Traficantes por naturaleza

“Tenemos la mejor marihuana del mundo.” Quién mejor que los propios protagonistas de este “narcopolicial” un poco idealista, otro poco cínico y mucho de algo entremedio, indefinido e indefinible, para referirse a la mercancía que los está haciendo ricos pero también les está acarreando todo tipo de complicaciones, riesgos y envidias, y que ellos insisten en vender en el estado más puro posible, con fines presuntamente benéficos y saludables. Los protagonistas son tres jóvenes, muy amigos entre sí, que además componen un triángulo amoroso bien avenido. Uno de los hombres (Taylor Kitsch) es duro, violento, pragmático e ingenioso.

El otro (Aaron Taylor-Johnson) es blando, ecologista, soñador y algo ingenuo. Ambos fueron soldados y aprendieron a traficar y a sobrevivir a toda clase de desafíos en Irak, Afganistán y vaya uno a saber en qué otro lodazal. De muy distinto carácter, se respetan, se quieren y no se celan a la hora de compartir cama, amor y droga con una novia común (Blake Lively) que proviene de una familia rica y vive despreocupada por su presente y por su futuro. Desde la escena inicial esa damita joven y apetecible cuenta el relato en off aclarando que “podría estar ya muerta”, por lo que su “mensaje” sería algo así como una grabación póstuma o imaginaria, un extremo que el desenlace, más arbitrario que ambiguo, ratificaría.
Quizás, pero lo cierto es que después de una presentación fresca y motivadora gracias a ese trío de protagonistas desinhibidos, lozanos y bien interpretados, el coguionista y director Oliver Stone empieza a alternar secuencias a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México hasta meterse de lleno en un terreno ya abordado en parte de su extensa obra: el tráfico de drogas y sus (terribles) consecuencias en términos físicos y morales. El desfile incluye un catálogo completo en materia de violencia extrema, secuestros, balaceras, explosiones, obscenidades verbales, violaciones, torturas, oportunos e insólitos cambios de bando y redenciones más ficticias que reales, que poco agrega a lo ya visto en Asesinos por naturaleza (1994), su más rotundo, efectista e influyente ejercicio de nihilismo extremo, que lo llevó a convencerse a sí mismo de que sus presuntas aptitudes de cineasta podían trascender su costado político progre. También hay reminiscencias de Traffic (2000), quizás la película más sobrevalorada de su colega Steven Soderbergh. Empezamos mal, y seguimos peor.
Pese a todo cabe reconocer que
–cuando Stone no abarrota el plató con humo ni abusa de los efectos sonoros–, lo que se ve (y se oye) se entiende, es ocasionalmente interesante, está hilvanado con cierta lógica y se apoya en una ambientación cuidada y nada exagerada. Entre las actuaciones secundarias hay para todos los gustos: Benicio del Toro es un villano mexicano que se las trae, John Travolta un policía corrupto que incorpora las únicas dosis de humor pasibles de filtrarse en un universo ceremonioso por demás, y Salma Hayek sobreactúa a su “dama mala” con un millar de tics malignos que parecen salidos de un teleteatro (mexicano). En cuanto a la “política” de Stone, si es que se puede hablar de eso, Salvajes es un fiel reflejo de su no asumida esquizofrenia. Cuando recrea vida y obra de los presidentes de su país (JFK, 1991; Nixon, 1995) se comporta como un liberal hecho y derecho. Cuando filma a Fidel Castro (Comandante, 2003) o a Hugo Chávez (Al sur de la frontera, 2009) se pasa de rosca revolucionaria. Cuando hace policiales como éste, retrata a los mexicanos según los peores estereotipos racistas. Una rémora que arrastra, dicho sea de paso, desde un primer guión exitoso para Alan Parker (Expreso de medianoche, 1978) en el que ya mostraba la hilacha, ¿de oportunista?, ¿de artesano irreflexivo incapaz de medir las consecuencias dialécticas de su escritura?, ¿de falsario voluntarista? Tanto da.n

 

* Savages. Estados Unidos, 2012.

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