“Buscando un amigo para el fin del mundo”

A amar que se termina el mundo

 En la mezcla está el gusto. Esta película* integra en un discurso único que procura ser coherente, y en casi todo su desarrollo lo es, formas y contenidos propios de dos géneros muy distintos y ambos caros a la tradición hollywoodense.

Uno es la ciencia ficción en su variante apocalíptica. Al comienzo, una voz en off grave y con ínfulas de seriedad anuncia que el último intento científico-militar de detener la colisión de un asteroide gigante y la Tierra ha fracasado, restan 21 días para la catástrofe definitiva, nada se puede hacer, resígnese, disfrute, rece; usted, radioescucha o telespectador, decide (dentro del margen de decisión que resta). En el transcurso del relato, la voz en off, ya acompañada por el rostro del presentador de un noticiero televisivo, volverá a intervenir con predicciones y estados de situación, todos debidamente ilustrados por el resto de las imágenes. Veremos y escucharemos, entonces, actos de contricción religiosa o social, fiestas, suicidios, sexo con o sin drogas, reuniones y reencuentros al límite, abandonos, saqueos y aquello que uno pueda imaginar y no requiera del apoyo de efectos especiales demasiado espectaculares, que por suerte no los hay, o si los hay no se notan. El sobrio desfile de alegrías con fecha de vencimiento y penurias que sólo podrían empeorar está narrado desde la óptica de un personaje central, al mismo tiempo protagonista absoluto y puente indivisible entre el caos colectivo y la presunta tranquilidad del espectador. Alrededor de ese hombre, un Steve Carrell que demuestra una vez más que nadie interpreta mejor que él al estadounidense medio un poco desgraciado, otro poco idealista e inevitablemente gracioso, se desarrolla otra historia, consecuencia, ya que no causa, del apocalipsis. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

 

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