Regreso sin gloria

Mientras los espectadores bajan al sótano para escuchar los comentarios y confesiones de Agamenón que regresa de la guerra de Troya, las espectadoras permanecen arriba en torno a una Clitemnestra que, según los hombres infieren de lo que cuenta el soberano, protesta a viva voz con respecto al sacrificio de Ifigenia que el primero cuenta haber decidido para evitar males mayores.

Al poco tiempo queda claro que los espectadores de sexo masculino no habrán de presenciar el monólogo de la reina, y las espectadoras tampoco tendrán oportunidad de reunirse alrededor de Agamenón. Unos y otras, sin embargo, se encontrarán luego arriba, asistiendo a un sofocado intercambio de palabras entre los personajes que se irá resquebrajando hasta culminar en forma abrupta. La ironía, la simulación y la hipocresía salen a relucir durante esta segunda parte en que se advierten las heridas que afectan a los implicados, exponentes de un sexo que se siente pisoteado y de otro que avasalla.
Vestido con elegantes ropas actuales y llevado a escena en un boliche del Cordón,* el espectáculo escrito y dirigido por Mariana Percovich da lugar a que la concurrencia participe de un copetín y una comida que hacen referencia al banquete ofrecido por la protagonista a su recién regresado marido. El traslado en el tiempo y el espacio, y a pesar de que en ciertos momentos se hable de hombres y dioses, de guerra y paz, de vida, muerte y sacrificios humanos, transforma a esta mujer desgarrada y profundamente ofendida y a este hombre de inconfundibles rasgos machistas en una moderna y conflictiva pareja de la alta burguesía que pronuncia velados insultos, ataca y retrocede en una intimidad tristemente habitual y de entre casa. Tal es lo que resta a la Clitemnestra del título y al anfitrión que un rato antes compartiera camaraderías con los asistentes masculinos. Ni los significativos nombres de los mencionados ni la tragedia que una vez envolvió a los personajes originales quedarán en el recuerdo, opacados por esta educada disputa posterior que se desenvuelve frente a un grupo de “invitados” irremediablemente distraídos por la bebida y los entremeses. En pie se mantiene, sin duda, el aplomo y la solidez con que Iván Solarich y Marisa Bentancur –pese a que, afectado por la discriminación sexual establecida, quien escribe no pudo apreciar el trabajo completo de la actriz– enfrentan un compromiso que para un sector de público puede ser una ocasión de entretenerse siguiendo las alternativas de un espectáculo diferente, al tiempo que otros se mantendrán a la espera de unos contenidos que no llegarán.

* Paullier-Guaná, lunes 30.

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