Un oso y un taradito

Los tiempos han cambiado, y no para bien. Veinte años atrás, pocos críticos serios se hubieran tomado el trabajo de buscarle la vuelta “culta” y “estética” a una película* con un humor tan guarro, con una mirada tan desembozadamente nostálgica sobre el costado más frívolo de la llamada cultura de los ochenta, con una actitud tan frívola ante la prolongación de la adolescencia en adultos hasta límites poco imaginables, con una trama tan unilateral.

Cuarenta años atrás, ningún crítico serio se hubiera tomado el trabajo. En aquellos tiempos, Porky’s y compañía fueron tratadas como lo que eran: subproductos sin ninguna elaboración teórica o práctica, más aptos para adolescentes en vena que paradigmas de una zafaduría presuntamente liberadora. En aquellos tiempos no se hablaba de incorrección política ni, por supuesto, se consideraba esta cualidad que nada indica como un valor en sí mismo. Hoy, con Estados Unidos amenazado por fundamentalismos religiosos, morales y políticos de unívoco signo derechista o ultraderechista, parecería que una película en la que un taradito de 35 años y el recontra humanizado oso de peluche de la misma edad se la pasan en grande puteando, fumando marihuana, hablando mucho de sexo, teniéndolo de vez en cuando y mirando cómo la vida les pasa alrededor sin que ellos pretendan otra cosa que el disfrute inmediato, sería un acto liberador. No lo es.
No lo es por varias razones, la primera de las cuales, la más obvia y elemental pero que muchos colegas argentinos, por ejemplo, omiten con sigilo en sus notas, es que parte de un guión horrible. Este guión consiste en la desesperada y –artísticamente, al menos– infructuosa búsqueda de variantes y prolongaciones a un único chiste: el oso de peluche se volvió humano poco después de sumarse al universo del niño que lo acogió en su casa, se convirtió en sensación nacional, se hizo (claro) muy famoso, creció junto a su patrón o, como dicen unas treinta veces en la película, “mejor amigo”, se incorporó como si nada al paisaje cotidiano, y de no ser por un señor esquizofrénico y su hijo oligofrénico (¿o era al revés?) que quieren comprarlo y/o secuestrarlo, ya no llama la atención de nadie en la ciudad de Boston. Entre tanto, condiciona la vida de su “mejor amigo” (Mark Wahlberg, en penosa caricatura de adolescente tardío de 35 años de edad) obligándolo a compartir con él todo tipo de fechorías verbales y sexuales, aunque ningún delito contra la propiedad: el capitalismo no se toca. El coguionista, director y animador de Ted, Seth MacFarlane, es el creador de Family Guy y American Dad, entre otras series televisivas de culto.n

 

* Ted. Estados Unidos, 2012.

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