La presente selección marca, junto con la anterior exposición de Humberto Tomeo, un jalón importante en la política de muestras retrospectivas que está llevando a cabo el Museo de Arte Contemporáneo.* Son artistas valiosos cuyas obras, por un motivo u otro, han sido poco atendidas. Arbondo fue un pintor urbano por excelencia, le placían las ciudades y encontraba en ellas elementos de renovación constante: “A mí me encanta perderme en la ciudad”, se lee en un fragmento de entrevista recogido en el catálogo. La sensación de vértigo domina su obra para trascender incluso el espacio citadino y abrazar nociones de profundidad y de abstracción en general.
Los acrílicos de sus últimos años, de colores saturados (la retrospectiva propone un recorrido temporal inverso, comenzando por los últimos cuadros para terminar en los más antiguos), indagan en la separación por planos, con escaleras, puertas y ventanas apenas esbozadas, y en donde la irrupción del trazo suelto, aéreo, ensalza el juego pictórico de luminosidades y claroscuros, de rincones e intersticios.
Su obra en cartulina y pastel (años 2000-2004) ofrece una variante “libre” (autónoma respecto a la ortodoxia arquitectónica) de planos de corte de edificios y casas, con guiños a una pintura de raíz analítica. Hay una necesidad de trasvasar planos que conduce al artista a distintas formas de collages en cajas, ensamblajes de cartón y cartulina. En sus composiciones nunca falta la silueta de una chimenea, una viga, una arcada, una puerta, elementos que remiten a Montevideo como símbolo de la ciudad total, en tanto locus inabarcable. Una ciudad que se asoma a los balcones de casas bajas, a los vitrales modestos y a los tímidos escalones de zaguán, siempre por fragmentos, siempre como posibilidad o latencia (¿de encuentros?, ¿de pérdidas?). Elementos que pueden verse, también, como señales o cicatrices del exiliado, cuya memoria viaja, fragmentada y portentosa, con su cuerpo. Lúdica síntesis de este sentimiento resultan los escenarios portátiles, cartulinas caladas que caben en delgadas y ligeras valijas. Piezas que se “arman” o se levantan en el momento de apertura de la maleta (en un recurso que con los años sería muy empleado en libros infantiles).
Las etapas más abstractas, de principios de los años sesenta, establecen conexión con otros pintores de la época (ritmos circulares de la espátula de Andrés Montani). A fines de esta década y principios de los años setenta, las pinturas sobre papel pegado en madera manifiestan un control mayor de la paleta, con una reducción cromática (negros y rojos) y fuerte estructuración del cuadro. Es la etapa menos descriptiva aunque sigue siendo muy “espacial”. El autor reserva grandes superficies de blanco en las que se distribuyen contundentes formas lideradas por el color negro de intenso trazo (en “diálogo” con la obra de Espínola Gómez e Hilda López). En cambio, más juguetonas y de aliento constructivo, son las crayolas y tintas sobre cartulina, que ofrecen una interesante proximidad a la obra de su amigo Alejandro Casares. Es posible que en esta selección no estén parejamente representadas todas sus etapas. De los años ochenta sólo comparecen dos grandes cuadros, acrílicos de colores suaves, apastelados. Pero es suficiente para establecer relaciones esclarecedoras con la producción de otros artistas y aquilatar la potencia del conjunto.n
* Luis Arbondo. Selección de obras 1967-2006. Curador: Enrique Gómez. Museo de Arte Contemporáneo de El País.