La niña y la muerte

Las películas cuyos protagonistas son niños: todo un tema. Así no vale, leí hace años, en una crítica de cine de cuyo autor y tema no me acuerdo. El olvidado autor de la olvidada película se refería, claro está, a la casi automática toma de posición del espectador por la criatura en cuestión; hay que ser muy raro bicho, o de la estirpe de Herodes, para no estar del lado del niño.

La directora peruana Rosario García Montero realiza, en este sentido, una operación audaz, y en su primer largometraje. Logra colocar al espectador frente a su protagonista Cayetana (Fátima Buntinx), de unos ocho años, en una situación realmente ambigua. Cayetana es el tipo de niña impenetrable que parece albergar adentro a alguien distinto. A alguien astuto, solapado, quizás mayor; es el tipo de criatura que pone los nervios de punta a maestros, tutores, parientes y hasta a los padres. Y sin embargo, sus actitudes y elucubraciones sólo pueden acaecer en la infancia. Cayetana, hija de divorciados, clase burguesa, vive en uno de los pueblos cercanos a Lima, sola con los sirvientes y a cargo de estos, va a un colegio católico, ve esporádicamente a un padre tan canchero como irresponsable, y su madre (Katerina D’Onofrio), de regreso de un largo viaje, la entera de que va a tener un hermanito. Cayetana casi no habla con los adultos, con excepción del chofer Isaac (Melchor Gorrochátegui), no se ríe, sólo demuestra afecto hacia una prima, y tiene en los héroes de la historia del Perú no sólo sus referentes sino sus principales amigos imaginarios. Todos héroes que fueron sacrificados o murieron en combate.
Es que el diálogo principal de esta película parece ser el de una niña con la muerte. La muerte la rodea como una aspiración y como un destino. Quiere compartir el destino de sus ídolos, luego, debe morir. No quiere compartir su reinado filial con el futuro hermano; luego, debe morir. Desde afuera de su universo cerrado, también hay señales de muerte. Son los primeros años ochenta. Todavía en un colegio católico se podía decir a los niños que los divorciados se irían al infierno, y ya Sendero Luminoso colgaba perros muertos en los postes y volaba torres de alta tensión sumiendo al país en la oscuridad, siempre adelanto de la muerte. Y sin duda, procurando la muerte del mundo al que pertenece Cayetana. La película muestra estos signos ominosos como tales, sin debatir sobre ellos, sin incluirlos en el discurso, siempre a través de los ojos de Cayetana, unos ojos enormes –y enorme acierto de casting– que parecen delatar tanto el impacto de esos signos como la cortina que sobre ellos corre su dueña.
La joven directora acierta en el clima obtenido –con una fotografía fría que resalta el brumoso ambiente limeño y los lugares elegidos, y una banda sonora basada casi exclusivamente en canciones tradicionales infantiles–, en la tensión interna del relato, y sobre todo en el retrato de su protagonista, que evoca tanto a Cría cuervos como a Un mundo para Julius pero sin rendirse a la cita o el homenaje. El uso de la animación para referirse a los héroes, sobre todo al comienzo, es todo un hallazgo, pero luego estos héroes, encarnados, parecen salírsele de control y le arruinan al menos un par de secuencias. Cayetana no los necesitaba tanto para redondear su periplo a la vez oscuro y seductor.

 

Perú/Argentina/Alemania, 2011

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