World Cinema

Así como se ha consolidado la “world music”, está surgiendo el “world cinema”. No se trata de una escuela ideológica o de un parti pris teórico, sino de una praxis encabezada por una serie de películas producidas desde varios centros y no desde uno, como era habitual. El concepto que subyace en el sector más internacional de la obra del mexicano Alejandro González Iñárritu (21 gramos, Babel), por ejemplo, es el de que en cada protagonista pesa menos su lugar de nacimiento o de residencia, su raza, su etnia, su religión, sus gustos, su trabajo, sus preferencias sexuales o su moral que las pulsaciones de una globalización que tanto unifica hábitos como brinda oportunidades; estará en cada quien tomarlas, o no. A partir de la eficaz combinación entre denuncia política y estética chic de El jardinero fiel (2005), el brasileño Fernando Meirelles se ha sumado con entusiasmo a una tendencia narrativa que aglomera paisajes vistosos, personajes variopintos y seductores, constantes cruces argumentales, ora previsibles, ora paradojales, un entramado dramático poblado pero no farragoso, una banda sonora tan multiétnica como la geografía humana que la ambienta y una mirada comprensiva, acaso condescendiente a un mundo descompuesto pero en permanente recomposición.
Desde su título,* la nueva película de Meirelles anuncia su disposición a llevar esta tendencia hasta su extremo. Un extremo que, desde ya, no debe interferir con la comprensión cabal de un argumento servido al espectador en bandeja. La fotografía (buen trabajo del brasileño Adriano Goldman, en un puesto que en la filmografía del director suele ocupar el uruguayo César Charlone) resalta detalles, actitudes, expresiones. Las ciudades son sus calles, sus automóviles, sus trenes, sus teléfonos, sus computadoras: es decir, sus vías de comunicación. Si las reacciones personales pueden lucir, eventualmente, ambiguas, su representación debe acotar esa ambigüedad al terreno de las conductas individuales y reconocibles. Las dudas con respecto a lo que cada quien pretende de la vida son fruto de indecisiones íntimas, no de la mayor o menor transparencia del director. En Viena, en Bratislava, en París, en Londres, en Phoenix, en Denver y hasta en una fugaz Rio de Janeiro a donde la novia engañada María Flor arribará como último refugio, lo único que todos buscan es, independientemente de sus valores, vivir a su modo, que los dejen en paz, la autorrealización, la felicidad. Este propósito unificador incluye a una veintena de personajes, como la prostituta Lucía Siposová y su recatada hermana Gabriela Marcinkova, el traficante minorista Johannes Krisch y el traficante mayorista Vladimir Vdovichenkov, el ejecutivo Jude Law y su ardiente y autosuficiente esposa Rachel Weisz, el padre atribulado por una hija ausente Anthony Hopkins y el convicto por violación en libertad condicional Ben Foster. Todo está ahí, a flor de piel.
Inteligente, eficaz, derivativo y, en el fondo, bastante frívolo, el guión de Peter Morgan debe su estructura, que consiste en el encadenamiento de situaciones generadas por triángulos casi siempre sentimentales que forman otros triángulos, y así sucesivamente, a la obra teatral del vienés Arthur Schnitzler Reigen, escrita en 1897 y cuatro veces llevada al cine, una de ellas con especial fineza, en 1950, como La ronda, por el insigne Max Ophüls. Pero el resto es diferente: muy global, muy siglo xxi, muy pos apocalipsis de las ideas y de las ideologías. El énfasis de Schnitzler y Ophüls estaba puesto en los sutiles vaivenes de los entramados amorosos. El de Morgan y Meirelles resalta la inevitabilidad de una defensión humana que incluye el desapego a toda norma social establecida e incluso a la violencia, como respuesta a la igualación moral provocada por un entorno siempre igual a sí mismo. Es, la de éstos, una propuesta atractiva, seductora, bien actuada y, al fin y al cabo, vana.n

*     360. Gran Bretaña/Austria/Francia/Brasil/Estados Unidos, 2012.

Текстиль для дома, Вышивка, Фурнитура, Ткани
автоновости