Otro plato
- Última actualización en 09 Noviembre 2012
- Escrito por: Diego Faraone
Nada menos que 50 años se cumplen desde la primera película de James Bond, El satánico Dr. No, y su conmemoración debía hacerse con una obra a la altura de una saga que significa un orgullo para la potencia inglesa. El paladín de los servicios secretos británicos que se abre paso con impunidad y a los tiros en un plano internacional, persiguiendo maleantes de diverso tipo y calaña, nunca dejó de tener un peso simbólico considerable para un país que se esfuerza en mantenerse presente. Pero los tiempos y las sensibilidades cambian, y también las formas de mostrarse al mundo. Como Jason Bourne supuso un cambio importante en la percepción del agente internacional de elite, un agente del MI6 debe justificarse a sí mismo –esta película* no para de hacerlo– y además no podía quedar en desventaja comparado con uno entrenado por la cia. Esta última imposición requería un “aggiornamiento” forzado, y es todo un síntoma que los recambios de James Bonds duren cada vez menos. Está claro que se necesita un actor a la altura, cuarentón, buenmozo, carismático y en buen estado físico. Pero el margen para reunir estos requisitos y que, encima, logre proezas atléticas a lo Bourne, es muy acotado. Si Sean Connery y Roger Moore, los Bonds más activos, duraron en su papel respectivamente 21 y 12 años, el penúltimo, Pierce Brosnan, lo haría solo por siete, y hoy Daniel Craig parecería al borde del retiro luego de seis años y tres extenuantes rodajes.
La apuesta al director Sam Mendes (Belleza americana, Sólo un sueño) pareció apuntar a una firma oscarizada y de renombre, y al envoltorio estilizado, tan del cine british. Es así que las escenas son pulcras, la acción es vistosa, la secuencia de créditos inicial de tan bien diseñada da gusto, y los primeros tramos de acción aferran al espectador con fuerza y convicción. La persecución inicial, con Bond en moto sobre los techos de las calles de una feria en Estambul (!), en montaje paralelo a otra agente recibiendo instrucciones y siguiendo la persecución lateralmente, dan mucho y prometen aun más. El interés no decae en las dos horas y media que dura el metraje, hay adquisiciones que caminan muy bien y que suponen otro reinicio a la saga –Naomie Harris como la nueva Moneypenny, Ralph Fiennes, y sobre todo Ben Whi-shaw, un hacker muy post Millenium– y adquiere protagonismo Judi Dench, quizá la mejor M que se haya visto. Javier Bardem logra un villano impagable –que como señala el crítico argentino Diego Lerer parece salido de una película de Almodóvar– que se presenta con un notable y desagradable monólogo sobre ratas e impone acercamientos homosexuales que parecieran perturbar más a Bond que cualquier tortura física.
Pero la película parece redondear todos los vicios del cine británico. Las escenas de acción, aunque cumplen con la cuota de espectacularidad necesaria, no se desenvuelven con imaginación. Digamos que está bien la idea de las motos por los techos, pero los grandes cineastas de acción (Steven Spielberg, Brad Bird) logran imprimir una creatividad extra que lleva las situaciones a un vértigo insospechado. El enfrentamiento final no dignifica la muerte de un villano tan esforzado y deja con ganas de resurrección. Como la mayoría de las películas inglesas, Operación Skyfall es formalmente bella y atractiva a priori, pero mantiene al espectador a la espera de un vuelo audiovisual que finalmente no llega.
* Skyfall. Inglaterra/Estados Unidos, 2012.

