Brecha Digital

La mejor película que nunca se filmó

“Argo”

Hollywood puede divagar todo lo que quiera –lo hace desde siempre– pero no puede escapar a la vieja regla: a veces la realidad supera a la ficción. En ese caso, si puede, Hollywood lo aprovecha. Podría decirse que éste es el caso, si no fuera porque los sucesos acá ficcionados* datan de 1979 y los archivos correspondientes fueron desclasificados por Bill Clinton en 1997. Quince años, entonces, desde que se hicieron públicos unos asuntos que de haber sido presentados como ficción pura por un guionista serían bochados por increíbles. La demora quizá tenga que ver con un panorama que no ha dejado de ser difícil y comprometedor desde que estas cosas pasaron, e incluso antes. Bastante malogradas y tensas están las relaciones entre Estados Unidos y el Irán surgido después de la caída del sha, y bastante mala fama tiene la cia en el cine en particular y en el mundo en general como para hincarle el diente a una historia que los deja mal a todos, aunque guarde para la cia, encarnada en uno de sus agentes, un papel que ya quisiera el alicaído 007. Tuvo que venir un director más o menos joven, con una carrera “prometedora” pero no afianzada –sus dos películas anteriores fueron tratadas por lo general con cierta cautela–, para meterse de lleno en lo que el asunto encierra, a saber, la gesta, la política y el absurdo. Y, milagro, el casi joven de carrera prometedora Ben Affleck logró vérselas con los tres, en una película contundente, de sabor clásico, bien actuada, bien dosificada, con todo el nervio del mejor cine de acción y sorteando la mala conciencia del cine cuando se mete en política.
La gesta: en 1979, tomada la embajada de Estados Unidos en Teherán por ciudadanos iraníes enfurecidos que reclamaban la devolución del sha –asilado en aquel país y enfermo de cáncer–, seis funcionarios estadounidenses logran escapar, se asilan en la embajada de Canadá y deben ser rescatados porque su vida peligra. En Washington, la burocracia paralizada no encuentra forma de hacer el rescate, hasta que el agente de la cia Tony Méndez (Affleck) pergeña un plan que es el absurdo casi químicamente puro, la “mejor mala idea” entre todas las malas ideas manejadas: hacer creer que los seis refugiados son miembros de un equipo canadiense de filmación presente en Irán para buscar locaciones para una película de ciencia ficción, la Argo del título. Por supuesto, interferirá la política, que va y viene, enreda y duda, antepone “grandes intereses” a las urgentes razones de la vida humana. Primero –planos iniciales– esa política instala al sha, frustrando una evolución de corte nacionalista que tuvo la audacia de expropiar “su” petróleo (iraní) y haciéndose el oso ante las espantosas violaciones a los derechos humanos del régimen de su protegido, luego ampara a éste y finalmente no sabe cómo cuernos salir del enredo subsiguiente, que pone a algunos de sus ciudadanos en riesgo de muerte.
El atractivo de la película es cómo estas tres vertientes funcionan complementándose, cómo el nervio y el suspenso de todas las escenas en Irán y las pesadas trabas gubernamentales yanquis alimentándolos con sus contradicciones son atravesadas por la gran ficción armada en Hollywood, donde John Goodman y Alan Arkin arman un perfecto proyecto de película: si la película no existirá nunca, el proyecto debe existir, para que la coartada funcione: Hollywood inventa películas, lo que siempre hizo, pero esta vez de mentira, algo a lo que Hollywood no es ajeno, un juego a la vez sencillo y perfecto de ficción burlona llevada al extremo. Un detalle: con un planteo sencillo y diseñado con economía, cada personaje, aun el más pequeño del reparto, tiene su peso, su lugar en el todo –otra buena vieja lección del cine clásico que se suele olvidar más de lo conveniente–. Hay un juego quizá demasiado evidente en el desenlace, la típica exageración para agregarle adrenalina al asunto. Pero antes, hubo dos horas de buena acción y humor cazurro, que bien valen el viaje. Aunque uno de la cia, por una vez, salga bien parado.

* Estados Unidos, 2012.

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