Momentos de decisión
- Última actualización en 08 Noviembre 2012
- Escrito por: Álvaro Loureiro
Encuentros y desencuentros
El reencuentro de un hijo con su atípica familia (Regreso al hogar) y la relación de un jubilado con un niño de la calle (Crepúsculo interior), coinciden en mostrar a hombres y mujeres en las diferentes encrucijadas que el destino les reserva a cada uno. Regreso al hogar (Telón Rojo), del británico Harold Pinter, dirigida por Jorge Denevi, observa lo que sucede cuando, tras varios años de ausencia, un hombre regresa a casa acompañado de su mujer, para reencontrarse con su padre, dos hermanos y un tío que ni siquiera estaban enterados de su casamiento. Desde el comienzo, el espectador descubre que, en lugar de las frases –huecas o no– que la gente intercambia a lo largo de una visita a consanguíneos, a Pinter le interesa, en cambio, apostar a lo que los personajes podrían decir si volcasen la totalidad del pensamiento en lo que surge de sus labios. Amabilidades a un lado, entonces, y aunque no faltan los toques de un humor cercano al absurdo, los dueños de casa y los recién llegados sacan a relucir la mayor parte de las cosas que pasan por sus cabezas en varios enfrentamientos frontales o laterales que le sirven al dramaturgo para indagar en lo más recóndito de un grupo de personas que algún desprevenido diría que parecen “sencillas”. Media docena de personajes plenos de ambigüedad alientan así en una negra comedia de sugerente transcurso e incierto desenlace, que Denevi lleva adelante con mano conocedora y pulso firme para trasmitir que el disparate siempre aguarda a la vuelta de la esquina. Luis Fourcade, Álvaro Armand Ugon, Till Silva, Niccola Pisano, Damián Coalla y Leticia Scottini integran el afinadísimo elenco que se desplaza en el propicio espacio vestido por Hugo Millán para dar marco a un cuadro familiar menos ajeno de lo esperado.
Crepúsculo interior (La Gaviota, sala 2), del autor nacional Eduardo Sarlós, con dirección de Estela Fernández Alamilla, explora la creciente amistad de dos seres tan solitarios como un cantante de tangos viudo, retirado y sin hijos, y el pequeño vagabundo que lo visita para pedirle alguna limosna y que quizás pueda, también, tener algo para ofrecerle al visitado. Estrenada hace quince años en la misma sala, la obra se ofrece ahora en homenaje al recordado Sarlós y al asimismo desaparecido Rafael Salzano, veterano protagonista, junto al entonces preadolescente Federico Rodríguez Villamil. El hermoso texto, como buena parte de la producción del dramaturgo –basta citar Sarita y Michelle–, quiebra otra lanza a favor de la comprensión y el cariño que pueden nacer entre sujetos pertenecientes a mundos casi opuestos. Personajes tan definidos como el dueño de casa y el niño que por allí ronda encuentran en Héctor Spinelli y Rodrigo Carlero una entrañable oportunidad de lucimiento que ambos aprovechan de principio a fin bajo la atenta mirada de Fernández Alamilla, a quien se debe también la adaptación y puesta al día de un desarrollo que en la actual versión incorpora la presencia –no muy justificada en cierto intermedio– del músico Eduardo Almada. El resultado, de todos modos, parece estimulante.

