Brecha Digital

Pura contaminación

No hay absolutamente nada de original en esta película. Hasta pareciera que en la elaboración de esta clase de pastiches se hiciera un esfuerzo por rehuirle a la originalidad, quizá por un temor a lo nuevo, a lo comercialmente arriesgado. Y es verdad, el género de terror suele ser así: de cada veinte películas convencionales, rutinarias, vacías e insustanciales, con suerte puede encontrarse una que realmente valga la pena. Un terreno consolidado que supo generar una demanda más que consistente –de parte del público adolescente sobre todo– debe producir cualquier cosa para seguir existiendo y redituando, como Terror en Chernobyl.

Tenemos otra vez al grupo de bellos y jóvenes estadounidenses que sale de vacaciones por Europa y que se ve seducido con un atípico y tentador desvío –como en las Hostel, el horror surge por salirse de los dominios propios, entrar en tierras “hostiles”, y confiar en los extranjeros– que los coloca en el centro de la soviética ciudad fantasma de Prípiat, muy cercana a la antigua central de Chernobyl. Los niveles de radioactividad sólo permiten visitas cortas y el recorrido “turístico” exige la utilización de un medidor Geiger para saber cuánta hay en cada lugar al que se quiere acceder. Superado el puesto de control de la zona de exclusión, dan con un parque de diversiones abandonado, edificios deshabitados del tipo Stalker; con muebles, fotografías, juguetes de niños, camas tendidas desde 1986. Seguramente esta ambientación lúgubre sea, durante el día, lo más interesante y atractivo de la película –evidentemente la locación real no es esa: fue filmada en Hungría y Serbia.
El registro de tipo documental, con una temblorosa cámara al hombro, recuerda a un sinfín de falsos documentales de cámaras subjetivas al estilo The Blair Witch Project, con la salvedad de que aquí no hay un personaje que esté filmando. Cuando los protagonistas quedan aislados en el pueblo y cae la noche, el movimiento de la imagen llama a la confusión, y los jadeos y gritos producen un efecto de opresión histérica más que de pesadilla, siendo poco lo que puede divisarse claramente como para comprender las amenazas en juego. Se insinúa un despunte de egoísmos cuando la situación se torna hostil, llevando a pensar en una radiografía antropológica ante momentos extremos –como la que supo haber en clásicos como La noche de los muertos vivos o La niebla–, pero enseguida eso se diluye. Los personajes huyen siempre en la dirección menos oportuna, y persiguen rastros de sangre cuando deberían escapar. El medidor de radioactividad podría haberse utilizado para aumentar la tensión en momentos clave, pero pareciera sonar casi aleatoriamente, jugando en contra del guión y nunca a su favor. El oso que atraviesa la escena corriendo es de Lost, la ciudad abandonada y sus mutantes suenan a Las colinas tienen ojos, la niña varada inmóvil en la oscuridad es intercambiable con la de Rec, Dark Water y una decena más.
En resumen: la montaña rusa es una fuente de adrenalina más barata, más efectiva, y no hace perder tanto tiempo. n
* Chernobyl diaries. Estados Unidos, 2012.

 

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