Brecha Digital

La gracia de los opuestos

Aviso a la población: en Brecha ya salió una reseña escrita por Ronald Melzer de esta película.* Pero así como a veces llegamos tarde, esta vez llegamos demasiado temprano, y el artículo fue publicado cuando a la película aún le faltaban algunas semanas para ser estrenada. Así que acá va otra, y perdonen la reiteración.

Y ni siquiera se trata de una gran, gran película. Sí de una que, probablemente, tendrá tanto éxito acá como en casi todos los lugares donde se ha exhibido, su país de origen en primer lugar, tanto que, además de ser la película que representa a Francia en el Oscar, se convirtió, allá, según lo que se lee por ahí, ¡en la película más taquillera de la historia! (En el país de Jean Renoir, René Clair y Jacques Feyder, por nombrar apenas los favoritos de una larga lista.)
Pero bueno, siempre funcionan las películas-consuelo, las que con distinto éxito y gracia reivindican lo humano-bueno de la condición humana, las que consiguen la alquimia de hacer comedia con la dosis justa de melodrama para que la risa se enternezca. Y el cine francés tiene buena pasta para estas combinaciones, porque parece estar en su naturaleza sortear los peligros del meló a fuerza de elegancia. Aquí nomás, hace poco, el tiempo que estuvo en cartelera Mis tardes con Marguerite, de Jean Becker
–un experto en estas lides, donde también revista su compatriota Daniéle Thompson–, es una prueba de ese asunto.
En el género consolador, el “encuentro de opuestos” es una fórmula notable. Lo usa la película de Becker –y otra anterior de Becker, Conversaciones con mi jardinero– y un montón más. Y es la que funciona acá, con la dupla François Cluzet-Omar Sy, en el filme Phillipe y Driss, respectivamente. Un aristócrata cincuentón, hiperculto y tetrapléjico que apenas puede mover la cabeza, un joven negro y atlético del suburbio con algún antecedente policial y pura cultura callejera; algo así como el viejo París de las cortes y el nuevo París de los inmigrantes africanos. (Intriga pensar si se trata de un símbolo expresamente pensado por los directores-guionistas Eric Toledano y Oliver Nakache: quien representaría lo primero, aunque dulce e inteligente, inmovilizado sin remedio, ¿es su idea de la “Francia eterna”? Interesante…)
Símbolos aparte, el contraste sirve para poner en cuestión toda esa asentada cultura, desde la delicadeza del trato hasta concepciones y sensibilidades frente a la pintura o la música, por ejemplo. El “choque de culturas”, para qué, es bastante obvio, pero los realizadores le imprimen gracia al renunciar, para llevarlo adelante, al amortiguador de la corrección política, dejando que las características de sus personajes fluyan con impulso propio, sin corregirlos con retóricas o conclusiones forzadas. A lo que contribuye sin duda la calidad de ambos intérpretes, cuyos perfiles se corresponden a la perfección con los personajes que les cabe interpretar: sutil y experimentado Cluzet, vigoroso y carismático Sy.
La aclaración de que la película se inspira en hechos reales –con una breve aparición final de esos inspiradores reales y su destino actual– agrega al filme-consuelo lo que por lo general le falta al género: la posibilidad –acá afirmada– de que estas cosas puedan en verdad suceder. Descreídos y escépticos, abstenerse. Pero miren que se pierden un muy buen rato. n

 

* Intouchables. Francia, 2012.

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