Dos de las tres protagonistas femeninas de esta película* son estudiantes universitarias que ejercen la prostitución de manera más o menos encubierta, tomando ciertos cuidados, evitando caer en las redes de los tratantes de blancas y bajo el manto psicológico de una coartada moral difícil de rebatir: “nada malo me sucederá”, “la paso bien”, “ninguno de mis principios está peligrando”. Lo hacen para ganar buen dinero, financiar sus estudios, sentirse autosuficientes y colaborar con sus familias (que de esto nada deben sospechar, pero igual sospechan) en su manutención. Ambas muchachas son jóvenes, hermosas, frescas, decididas. Una (Joanna Kulig) es una polaca rubia, grande, atrevida y voluptuosamente sexuada que está liada con un hombre rico que ha puesto un elegante apartamento a su disposición a cambio de favores poco santos, que tarde o temprano podrían causarle algún inconveniente. La otra (Anais Demoustier) es una francesa de provincia, castaña, más delgada, más reservada y quizás más misteriosa, que a partir de contactos vía Internet va de cama en cama con hombres mayores y de buen pasar sin que su novio se dé por enterado, o sin que su novio trasunte que se enteró.
Toda esta información, estos datos, estos hechos y este clima son vertidos al espectador gracias a un intermediario dramático, el tercer personaje femenino, una parisina de unos 45 años (la formidable Juliette Binoche) que no es prostituta sino periodista, y que prepara un reporte para una revista “para mujeres” (sic). Una revista “paqueta” que le pone límites: de espacio, de tono, de profundidad. Pero Binoche lucha y triunfa. Tiene sus motivos: inquietud intelectual, ganas de descubrir y descubrirse, la relativa y palpable frustración de su vida familiar junto a un esposo poco presente y a dos hijos (uno adolescente, el otro en edad escolar) con los que poco o nada se entiende. A eso (se) le suma su propia, desfalleciente, insatisfecha y acaso secreta sexualidad. Intenta llegar hasta el hueso con su investigación, quizás llegue a alguna conclusión, quizás no, pero lo cierto es que entretanto se habrá convertido en el centro, en el núcleo de una segunda investigación. Aquella que, como espectadores, realmente nos compete y, gracias a la caligrafía, que no a la calidad de esta película, nos conmueve. Esta investigación se interna en la vida y en la supervivencia, con sus afectos y con la ausencia de éstos, de una mujer de edad media y buen pasar, culta, inteligente, curiosa e inquieta dentro del perfectamente estable París de hoy. El propósito de Elles no es el de echarle una mirada a la prostitución, sino a un personaje con la suficiente lucidez como para interrogarse desde dónde mirarla.
Es en este desdoblarse, fino y capcioso, cautivante y proclive a dejarse cautivar, donde radica el primero de los dos enormes méritos de la libretista y directora Malgorzata Szumowska. El otro mérito es cómo procede en el desdoblamiento. Hay que ver cómo primero des-erotiza con toda voluntad y alevosía lo que su álter ego Binoche percibe, escribe o imagina, para luego volver a erotizarlo desde otro lugar (dramático). Hay que ver cómo concentra toda su artillería de apuntes costumbristas y de mínimas revelaciones, que pueden llegar a ser muy impresionantes, a través de una anécdota que transcurre durante unos pocos días pero que en cada secuencia donde se relata con radiante crudeza lo que acontece con cada una de sus tres protagonistas, recorta lo esencial de pasados ni muy felices ni muy ignominiosos para luego aportar pistas sobre futuros igualmente complejos. Y hay que ver cómo entremezcla esos relatos presuntamente objetivos reubicándolos desde una perspectiva mucho más personal, con lo cual siempre queda la duda de cuánto ocurrió de verdad y cuánto imaginaron o quisieron imaginar la periodista y la cineasta: ese manojo de dudas es, desde ya, intrigante, enriquecedor y moral. n
* Elles. Francia/Polonia/Alemania, 2011.