Brecha Digital

Crecer es asunto serio

Corre 1986, la Perestroika comienza a soplar sobre las enormes tierras soviéticas y en Moscú hay indisimulables síntomas de cambios en hábitos y costumbres, aunque las autoridades hagan de cuenta que nada sucede y extiendan todo lo que pueden su control sobre aquellos a su cargo. También así se comportan los que regentean la escuela de ballet a la que acude este estilizado adolescente (Vladimir Kapustin), que vive con una madre más bien parrandera y querendona, no conoce a su padre, se refugia en casa de unos abuelos excéntricos y memoriosos, y con la guía y compañía de otro chico mayor que él se dedica a las pequeñas transas ilegales –tan comunes, en esos tiempos, frente a un mercado cerrado y controlado–, tales como venta de objetos de uso restringido, o pantalones vaqueros y cigarrillos importados.

Aunque menos robusto y más aniñado que sus compañeros de danza, suerte de patito feo en un ambiente donde la destreza física lo es todo, el jovencito no por eso rebaja sus expectativas: es astuto y despierto, quiere bailar con la más linda de la clase, quiere ingresar al Bolshoi y convertirse en una gran figura del ballet. Como siempre sucede en estos casos, los sueños vienen en su ayuda, y a partir de un video de Sol de medianoche (1985, Taylor Hackford), protagonizada por un Mijail Baryshnikov en el apogeo de su carrera, resuelve que no sólo va a bailar como él sino que además desciende de él. El bailarín disidente ya famoso en el mundo es el padre que no conoció, es la gloria que faltaba a esta vida joven, algo desharrapada y marchando con brújula propia.

 

El humor de este primer largometraje del libretista y director Dmitry Povolotsky no se juega a los gags ni a los diálogos, sino a una manera, a la vez burlona y compadecida –trabajando con agudeza y economía de trazos–, de mirar y retratar ambientes, situaciones y personajes que parecen poblar nichos paralelos de un mismo mundo, cada uno fiel a su rol sin darse por enterado del resto, sólo unificados entre sí por el tránsito incansable y ágil del pequeño bailarín. Hay un indisimulable aire de decadencia que chorrea, desde las fiestas maternales, las comidas de los abuelos o las cerradas directivas de los profesores de ballet, hasta las pillerías o las competencias juveniles, una decadencia muy lejana en sus formas de aquella que retrataba Chéjov. Pero es, también, la de un mundo que está cambiando aunque en general no toma nota del asunto. También la adolescencia es un cambio –el mayor–, y el retrato que logra este ruso que ahora descubrimos tiene el atractivo de ser desinhibido, abierto, para nada demagógico ni lloricón –como pasa tan a menudo con las películas enfocadas en ese tema en el cine occidental; para empezar, con una que por su historia podría emparentarse con ésta, como Billy Elliot–, ni concesivo hacia su personaje principal. Crecer, ya se sabe, es asunto serio, pero las formas de retratar ese crecimiento no tienen por qué tener el ceño fruncido.

* Moy papa Baryshnikov. Rusia, 2011.

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