La Guía Michelin
- Última actualización en 20 Septiembre 2012
- Escrito por: Manuel Martinez Carril
Martin Sheen (72 años, su nombre real: Ramón Antonio Estévez) se entera de que su hijo Emilio Estévez (49, el mayor con su esposa Janet), acaba de fallecer en los Pirineos, y queda muy conmocionado. Se comprende, porque era su hijo preferido. Se había propuesto hacer el camino francés de Santiago, 780 quilómetros a pie, y ahora su padre lo hará partiendo de Saint-Jean-Pied-de-Port en lugar del hijo perdido. Pero hay algo que no funciona, ya que Estévez es, según los créditos, el director de esta película* y además actúa (hace de Daniel, hijo de Tom, nombre que aquí adopta su padre Martin, que en realidad se llama Ramón como se vio). Entonces no es una historia familiar. Estos equívocos ocurren cuando padres e hijos hacen de padres e hijos en películas de ficción.
Un viaje de tantos quilómetros y a pie puede ser monótono si por el camino no suceden cosas provocativas e inesperadas. La Vía Láctea, de Luis Buñuel (1969), por ejemplo, recorría el mismo camino de Santiago pero era una antología rebelde de las peores herejías que afectaron a la Iglesia Católica por siglos. Los Estévez, padre e hijo, son más burgueses, nada ambiciosos. Se contentan con que el padre sea un cascarrabias que hace el camino como un rito expiatorio esparciendo las cenizas del hijo por todos lados y aceptando la compañía de otros peregrinos: un holandés (Yurick van Wageningen) que lleva una guía turística útil en un país desconocido, un irlandés (James Nesbitt) que escribe cuando está motivado, una fumadora canadiense (Deborah Kara Unger). El estilo se parece al de la Metro en los años cincuenta para sus cortos turísticos y paisajísticos: banales y con locutor entusiasta que describía lo que mostraban las imágenes. Amontonando historias, El camino llegaba a 123 minutos (fue aplaudido de pie, aunque no resultó premiado en Toronto 2010), pero la distribución razonablemente le quitó diez. Quedaron, sin embargo, muchas cosas innecesarias: la llegada a un hostal donde todos los huéspedes posan cenando al aire libre, la mochila en que Sheen lleva las cenizas del hijo se cae a un río y debe recuperarla, un niño gitano la roba pero después la devuelve. Porque los buenos sentimientos ganan la partida. Así se llega al final, donde el escritor ya está inspirado, la canadiense muestra buenos sentimientos, el holandés es un buen tipo y Martin Sheen está por convertirse a San Yago.
Es curioso: la película atraviesa paisajes impresionantes y no sorprende a nadie; es un viaje cargado de emociones que no emocionan; el costado turístico no admira; las apariciones del hijo muerto, visiones fantásticas en medio del relato, no llaman la atención. El estereotipo incluye en la banda sonora a Nick Drake y Alanis Morissette, ajenos a la inercia dramática y la complacencia espiritual de una película que, como alguien ha dicho con insidia, quizás haya sido más divertido filmarla que verla en una pantalla. Es el sexto largometraje de Emilio Estévez, todos olvidables.
* The Way. Estados Unidos/España, 2010.

