Brecha Digital

Forzados a escuchar

La película comienza cuando Ángela (María Valverde), una joven estudiante de periodismo, se encuentra con Miguel, veterano y reputado articulista y escritor (José Sacristán). No pasan cinco minutos de ese primer encuentro hasta que él la invita a intimar en el apartamento de un amigo. No hay nada de inocente en la invitación, ni en la aceptación por parte de ella. Hay, pues, un pacto implícito, una mutua voluntad de que entre ellos tenga lugar una inminente relación sexual. Pero por alguna extraña razón el cínico articulista decide saltarse todas las reglas de cortejo existentes en este mundo, comportándose como un auténtico energúmeno, como si en vez de tener interés de intimar con la chica quisiera que huyera asqueada y despavorida. Y de hecho es lo que ella intenta hacer, pero el azar quiere que ambos queden encerrados en un baño, sin poder salir por horas. Y así pasarán toda la película, sin más interlocutores que ellos mismos. Ya desde esta premisa, y partiendo de formas de seducción por lo menos excéntricas por parte de él –como cuando decide “colorear” el cuerpo de la chica con óleos, o en la insistencia verbal y machacante sobre sus intenciones de fornicar–, se plantea una tensión a priori basada en el “pacto” previo, y en el inusual tanteo de límites por parte de él.
Otro punto molesto –entiéndase “molesto” como un atributo positivo, ya que una película que logra despertar sensaciones siempre será mejor que una que no logra despertar nada en absoluto– es ese costado deplorable del veterano: su manera de expresar su desencanto respecto a la realidad del país pareciera una justificación para dejar de exigirse, su sarcasmo luce impostado, y su tono pedagógico al hablar sobre “grandes temas” con una última palabra para todos ellos, irrita tanto al espectador como a su interlocutora (quien al ser nada menos que la hija de un militar, parece cansada de que sus mayores le indiquen la forma en que debería pensar).
El filme se sustenta entonces en un poderoso duelo actoral en interiores en el que habrá algún imprevisto, momentos de interés en los conceptos tratados –las opiniones vertidas sobre la noción de “estilo” en la escritura, por ejemplo–, y una interesante y abrupta inversión en la relación de poder configurada desde un comienzo. Los actores están brillantes, Sacristán hasta logra despertar cierto cariño finalmente y Valverde atrae la atención sobre sus palabras y sus gestos a pesar de permanecer desnuda durante casi todo el metraje.
Según dijo el director y guionista David Trueba (hermano del también cineasta Fernando Trueba), el año 1987 fue elegido para situar la acción porque España inició un cambio radical entonces. Entró en la otan y en el mercado común y se impuso una cultura de medir el éxito a partir de los réditos económicos. También aseguró que en ese entonces existía un nivel intelectual superior al de hoy. Sin embargo, los conflictos centrales de esta película parecieran estar atados a elementos más atemporales: la esperanza y el desencanto, la juventud y la vejez, lo femenino y lo masculino. Como si la elección de ese año obedeciese más bien a la necesidad de justificar que ninguno de los dos personajes trajera consigo un celular que los ayudara a salir inmediatamente.


* Madrid, 1987. España, 2011.

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