Mariana Lucía
Hace dos años, el primer disco de Mariana Lucía fue toda una revelación. Este segundo trabajo* comparte todas las virtudes del primero, con un considerable incremento de soltura, pericia y vuelo. Si tuviera que describir a esta cantante y compositora, creo que los rasgos más inmediatamente llamativos son los siguientes: es uruguayo-brasileña y alterna ambos dialectos con naturalidad (vale para los idiomas y para los rasgos musicales); tiene un marcado dejo místico en los textos, que alcanza un poco a la música, pero que no llega a poseer el trabajo, ya que, tal como los trabaja ella, los referentes místicos se pueden tomar como poetizaciones de la vida (de una visión cósmica de la vida), modelos operativos para lidiar con la complejidad vital, o incluso como juegos (porque son canciones que, sin privarse de lecturas serias, están mucho más cercanas a lo lúdico que a lo solemne, o grave, o pretencioso; y que sin ser banales se escuchan sin conflictos como refinadas y suingueadas canciones pop); y finalmente la gran ductilidad vocal, trabajada con una gran variedad de emisiones, pero todas ellas con un pie en lo cotidiano y sin hacer gala de virtuosismo.
Con respecto al canto, ahora Mariana Lucía está explotando mucho más su registro agudo, y está mucho más suelta y expresiva. A veces su canto hace pensar en la preciosa foto de la tapa, en que aparece recostada indolentemente hacia atrás. Es como si cerrara los ojos y dejara fluir el canto en un estado semidormido, para que aflore sin trabas un mundo de matices (indefiniciones de alturas y otras languideces, alientos y otros ruiditos, ronqueras). Ese aparente semidescontrol nunca es efectivamente un descontrol, porque hay una gran precisión técnica, además de que Mariana no se priva de transitar, a veces en una misma canción, su zona más “despierta”, voluntariosa, que muchas veces asocia con su registro más grave, más “Nara Leão” (como en su prédica condenatoria ejemplarizante en “Plan Mayor”).
Es muy ágil y gozosa su forma de encajar los textos con melodías de métricas flexibles e ingeniosas. Varios textos refieren a la música misma, celebrando el cantar y el bailar, o verbalizando cosas como “ciclo de 7” o “sol mayor” (que efectivamente están sonando). En “Haz y deja que se haga” la música es metáfora del amor (“un acorde más acorde a nuestra necesidad/ de re armonizar/ de alterar”).
La brasileñez y la uruguayez están obtenidas sin tarjetas postales musicales. Hay varios aires de baión, un candombe sin tambores (el único tema no compuesto por ella, de Leonardo Rodríguez), y un fugaz acercamiento al tango en un pasaje de “Hueco”.
“Flúo” es una canción de amor, pero uno tan etéreo, tan pleno, tan trascendente que bien podría ser una canción para Dios y no para un ser humano. (Esta idea es apoyada por el sonido general, muy especialmente por unos soniditos electrónicos que glisan hacia arriba –como que levitan–, por unas campanitas que se entreveran con los armónicos de la guitarra eléctrica, y el epílogo que es una especie de delicado cántico tribal.) Pero ese surco va pegado con “Beija minha barriga”, que es de lo más carnal (un funky con un texto muy sexual). Ésta, a su vez, engancha con “A bailar”, que es en parte lo que su nombre sugiere: música dance, pero cool, con el bombo marchoso puesto en un entorno no invasivo. La voz de Mariana canta/dice instrucciones/estímulo: “Muévete, súdalo, hazte uno con la sal/ que exhala de tu cuerpo en un vaho natural”. En el curso de la letra, esa dimensión bien corpórea es trascendida: “súbete a la escala celestial/ en la octava adecuada/ sabrás cómo levitar (...) calma el espacio que queda entre tú y vos”. Se puede decir que ella hace lo que predica, borrando la contradicción entre una sacerdotisa y una profesora de aerobics.
En “Ciranda” es fantástico cómo los elementos eróticos, aparte de la eventual presencia directa (“salve el cuerpo de los amantes”), se cuelan en los intersticios del juego infantil, bajo la forma de la exhalación semántica de palabras cuyo sentido directo es otro (“mis dientes sonriendo desnudos”, “sólo la música es capaz de penetrar/ en el hueco del sol/ lo lleno del mar”).
Este jueves 29, a las 21, hay oportunidad de apreciar su trabajo en vivo, en Madredeus (Acevedo Díaz, 1156).n
* Flúo, Perro Andaluz, PA 5342-2, 2012.