable propagador del optimismo vital entre las décadas del 20 y del 60, y una de cuyas películas, Puerto de Lilas, fue el único protagónico cinematográfico de George Brassens, un juglar que en El puerto habría encajado muy bien.n
* Le Havre. Francia/Finlandia, 2011.

