Brecha Digital

Una historia bien uruguaya

Gabriel Mallada nació en Montevideo en 1976. Hijo de un barrio alejado del Centro y de aspecto casi rural, como es Paso de la Arena. Gabriel trabaja de metalúrgico y desde el ya lejano 1994 es a la vez músico popular en el frecuentado y espinoso terreno del cantautor. Se formó en el estudio de la guitarra y pese a ser zurdo “como Yupanqui”, es decir, tocando con la guitarra para el otro lado y como si fuera poco, con las cuerdas al revés –es decir, las bordonas hacia abajo y las agudas hacia arriba–, logró un desempeño instrumental más que atendible. Enamorado de la música, arrancó haciendo versiones de otros autores, en un amplio abanico que va desde Tabaré Arapí y Carlos Benavides hasta León Gieco. Luchó denodadamente para encontrar una voz propia, un modo de crear su propio universo musical y de a poco empezó a gestar un repertorio personal que ha plasmado, desde 2004 hasta ahora, en cinco discos de producción independiente hechos a pulmón, el último de los cuales, Me niego,* acaba de ser editado.
Se ha codeado cada vez que pudo con todos los músicos que tuvo delante, integrando diversos dúos y presentándose como solista en muchos escenarios, desde los más modestos a los de renombre, caso de La Colmena y la propia Sala Zitarrosa, en espectáculos individuales o colectivos.
Viajó más de una vez a Argentina logrando mostrar su material allí, y cantó en Francia, Alemania y España recientemente.
Gabriel se identifica plenamente con la corriente conocida como Canto Popular y que encuentra a sus referentes ineludibles en nombres como los de Yupanqui, Osiris y Sampayo. Pero su voz de tesitura aguda ha sido relacionada también con esa célebre escuela de cantores tacuaremboenses donde brillan Eduardo Darnauchans, Carlos Benavides y Héctor Numa Moraes. Y es precisamente este último la más clara influencia en la garganta de Gabriel Mallada. Por lo demás, Numa Moraes ha apadrinado su trabajo y cantado junto a él (y hasta participa en un largo video colgado en Youtube donde Mallada habla de sus cosas y canta algunas de sus canciones). La influencia de Numa es demasiado pesada, hay que decirlo, y en cierta medida ahoga la potencialidad de Gabriel en el camino de un estilo realmente propio.
Sus composiciones son muy sencillas y lineales en lo musical, con melodías que repiten una y otra vez esquemas melódico-armónicos semejantes, algo que pide a gritos un trabajo de autoexigencia muy severo si es que se quiere eludir esa suerte de monotonía que parece campear en su último disco. Las letras, francamente preocupadas por el hombre latinoamericano y su circunstancia, tampoco escapan a los lugares comunes y las fórmulas demasiado transitadas.
El disco ha sido grabado en forma bastante artesanal y eso se traduce en una toma sonora y una mezcla de audio que atenta contra el buen resultado final. Hay algunas canciones que logran escapar, al menos parcialmente, a la medianía general y destacan merecidamente “Montevideando”, cantada junto a Nicolás Castillo, “Inventario cotidiano”, “Me niego” –con un texto realmente conmovedor de María Angélica Sabanes– y la interesante “Antónimos”. Por ese lado va la cosa. Y por allí debería trabajar más Gabriel Mallada, un muy buen guitarrista y un cantautor esforzado. Espíritu de lucha nunca le ha faltado. Confiamos en que seguirá puliendo su arte y que logrará, en próximos discos, una neta superación.
De todas maneras, es una voz joven a tener muy en cuenta.n

* Me niego. Keka Producciones, 2012.

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