El indiscreto encanto de la burguesía

La audacia de esta comedia argentina* se expresa a tres niveles. El más obvio, publicitado y, si se quiere, plausible, es consecuencia directa de su argumento. Adrián Suar y Juan Minujin son cirujanos y, desde al menos diez años, muy amigos entre ellos y socios en una clínica cardiovascular. Suar es un tanto ególatra, suele acaparar para sí el prestigio y los premios de la clínica, lleva una vida más bien tranquila con su mujer (Julieta Díaz) y un hijo adolescente (Tomás Wicz), le gusta ir al cine a ver películas en 3D, lee pocos libros aunque cada tanto desmiente verbalmente ese reproche familiar, es un poco “conserva” y otro poco –menos– “progre”.

Minujin tiene menos ego, se resigna con buen humor a figurar como subalterno o apéndice de su socio, no está casado con su fogosa pareja (Carla Peterson), le gusta ir a fiestas, prefiere películas un poco más “cultas”, no es nada “conserva” o eso cree él, y sí bastante “progre”. Con la siguiente salvedad: ambos viven con sus familias en countries privados y tienen un muy buen pasar económico.
Durante una noche de cena elegante con borrachera incluida, Minujin y Petersen les confiesan a sus amigos que son swingers y los invitan a intercambiar sexo entre los cuatro pero con la condición de conservar dos reglas: nada de relaciones homosexuales, y nada de enamoramientos. El cuarteto cumplirá a rajatabla con la regla primera pero algunos de sus integrantes no podrán evitar romper con la segunda: después de todo, son humanos, sentimentales y argentinos. El panorama se completa con varias festicholas, un anfitrión lengualarga y sexualmente provocador (un desaforado y magnético Alfredo Casero), unos cuantos enredos, varias salidas de tono que permiten que los trapitos sucios salgan a la luz, un de-senlace previsible y bien calculado. El total es lúdico, ágil, de a ratos realmente divertido y a la larga deudor de una filosofía de la vida (y del cine) que implica dejar todo como está. Es decir, un remedo de Woody Allen pasado por el filtro de un guión bien escrito aunque bastante más inofensivo de lo que insinúa, como corresponde a una asociación entre la empresa Patagonik y la de Adrián Suar.
El segundo nivel de audacia tiene que ver con el comportamiento de los personajes. Todos ellos lucen siempre o casi siempre despreocupadamente juveniles e incluso infantiles hasta que explotan, pero incluso durante la explosión no revelan la presunta adultez que corresponde a sus edades (entre 35 y cuarenta y pico), repiten malas palabras con llamativo entusiasmo y pasean su frivolidad con cierto orgullo. Evidentemente, el director Diego Kaplan se siente un cómplice más, lo cual por un lado le permite obtener buenos resultados con sus actores (mejor con los hombres que con las mujeres) y por el otro lado conspira contra todo espíritu o afán crítico.
Esto último conduce directamente al tercer (¿involuntario?) nivel de audacia. Ni siquiera en el más almibarado cine argentino de los “teléfonos blancos” (años cuarenta) o en el Hollywood más conservador (ya no “conserva”) los personajes ostentaban con tanta obscenidad su riqueza, su asunción de que no hay otro mundo afuera o si lo hay no vale la pena abordarlo, su individualismo, su fe en el sistema que los cobija, su incapacidad de soñar. Y, también hay que decirlo, su simpatía y su capacidad para pasarla lo mejor posible. Algo que, en definitiva, trasmiten al espectador. ¿Estará surgiendo en Argentina un nuevo paradigma de comedia burguesa? n

 

* Dos más dos. Argentina, 2012.

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