Trampas del tiempo
- Última actualización en 28 Septiembre 2012
- Escrito por: Rosalba Oxandabarat
Contribuyeron, sin duda, la estructura y la atmósfera. Su estructura, con algo de las películas corales de Robert Altman pero circunscripta a un puñado de personajes, predominantemente mujeres, que pueden cruzarse, o no, sin relación causa efecto. Su atmósfera es a la vez luminosa y nublada, en una Tel Aviv veraniega que trae la presencia del mar, que aunque se ve en algunas pocas escenas, está omnipresente en historias y reverberaciones, diríase, acuáticas. Y un detalle interesante son las más o menos breves interrupciones de esa continuidad casi onírica con escenas de la más banal e incluso chirriante cotidianidad.
El asunto discurre más o menos así: Batya (Sara Adler), casi ignorada por una madre filantrópica y un padre enamorado de una mujer muy joven, pierde su novio y su trabajo en un salón de fiestas pero en cambio recibe el raro regalo de encontrar a una niñita-medusa, una especie de gracioso angelito de mar –raro ver así a una medusa, nuestra mal afamada y temible aguaviva– y en sus idas y venidas con ella buscará un conjuro a sus frustraciones infantiles. Ayudará en el proceso una fotógrafa más o menos de su edad, que capta las escenas menos gratificantes de las bodas y que también es despedida. Una linda recién casada se fractura una pierna el mismo día de su boda y debe pasar su luna de miel en un hotel junto al mar desde donde no se ve el mar y todos sus malhumores se desatan. Allí su marido conocerá a una extraña mujer que escribe. Una inmigrante filipina que no habla hebreo debe cuidar a una octogenaria malhumorada que sólo habla hebreo y cuya hija actriz dedica más tiempo a Shakespeare que a ella. En la primera historia la imagen fotográfica desata búsquedas y preguntas. En la segunda es la palabra escrita, la poesía, la que juega un papel central –de ahí puede deducirse la elección como símbolo de la medusa, en tanto masa que puede confundirse con el mar y que es llevada y traída por éste, sin mediar su voluntad–. En la tercera son los gestos y actitudes los que permiten que dos personas que no comparten el significado ni de una palabra puedan tender puentes de comprensión y solidaridad.
Los (¿cinco?) años pasados hicieron su efecto sobre aquel primer encantamiento, pero no lo disiparon del todo. Las historias cruzadas y ese juego de espejos del tiempo empezaron a abundar demasiado en las pantallas, y aunque hay que reconocer que son recursos atractivos, la reiteración pone demasiado en evidencia los buscados efectos que proveen. Todo lo concerniente a Batya, que es lo que resulta central en la película y de alguna manera la explica, adquiere de pronto un toque de artificio. Sin embargo, ese mar movedizo de alrededor, su tensión interna, la sugerencia de que esas pocas historias pueden multiplicarse por miles alrededor, evocando la polifonía de lo humano, se mantienen. n
Meduzot/Jellyfish. Israel/Francia, 2007.

