Brecha Digital

Borracho pero con páginas

“Diario de un seductor”

Mirar esta película deja un sabor como de otro tiempo, como de algo déjà vu. Las andanzas del periodista novel Paul Kemp (Johnny Depp), iniciado en el oficio pero sobre todo en el consumo sostenido de alcohol por su colega Michael Rispoli con la extravagante colaboración de otro colega medio loco (Giovanni Ribisi), que transcurren en San Juan de Puerto Rico a fines de los años cincuenta, responden a un tópico sostenido en el cine y también en la literatura: gente de Estados Unidos –en otros casos lo fue de algún país de Europa– sobreviviendo en un entorno ajeno y si se puede exótico, únicos y desencantados protagonistas como cola de Occidente en territorio ajeno e incomprensible. Pero no está la base de todo esto en Somerset Maugham ni en Hemingway, sino en el periodista Hunter S Thompson (1937-2005), en el que también, y también con John­ny Depp, se basó Pánico y locura en Las Vegas (1998), con dirección de Terry Gilliam.
Poco hay en la película del entorno portorriqueño, de todas maneras, más allá de la puntual comprobación de que se trata de un territorio cuyas bellezas son expropiadas y explotadas por estadounidenses ricos e inescrupulosos, como el que encarna Aaron Echkart, siempre vestido de blanco para completar el tipo –con mansión y yate y novia rubia y bellísima (Amber Heard)–, y de la inclusión de riñas de gallos, de una reacción localista y antiyanqui y, por supuesto, de un carnaval desaforado, porque ya se sabe que los nativos ­­­–cualquier nativo, sea de África o América Latina– son sensuales, desinhibidos y parranderos. Si el entorno ocupa poco lugar, además de proporcionar ambientes desarreglados y desprolijos, aptos para oprimir o siquiera desanimar a estas almas perdidas, pareciera a cierta altura de la película que el lugar lo va a ocupar el impulso vocacional del periodista Kemp, pese al desaliento que su jefe Richard Jenkins (irreconocible) y las distracciones que los borrachos Rispoli y Ribisi se empeñan en ponerle por delante. Pero aparece el rubio (Echkart) y da la sensación de que habrá una trama medio policial medio de denuncia sobre las componendas de grupos de poder económico en Puerto Rico. Y cuando las cosas parecen ir para ese lado, se impone la presencia de la rubia Amber, que da muy bien en aquel estilo de los cincuenta, con una belleza como de tapa de Life y un estilo caprichoso, a la vez infantil y provocativo, muy femme fatale cuando estos especímenes aún existían. Pero tampoco esto se instaura como centro aglutinante de la narración. El director y guionista Bruce Robinson –también actor, con varios guiones pero pocas películas en su haber, una de ellas Jennifer 8– no parece decidirse entre las opciones de un material que seguramente lo sedujo. Lo único que permanece de principio a fin del metraje, y lo más atractivo de la película, es el compañerismo desprolijo y etílico del trío. Entre oleadas de ron –no se sabe por qué no mantuvieron para el español el acertado título original* y le pusieron éste que no tiene nada que ver y evoca a Kierkegaard– navegan y se mezclan, diluyéndose en un final precipitado el policial, la denuncia, la historia de amor. Queda la amistad. Bueno, es algo, aunque quizá insuficiente para Thompson.

* The Rum Diary, Estados Unidos, 2011.

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