Un buen plan: filmar un policial “negro” en el Tigre

Es una película* inusual en el actual panorama de la cinematografía argentina, no sólo por el protagonismo, en dos papeles, de una estrella internacional como Viggo Mortensen. Dos méritos mayúsculos adornan su propuesta. El primero es su buen uso de ciertos códigos literarios y cinematográficos.

Detrás de una historia con algunos ribetes fantásticos en la que un hombre sustituye a su mellizo que estuvo involucrado en un crimen atroz, se perciben los múltiples vericuetos mentales que hacen al tema del doble, tan caro a Jorge Luis Borges. Y detrás de un paisaje geográfico y humano rural, ominoso, primitivo y selvático que en este caso es el del bonaerense archipiélago del Tigre, se intuye un homenaje a Horacio Quiroga, que la doble presencia de una edición de Los desterrados en la poblada biblioteca de uno de los hermanos –médico– y en la raleada o inexistente biblioteca del otro
–pescador y eventual criminal– vuelve patente. Pero no sólo los rioplatenses Borges y Quiroga se citan bien. La violencia más implícita que explícita que se respira en cada plano, la ambigüedad moral de unos personajes que constantemente dudan en rebasar ciertos códigos éticos y al final los rebasan, el jugoso entramado de favores, mentiras, traiciones y venganzas que le imprime un sutil toque de amoralidad a una trama compleja, son propios de la novela negra estadounidense y de su sucedáneo cinematográfico, el policial negro. Mejor aun, de sus trasposiciones al viejo polar francés que solía frecuentar Jean-Pierre Melville (El samurái, El círculo rojo) o que con tanta eficacia desarrolló Bertrand Tavernier en Más allá de la justicia (1982), en la que trasladó una novela de Jim Thompson al África occidental. Larga vida al internacionalismo noir.

 

El segundo mérito es la determinación de la colibretista y directora debutante Ana Piterbarg de concentrarse en su historia; una historia, además, totalmente llevada adelante por la pulsión de sus personajes. El río, la bruma, las islas, los destartalados almacenes y las armas están, físicamente, en la pantalla, sin que la cámara pareciera retratarlos con énfasis o reposarse en ellos. La acción –sigilosa, siempre está ocurriendo algo aunque no lo parezca– deriva de las personas: el eterno perdedor con cáncer (Mortensen) que visita a su hermano para que lo mate; éste (otra vez Mortensen), que a caballo de sus propias frustraciones matrimoniales y profesionales decide asumir otra identidad, volver a su pueblo natal, quizás buscar una segunda oportunidad, quizás sufrir de otra manera; una muchachita (Sofía Gala Castiglione) que mientras asume su rol de seductora por partida doble ansía secretamente fugarse de ese ambiente inhóspito; un gánster (Daniel Fanego) de cuarta, violento, irracional, autodestructivo, su tonto asistente y “sobrino” (el español Javier Godino) y, en un personaje demasiado puesto para revelar algún intríngulis dramático, la esposa (Soledad Villamil) del médico. Las actuaciones son, en general, excelentes.
De todos modos, el nivel de actuación y de dirección no tiene la base firme que debería tener en el guión: hay demasiados cabos sueltos (¿nadie revisó el cadáver de uno de los Mortensen?), demasiadas improbabilidades (¿cómo hace el muchachito que descubre un cadáver para de-saparecer de la trama sin que a nadie le importe?), demasiadas pruebas puestas para hacer avanzar el relato (lo vinculado al personaje de Soledad Villamil). Todo esto fruto, sin duda, de un método de producción que involucra a muchas partes, a muchas productoras, a muchos intereses argentinos y españoles, a muchos comités que agregan y desagregan diálogos, situaciones, climas y “clímax”. Aun así, el resultado es más que digno, respetuoso del espectador, acaso más propio de un concepto cinematográfico habitual en la década del 50 y hoy anacrónico, que implica priorizar la historia sobre ciertos efectos que probablemente la embellecerían y la darían más “punch” pero le quitarían sustancia.

*     Todos tenemos un plan. Argentina/España, 2012.

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