Ejemplos hay una infinidad, desde Juana de Arco (1928) en adelante –hace un año se estrenó La pontífice, que narraba la historia de la papisa Juana, quien habría engañado a la Iglesia logrando ser electa para el papado– y son especialmente recordados los travestismos de Katherine Hepburn en La gran aventura de Silvia (1935), de Julie Andrews en Victor Victoria (1985) y el de Hillary Swank en Los muchachos no lloran (1999). Este último fue, de lejos, el mejor. Swank se tornaba creíble en su infiltración; su voz, sus gestos, su forma de caminar se veían propiamente masculinos. Pero también ayudaba la forma en que era registrada: jugaban a su favor artificios cinematográficos como la iluminación y el montaje, de modo que se la viera en pantalla el tiempo justo como para no romper la ilusión.
Llegar a eso es muy difícil, ya que se debe lidiar además con un espectador especialmente atento al detalle. Y aquí* Glenn Close no sale bien parada representando a Albert Nobbs, así como tampoco lo hace otra mujer travestida (Janet McTeer) en un rol secundario. La protagonista, quien se disfrazó de hombre para poder trabajar y sobrevivir en la Irlanda del siglo xix, cansada de una vida de servidumbre, decide abrirse un camino distinto, iniciar una vida nueva. Y ya desde un comienzo la ilusión de verosimilitud se ve drásticamente resquebrajada; Albert Nobbs carece además de una personalidad que distraiga de la mera apariencia, y uno se pregunta cómo es posible que quienes lo rodean no se den cuenta del camuflaje. Es algo que rompe los ojos, similar a lo que sucedía con Clark Kent y Superman: ni su amada Luisa Lane se daba cuenta de que eran el mismo tipo.
Claro que una insolvencia de este tipo podría olvidarse o dejarse de lado si el resto de la película la compensara de algún modo. Pero si bien la historia está bien narrada –quizá sea determinante el aporte del húngaro István Szavó– y logra despertar cierto interés (como se dijo, el tema tiene atractivo de por sí), al triángulo amoroso le falta química, a la anécdota de explotación le falta amargura, el conflicto carece de dramatismo y molestan ciertos pensamientos en voz alta por parte de un personaje que se supone desarrolló la habilidad de pasar desapercibido. El director Rodrigo García (Con sólo mirarte, Nueve vidas) –hijo del escritor Gabriel García Márquez–, nos deja, otra vez, una película descafeinada, prescindible y con cierto sabor a moralina insustancial. n
* Albert Nobbs. Reino Unido, Irlanda, Francia, 2011.