El famoso ignorado

De las especies en peligro de extinción, la que menos preocupa a los biólogos es la del crítico de arte. Y a los editores de revistas, programas de televisión y hombres de la cultura en general. Probablemente también a los lectores. Otra razón no explica el encarnecido silencio que envolvió, al menos en Uruguay, la desaparición física de Robert Hughes. Murió hace una semana en Nueva York el australiano que era considerado el crítico de arte más importante del mundo y tal vez uno de los más polémicos. Afirmaciones como que la pintura de Francis Bacon se parece a “papel para atrapar moscas” o que “Jeff Koons es el Rose Mary baby de Andy Warhol” le granjearon esa fama de “elocuente y combativo”, como lo definiera The New York Times. Su vida discurrió entre su Sydney natal, Londres y Nueva York, pero su gran pasión por los viajes y las ciudades lo condujo a escribir “historias culturales” de Barcelona y de Roma, obras a medio camino entre el diario de viaje y la guía erudita. Odiaba el arte “posmoderno” surgido de los años ochenta, se lamentaba de la inflación desmesurada de las nuevas promociones en el mercado; amaba a Goya pero destestaba a Gaudí, admiraba hasta la locura a Caravaggio y aborrecía a Damien Hirst, toleraba hasta cuatro pinturas del “aduanero” Rousseau. Poseía un estilo tajante y golpeador, cargado de ironía anglosajona. En Uruguay se lo conoció bien a través de la estupenda serie de documentales que concibió para la bbc, El impacto de lo nuevo (The shock of the new, 1982), que emitió Canal 5 y que hoy se puede bajar de la red. También circuló con buena prensa la recopilación de artículos que escribiera para Time y que publicó Anagrama bajo el título A toda crítica (1990). Solamente estas dos menciones bastarían para recordarlo por mucho tiempo.
“Este señor desastroso parece sacado de un filme de Tarantino, en el papel de malo”, juzgaba un lector de Internet a partir de una fotografía publicada en El País de Madrid. Y tenía razón (aunque no en la diatriba que sigue a ese comentario). Porque Hughes era un sobreviviente y tal vez en ese aspecto desmañado contribuyera el hecho de haberse librado de un coma de cinco semanas luego de un accidente automovilístico en 1999, y el haber sido golpeado por el suicidio de su hijo de 34 años en 2002. Divertido y sufrido, amado y odiado, con él muere una especie: la del crítico de arte que combina erudición y popularidad.

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