Riéndose del poder
- Última actualización en 12 Octubre 2012
- Escrito por: Ana Laura Barrios
Hay un lenguaje en clave de humor ácido y absurdo, regido por calculados juegos de palabras que parecen escalar hacia el infinito sin agotarse o perder su sorpresa. El absurdo construido desde la palabra asoma como un guiño desde el título de la pieza, en la que el autor elige la mejor forma cómica: la dupla. Hugo Piccinini y Marita Escobar la conforman a la perfección. Ambos se convierten en esos seres tragicómicos que rayan en la desmesura a la que los catapulta su investidura. Desmitificar al poder y sus máscaras desde un ámbito simple y cotidiano resulta un desafío agradable para el autor. Transitar por las fronteras también. Es que Piccinini es un dictador manipulado y Escobar una primera dama con ridículo glamur.
Hay un tránsito de estados que se logra cuidadosamente desde la mesura hasta el límite de la cordura en un sinnúmero de gags verbales y corporales excelentemente logrados por ambos protagonistas. El marco entre la ficción y lo real parece confundirse y hasta contaminarse: varios cuadros de la escenografía se vuelven pantallas imaginadas. Es que no hay humor más hiriente y más certero que el que nace de hechos reales. El poder bajo la lupa es visto en su ámbito más íntimo, y su herramienta dramática, al hacerse explícita se desarticula. La puesta destaca y se centra en el trabajo del actor. Maslíah logra que sus personajes brillen en este descolorido esplendor, en el que no falta la incursión del musical, género en el que el dictador y su primera dama se sienten a gusto. Primeros y últimos comparten las contradicciones que hacen al humano el más absurdo de todos los seres .

