Roma y Omar, versión de Pagar el pato (Florencio Sánchez del Cerro), de Dino Armas, llegó en versión del grupo Tres Picos, de Argentina, con dirección de Florencia Laval y Julián Cortina y supervisión de Graciela Balletti. La historia verídica de un explotador de mendigos y la muchacha de cara cortada que cae en sus redes propone no sólo un cuidadoso análisis de dos significativas siluetas marginales sino también la disección de un sector de la sociedad que el autor conoce a fondo y que aquí sirve para señalar que aun en los más inocentes cabe la posibilidad de una rebelión que no siempre resulta redentora. El espectáculo está concebido en un tono expresionista que le confiere una universalidad ajena al naturalismo de la puesta que en Montevideo dirigiera hace unos años Elena Zuasti, y revela un personal trabajo de dirección –con un creativo uso de la música y hasta del baile– y una afinada labor de los jóvenes Alejandro Ulises Giménez y Marina Andrada.
Las de Barranco (Alianza, sala 2), de Gregorio de Laferrère, dirigida por Álvaro Ahunchain, deja en claro la vigencia de un retrato familiar de principios del siglo pasado en el que resalta la incidencia de una viuda decidida a obligar a sus tres lindas hijas a aceptar las propuestas de candidatos capaces de pagar las cuentas de un hogar arruinado. Planteada con las pinceladas de humor que nacen de la descripción naturalista de esa familia en apuros y el apunte levemente sainetesco de los personajes que rodean al cuarteto, la puesta aprovecha las constantes entradas y salidas de tan reconocible fauna para hincarle el diente a las caracterizaciones del ajustado elenco en el que destacan la dueña de casa compuesta por Cristina Morán y el cuarteto de pretendientes (o casi) que el excelente Hugo Giachino hace irrumpir con apreciable dominio interior. Alguna caída de ritmo, un par de descuidos en el rubro utilería (ciertos paquetes y envoltorios que no coinciden con lo que señala la letra) y una conclusión algo apresurada rebajan en parte el atractivo de un gran texto.
Cartas de un flojo, Puertas adentro y Yapa (Ateneo Popular), de Florencio Sánchez, con dirección de Alberto Restuccia, de Teatro Uno, echa mano a la jugosa conversación de dos mucamas (Puertas...) que, entre broma y broma, se quejan de la manera en que sus patronas se aprovechan de ellas. A eso se agrega la lectura de un par de las famosas cartas de Florencio en la voz del propio director, y la yapa de una charla de especialistas en el autor, caso de Daniel Vidal, que entre otras cosas cuenta al espectador que en esa misma sala de la calle Río Negro se estrenó uno de los textos que figuran en el programa. De la mano de Restuccia, la obra actualiza el siempre presente espíritu anarquista de Sánchez. Las jovencitas Stocco y Lucía Lans Freccero aportan considerable frescura al retrato de las mucamas, y Restuccia, aunque su lectura resulte algo acelerada, agrega convicción a unas páginas en las que cree. Como era de esperar, Florencio sale muy bien parado en esta oportunidad.
toc-toc (Notariado), del francés Laurent Baffle, dirigida por Ignacio Cardozo, dirige su mirada satírica a un sexteto de personajes afectados por trastornos obsesivos compulsivos (de ahí la sigla toc) que, mientras aguardan al psicólogo, intercambian lamentos, confesiones, y en algunos casos se arriesgan a ayudar a los compañeros en desgracia en la búsqueda de vencer a cada uno de los trastornos. El trabajo de Cardozo cuida que el ritmo no decaiga, el texto resulta bien defendido por la sutileza con que el autor expone los casos clínicos (y que de una manera u otra también involucran a las personas que se mueven en torno a los pacientes) y quiebra una lanza por una solidaridad capaz de obrar milagros. Es en el humor que despliega Baffle al colorear su galería donde radica el mayor atractivo de un espectáculo que en la presente versión sabe sacar partido de la medidísima caracterización del “Bananita” González, la imparable verborragia de Alejandro Camino, la alarmada contención de Virginia Ramos, la pacatería de Elena Brancatti, las repeticiones de Noelia Campo y los problemas espaciales de Darío Sellanes. Todos realmente divertidos y al servicio de un espectáculo que ofrece la curiosidad adicional y seguramente no planeada de permitir comprobar cómo ciertos espectadores, más que de las ocurrencias de Baffle y Cardozo, ríen al escuchar expresiones de las antes llamadas “gruesas” y que pocas veces se atreverían a usar ellos mismos en su vida diaria. Represiones de la persona humana, diría la sin igual Catita.