Con Carla Moscatelli
Aunque es una actriz de voz y anatomía corpulentas, trasmite levedad. Este don de armonizar opuestos quizás decidió el Florencio que obtuvo en 2009 por su labor en Los padres terribles. O es el que la mueve a rescatar una formación artística teñida de discriminación. O es el que la trajo de un exilio atravesado por amor. El 6 de noviembre Carla Moscatelli integrará el elenco de La boda, de Bertolt Brecht, que el director Alberto Zimberg estrenará en el Club Uruguay de Montevideo.
—Hiciste el curso nocturno de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático.
—Entré con 18 años y egresé a los 22. Me había enterado de la existencia de cursos en la emad a los 16, por un llamado que hicieron. Y recién en el momento de inscribirme supe que había dos opciones. Elegí el nocturno porque ya trabajaba.
—Y estudiabas.
—Quería hacer psicomotricidad o fonoaudiología pero la Escuela de Tecnología Médica abrió cuando yo estaba en segundo año de la emad, entre laburo y clases de teatro no me daban los tiempos. Después, a los 25 años, empecé la licenciatura en ciencias de la comunicación y la hice bastante rápido, aunque me quedan tres materias para recibirme. En el medio estuve seis años fuera del país, primero en Buenos Aires y luego en México.
—¿Por qué?
—Motivos personales; salí en el año 2000 y la crisis del 2002 me juntó en México con varios actores uruguayos, también argentinos, que huían despavoridos, buscando lo que fuera. Con una amiga, en México, hacíamos obras para niños, animábamos cumpleaños.
—¿Podés especificar los motivos personales?
—Estaba casada y a mi pareja le surgió la oportunidad de trabajar primero en Buenos Aires y después en México. Pero supe desde el principio que no me quedaría en ese país. Nací aquí y en esta ciudad tengo a mi familia, mis amigos, mis lugares.
—¿Cuántos años duraba el nocturno?
—Fue variando el programa. Primero eran sólo dos años, después surgió un posgrado y luego abrieron tercer año. Al egresar recibí una beca para estar un año en la Comedia Nacional. Fue la primera vez que otorgaron una beca a un alumno del nocturno de la emad.
—¿Por qué decidieron incluirlos en el beneficio?
—El curso venía perfilándose como algo distinto a lo que habían imaginado al crearlo. Lo pensaron como una alternativa para gente que no quería o no podía asistir al curso clásico de la escuela, el diurno, pero cobró vida propia con un grupo joven, pequeño pero pujante, y muy consciente de sus necesidades artísticas. Comenzamos a exigir nuestros derechos, por ejemplo, que los exámenes de egreso del diurno dejaran de realizarse a la noche, para no perder clases.
—Práctica discriminatoria, por cierto.
—No era discriminación sino falta de reconocimiento. No te miraban mal por ser del nocturno, sólo llegabas a tu clase y encontrabas, de pronto, a todo un grupo de la mañana ensayando su examen de egreso. El reconocimiento, al final, de tanto pelearlo, lo conseguimos. Y yo hice una escuela envidiable, grandes autores, tremendos textos, Ionesco, Pinter, egresé con Madre Coraje, de Brecht.
—¿La experiencia en la Comedia qué aportó?
—Aprender de los grandes. Me tocaron “bolos”, obvio, papeles ínfimos, pero mirá las obras que ligué: A pico seco, de Feydeau, dirigida por Eduardo Schinca, y El marido ideal, de Wilde, dirección de Jaime Yavitz.
—Lo de que viendo a los mejores aprendés es una mítica alucinación. ¿Quién puede creer que la técnica o el talento ajeno son transferibles por ósmosis?
—Por supuesto que no lo son, pero viendo cómo construye el personaje o resuelve determinados problemas creativos un experto, incorporás herramientas valiosísimas. O los múltiples consejos que da un director durante los ensayos. Son “piques” que suman. Creo que lo que aprendés, en definitiva, es la actitud de que nada está dado ni descenderá del cielo, siempre tenés que buscar. Como decía Picasso, la inspiración existe pero si viene es mejor que te encuentre trabajando.
—La versión de La boda que estrenó Héctor Manuel Vidal en la antigua sala Zavala Muniz se recuerda todavía. ¿Problematizó eso la decisión de reponerla?
—Otra cosa que aprendés de los grandes es a arriesgarte. Yo vi esa puesta de Héctor, recomendada por mi profesora de literatura de quinto, y fue formidable. Pero el tiempo pasó y hoy nosotros proponemos otra mirada. Ojalá que el público la disfrute tanto como yo disfruté la anterior.