Ayer, hoy y mañana

Media docena de autores muy cercanos –hay una argentina en la lista– echan diferentes miradas a nuestra sociedad, en su presente y también con relación al tiempo pasado y a un futuro capaz de aportar cambios inquietantes. Sarita y Michelle (del Centro), de Eduardo Sarlós, dirigida por Hugo Blandamuro, propone la imprevista amistad que surge entre una vieja judía y una travesti de las inmediaciones. El texto, además del sabroso dibujo de los personajes y los hallazgos humorísticos tan típicos de Sarlós, funciona a la perfección como un canto a la solidaridad y la integración en los tiempos que corren. Estrenado años atrás en recordada versión dirigida por Carlos Aguilera y con Susana Groisman y Daniel Bérgolo, el presente reestreno cuenta con las disfrutables caracterizaciones que aportan Nelly Antúnez y Fernando Landó a una puesta que, más allá de alguna inverosimilitud, funciona con las garantías del caso.
Futuro perfecto (Centro Cultural Carlos Martínez Moreno, de Plaza de los Olímpicos), escrita y dirigida por Sandra Massera, analiza el Uruguay –o lo que queda del mismo– de los próximos doscientos años, o casi. El espacio elegido resulta muy bien utilizado por la puesta para ubicar una sociedad eternamente joven, y también dominada y mecanizada, sobre la cual pende, entre otras, una amenaza que la obligará a emigrar a otro planeta. Al promediar la acción, sin embargo, el texto da muestras de haber señalado ya todo lo que importaba y comienza a alargarse de manera innecesaria, al tiempo que parece querer apuntar a otros derroteros que traen consigo una culminación más borrosa de lo esperado. El numeroso elenco en principio rinde de manera apropiada, pero luego queda sometido a las alternativas del estiramiento que termina por desdibujar a los personajes implicados.
Si te escuchara Discépolo (Verás que todo es mentira...) (Telón Rojo), de Leticia Mato, con dirección de Libeth Parra, presenta a una protagonista veterana, al parecer aquejada de trastornos mentales que la empujan a entablar diálogos con el compositor a quien dice estar viendo. El propósito de Mato, más que una aproximación naturalista a problemas de la tercera edad, se concentra en armar una especie de juego ingenioso en el que puede asomar alguna vuelta de tuerca. Todo transcurre en torno a continuas alusiones al tiempo y la obra del ídolo tanguero a lo largo de una puesta que Parra construye con esmero, de acuerdo a la lógica propuesta por la autora. Estela Caussade, en el papel principal, y el resto del elenco, cumplen con lo suyo.
La amapola del señor Phi (Anglo, sala 2), escrita y dirigida por Teresa Deubaldo, pone al descubierto lo que puede suceder cuando alguien que no sigue las costumbres establecidas por la sociedad de consumo irrumpe en un Word Club en el que imperan las leyes del mercado. El contraste entre el recién llegado y el dúo que lo recibe da pie a una jugosa parábola acerca del mundo en que vivimos, las novedades que aparecen y lo que amenaza con perderse. El trío integrado por Leonardo Noda, Matías Borgarelli y, en especial, Jorge Villarmarzo funciona en forma adecuada en una puesta surcada por la ironía y abierta a la reflexión de la platea.
Que no son tres, que son cuatro (Metro, sala 2), de la argentina Ana María Palumbo, dirigida por Lucila Irazábal, sin abandonar los pasos de una comedia cotidiana analiza la preocupación de dos mujeres de cierta edad al descubrir que la memoria del hermano de ambas comienza a fallar. Una tercera involucrada jugará el papel de complicar una situación que da pie a una ojeada positiva –y hasta contagiosa– a la convivencia de gente solitaria. Los toques de humor agregan un marco a tono con el espíritu de una puesta que Irazábal conduce con apropiado ritmo, apoyándose en el desenvuelto trabajo actoral de Cecilia Patrón, Norma Salvo, Roberto Allidi y Daniela Marotta.
¿Y después qué…? (Telón Rojo), de Jorge Cerchiaro, con dirección de Álvaro Pozzolo, enfrenta a un psicólogo o consejero social con un menor infractor en un intercambio que pone de relieve tanto las carencias que llevaron al más joven a delinquir como los escollos que puede encontrar un especialista, más allá de sus buenas intenciones. Breve, conciso, real y conmovedor, el reestrenado texto de Cerchiaro motiva un concentrado trabajo de dirección de Pozzolo y el apreciable rendimiento interpretativo de Gustavo Ares, como el interrogador, y del promisorio Pablo Pedrazzi, en el papel del menor en cuestión.

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