I. La Encina Teatro se llama el elenco ibérico que dio a conocer sus versiones de ¿Y si te canto canciones de amor?, Dos encontrados (Dos en la carretera) y Rifar el corazón, del uruguayo Dino Armas en las salas de El Tinglado y agadu, además de otras funciones que tuvieron lugar en el Centro Cultural de España y las ciudades de Colonia y Punta del Este. Dirigidas por Paco Sáenz, las puestas dejaron en claro la universalidad de tres textos que, en las voces del elenco extranjero, sonaron tan convincentes como lo habían sido en las versiones locales originales. En ¿Y si te canto...?, por ejemplo, interpretada por Ángel Ferrero y Myriam Gas, volvió a resaltar la historia de la comunicación genuina que existe entre un hombre y una mujer que atraviesan momentos difíciles cuando se aproxima una fecha tan significativa como la Navidad. Dos encontrados, por su parte, retrata una relación a contrapelo nacida entre dos pasajeros (Elisa Niño, el mencionado Ferrero, ambos estupendos) de un ómnibus interdepartamental. Poco a poco se revelan los sentimientos de uno y otra, un proceso que entraña sabrosos toques de humor con respecto no sólo a la situación sino también a la ingenuidad que anida en la repentina pareja –y a la que se suman otros ojos, los del uruguayo José María Novo asumiendo varias jugosas caracterizaciones de terceros en discordia.
Las heridas del pasado y el resentimiento presente entre dos hermanas muy distintas salen a su vez a relucir en Rifar el corazón, texto que Sáenz desarrolla otorgándole especial importancia a una carga trágica simbolizada por el personaje de la hija enferma de la dueña de casa, testigo mudo y al mismo tiempo tercera protagonista de desencuentros humanos que se vuelven irreparables. El trío integrado por Gas, Niño y Montse Peiró confiere conmovedora vida a esas siluetas femeninas que no pueden impedir la rifa de corazones traída a colación por un tango que canta Tita Merello. Apenas disminuida por cierta tendencia al empleo de apagones que interrumpen la acción, la tarea que lleva a cabo Sáenz confirma su buen olfato para encarar textos de lejanas tierras sudamericanas y su sabiduría en la conducción de actores.
II. Dulce ve-neno (El Tinglado), de Raquel Diana, con dirección de Miguel Cereceda y Verónica Linardi, plantea un triángulo inesperado entre personajes cotidianos cuyas vidas parecen transformarse a partir del momento en que descubren sus verdaderos sentimientos. Diana reitera aquí su poder de observación para lograr figuras creíbles a partir de pequeños detalles, entre los que sabe hacer lugar para aludir a los sueños y ambiciones de cada uno. Vale también la pena apreciar los logros de una puesta en escena bien interpretada por Gabriel Darré, Yamile Abud y Diego Pittaluga, integrantes de gti Teatro de Todos, un grupo integrado por actores con capacidades diferentes.
III. El dio’ de lo’ viento’ (Notariado), de Alfredo Zaldúa, dirigida por Jorge Olivera, propone un interesante punto de partida a propósito de un quinteto de personajes solitarios de un lejano bar costero, uno de los cuales abriga la insólita idea de hacer que una embarcación en pésimas condiciones vuelva a navegar. Pero el lenguaje teatral exige una definición en los personajes que el coloniense Zaldúa no se plantea a fondo y que va en desmedro de un texto que se alarga sin que nada realmente elocuente suceda, a pesar de los esfuerzos del elenco (Dennis Fernández y Stella Cuña, en especial). La dirección de Olivera, quien también figura como actor, luce desorientada.
IV. Las heridas del viento (agadu), de Juan Carlos Rubio, con dirección de Luis Jaunarena, observa cómo la soledad y la curiosidad empujan a un joven (Germán Weinberg), cuyo padre acaba de morir, a acercarse a un amigo homosexual (Daniel Torres) de este último para investigar qué clase de vinculo los unía. El encuentro da lugar a una sugerente exploración de un par de caracteres diferentes así como a los estragos que los prejuicios pueden provocar en sociedades que insisten en llamarse civilizadas. A pesar de que Jaunarena no maneja el espacio con la coherencia que parece reclamarle la solución escenográfica, sabe sin embargo obtener buen rendimiento de sus actores de manera de lograr el crecimiento de un asunto que, al principio, el espectador no sabe hacia dónde apunta.