En su autodescripción dicen ser “un combo de rock and roll fuertemente basado en los años sesenta y setenta, con influencias predominantes del progresivo, la psicodelia y el hard rock”. Y nombran como influencias a Led Zeppelin, King Crimson, Frank Zappa, Amon Düül II, Color Humano, Pescado Rabioso, Días de Blues, Invisible, Pappo’s Blues y El Kinto.
La verdad es que el vínculo con esos referentes no resulta muy evidente. Su sonido no es para nada “retro”, aunque se ubica en las pautas del rock pesado reciente: la mayor parte de las músicas transcurren, con excepción de unos breves fragmentos, en péndulos armónicos o ciclos breves (a veces, como en “Mal llevado”, no se trata ni siquiera de dos acordes sino de dos variantes de un mismo acorde básico). El sonido está zambullido, casi ahogado, en una niebla espesa de distorsión de guitarras y resonancia de platillos, con la voz gritada mezclada muy bajo, al punto que es casi imposible entender cabalmente las letras (sólo algunas frases o palabras). Una pena, porque al menos una parte de ellas debe haber sido escrita por Guillermo Nigro, uno de los guitarristas, que es además poeta de poesía-poesía y estudiante de filosofía. El nombre del grupo tiene raíces en el surrealismo, este disco contiene una canción llamada “Pizarnik”, la obra anterior de Cadáveres incluye una llamada “Whitman”, y uno de sus primeros caballos de batalla en vivo fue “La noche está muy oscura”, de Benavides y Darnauchans. Lo cantado, sin embargo, es minoría en el disco: todos los surcos tienen canto, pero ocupa una parte minoritaria de la duración, siendo el resto ocupado por solos de guitarra (o de guitarras, porque a veces son dos a la vez, una en cada canal del estéreo). Es una música que escuchada toda seguida al volumen que se supone debería sonar produce una considerable fatiga auditiva (esto no deja de ser un problema sanitario, más allá de las cuestiones estéticas y, por supuesto, del hecho de que a los aficionados de esa línea musical les gusta eso, y de que todo trasmite una considerable descarga de energía). Es increíble cuando, excepcionalmente, en una parte de “Diagonales” las guitarras se tranquilizan y de pronto uno puede apreciar la forma muy rica en que está tomado el sonido de la batería. La ficha técnica aclara que casi todo el material se grabó “en vivo” (es decir, tocando todos juntos, de una, pero sin público), exceptuadas las voces y algunas guitarras adicionales que se metieron después. Aun sin ese dato ya sería notable la solvencia musical de la banda, que además tiene mucha polenta. Nigro y Matías Rodríguez son ágiles e imaginativos en sus solos, Felipe Lamolle tiene un precioso sonido gordo en el bajo, y el batero Manuel Souto es preciso, contenido y también tiene muy buen sonido.
Hay una opción curiosa y desconcertante en el armado: pusieron al inicio del disco las canciones más lisas y comunes, las menos interesantes. Y la cosa va creciendo a medida que uno va escuchando. El solo de “Gozado” asume un ritmo cercano al baión. “Diagonales” está basado en un riff en compás de siete, “Castorman” tiene un ritornelo de cuatro más cinco pulsos, “El nido del jabalí” plantea ambigüedades entre un compás ternario veloz y un pulso con subdivisión ternaria. Sin ser ni ahí un candombe-beat, “Montevideo estampa” de pronto asume una versión metalera de un ritmo cercano a candombe en su episodio central. Luego de la breve cantada, el surco final “Freedom fighter” se extiende y se extiende, llevando la duración del tema a más de 11 minutos.n
* Diagonales, Perro Andaluz/Caracol Rojo, sn, sa (2012).