Detrás de un vidrio esmerilado
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: Ronald Melzer
Fue, a su modo y en lo suyo, un creador. Tony Scott le impuso a sus películas de aventuras y policiales, antes de que los demás directores y productores de Hollywood pusieran esos recursos de moda, una serie de juegos temporales y espaciales de variada índole, planos secuencia trabajosamente compuestos con o sin el soporte de la grúa que sostiene una cámara destinada a filmar a través de vidrios esmerilados, el humo que difumina la visual con un propósito dramático, el montaje que enlentece o acelera la acción para comprimir o dilatar la impresión del espectador, la actitud un poco sobradora y otro poco cáustica de su héroe o personaje principal. Todo lo cual sin desprecio de la lógica interna de unas películas en las que la claridad a propósito de quién está peleando contra quién podía cederle el terreno a la espectacularidad de la situación –como en la aérea, deshilachada y exitosa Top Gun (1986), su entrada por la puerta grande al cine mainstream–, así como otras veces podía sostener la credibilidad de las reacciones humanas ante el peligro por encima de la carga de las inverosimilitudes que, con efectos especiales acumulados, las provocaban, como en Rescate del metro 123 (2009), una remake que no mejoraba el original de 1974 pero lo volvía más cortante, más rápido, más cutáneo, más impresionante. Y menos humano, claro. Es que en el fondo las relaciones humanas que algún purista catalogaría como normales le eran, como tema, como propuesta y como propósito artístico, ajenas. Su especialidad consistía en derivarlas hacia actos de barbarie, villanía, heroísmo y rescate in extremis que volcaba a la pantalla con más gusto que sustancia dramática. Esto ya funcionaba así en El ansia (1983), debut y única de sus producciones en Inglaterra, su país de nacimiento, crianza, profesionalización y asentamiento de la productora de publicidad que fundara con su hermano mayor Ridley, y que volvió ricos, famosos y prestigiosos a ambos –a Ridley un poco más–. En fin, aunque El ansia no era más –tampoco menos– que una variante efectista, publicitaria, un poco feminista y otro poco queer del mito de Drácula, a los posmodernos de entonces les encantó.
Creer o reventar. El uruguayo César Charlone, que ofició de camarógrafo en Hombre en llamas (2004), un entretenidísimo disparate policial sito en un México de pacotilla, asegura que Scott nunca dejó de estar despierto, pronto, sobrio y lúcido, croquis en mano y habano en boca, a las cinco de la mañana, con todos los planos del día perfectamente calculados (y después ejecutados). Lo que se dice, un perfecto profesional en el oficio de poner en escena las secuencias visualmente más complicadas. Eso le sirvió para convertir a Denzel Washington en un héroe tan plausible que hasta los estadounidenses “un poco” racistas lo aceptaron como tal (en cuatro películas, la última de las cuales Imparable, de 2011), para sacar el máximo partido posible de los guiños de Bruce Willis (El último boy scout, 1991), para dirigir con tanto garbo y tanta gracia un libreto de Quentin Tarantino que hasta su autor reconoció que no lo habría hecho mejor (Escape salvaje, 1993), para remontar, con el tiempo, la ventaja que en prestigio y confianza le había sacado su hermano, partner y guía espiritual Ridley. Aun sin saber quién fue, millones de espectadores lo extrañarán.

