Dios y el diablo en la villa

“Elefante blanco”

En mayo de 1974 fue asesinado en Villa Luro, Buenos Aires, el sacerdote Carlos Mugica. Hombre de buena familia y vinculado durante su trabajo sacerdotal con jóvenes que luego serían fundamentales en el movimiento Montoneros, Mugica había hecho la opción por los pobres propia de la teología de la liberación pero apartándose decidida y públicamente de la lucha armada.

El homenaje a Mugica es en este filme de Pablo Trapero no sólo explícito en su dedicatoria y en más de una secuencia, sino en el diseño del personaje del padre Julián (Ricardo Darín), también de origen burgués y también comprometido con los más pobres, los habitantes de una villa creada y extendida alrededor del “elefante blanco” del título, un megaedificio destinado a hospital y nunca terminado que se comenzó en los años treinta por iniciativa del socialista Alfredo Palacios. Al trabajo de Julián se suma el del sacerdote belga Nicolás (Jérémie Renier, un asiduo actor en las películas de los Dardenne), que antes trabajó en un aislado pueblo amazónico donde sobrevivió a una espantosa matanza, y el de la asistente social Luciana (Martina Gusmán, esposa de Trapero y reincidente actriz en sus películas). Entre ellos tres y un tejido de voluntarios se ejerce un apostolado que va desde el bautismo y la misa a tratar de sacar a un adolescente del consumo del “paco” (pasta base), protegerse y proteger a los otros de los enfrentamientos entre bandas de narcos o de las invasiones policiales, intermediar ante las jerarquías eclesiásticas y políticas para que se pague a los trabajadores de las obras en construcción, o para que éstos continúen trabajando, trabajar ellos mismos en las tareas más rudas. Es un cuadro evidentemente bien documentado por Trapero y sus coguionistas (Alejandro Fadel, Martín Mauregui y Santiago Mitre, el director de El estudiante), que la pantalla devuelve con un notable grado de verosimilitud –que hace pensar, en lo que toca a los habitantes de la villa, en actores no profesionales: de qué academia de actuación pueden salir esos rostros– y un ritmo intenso que no sólo se manifiesta en las escenas “de acción” –las incursiones policiales, las balaceras entre pandillas, las manifestaciones de los pobladores–, también en el pulso de un conglomerado humano multitudinario y cruzado por todas las urgencias y todas las contradicciones.
Contradicciones a las que no escapan los dos sacerdotes. Julián decide mantener su trabajo por fuera de los líos entre delincuentes, preservándolo de las seguras vendetas y de cualquier “toma de partido”, mientras el belga, acosado por un sentimiento de culpa por no haber podido proteger a la gente del Amazonas y haber sobrevivido, compensa esa sensación involucrándose más allá de las reglas. Y propiciando así una de las mejores secuencias de la película, cuando va a buscar al campo contrario el cuerpo del hijo asesinado de uno de los jefes narcos.
Elefante blanco no es una película “perfecta”. El final es un tanto ambiguo, y en la historia de amor entre el cura belga y la asistente social, aunque muy bien sustentada en términos narrativos –la atracción entre ellos se percibe inmediatamente–, podría haberse ahorrado alguna escena carnal que nada agrega.
Pero es difícil dar, en una película, la psicología de tipos como Julián o como Nicolás. El misterio de esa opción, de esos sentimientos, quedará siempre como tal. Lo que se puede hacer, y lo que hace Trapero, es mostrar las acciones que tal opción, tales sentimientos pueden generar. Y lo hace con garra, apostando sin vacilaciones a la crudeza pero también a la emoción, armando un cuadro vívido e intenso que de paso recuerda, sin eufemismos, la única recompensa para esos misteriosos luchadores. El recuerdo y el amor de los pobres.

 

Argentina/ España/ Francia, 2012.

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