Perros de la nieve

“Snowman’s Land”

Toda similitud con Perros de la calle (1992) no es casualidad y debería considerarse, dadas las circunstancias, bienvenida. El problema de este policial alemán dirigido por el ignoto Thomas Thomson son sus diferencias con el icónico debut de Quentin Tarantino, un cineasta que, queriéndolo o no, revolucionó los parámetros del cine policial. Pero como lo primero es lo primero, y Tarantino picó antes, veamos lo positivo, o sea el parecido. Aquí también los personajes son involuntariamente trágicos, se sienten perseguidos por el fracaso individual y colectivo de su misión, no son ni la mitad de inteligentes de lo que suponen, están convencidos de que la violencia extrema forma parte ineluctable de su existencia y terminan arrastrados por una corriente de hechos que no dominan ni nunca dominarán. El protagonista principal, en la medida que abre y cierra el relato, es un matón a sueldo o al mejor postor (Jûrgen Rissmann, una suerte de Gérard Depardieu más grande, más introvertido, algo más joven, un poco menos gordo y de aspecto bastante más desprolijo, si eso es posible) al que su contratista preferido envía a un lejano, apartado, solitario, semiselvático y helado paraje dominado por una enorme casona que no se sabe para qué sirve, y dentro de la cual se supone que alguien le dirá qué hacer. Antes de que aparezca su nuevo jefe (Reiner Schône), un truhán desalmado y bastante mayorcito que sueña con fundar en el lugar una colonia de vacaciones para árabes o rusos ricos, irrumpirán en la casona, es decir en su vida, otros dos amorales, o anormales. Uno, hombre (Thomas Wordianka), es un colega en el arte de matar gente al que conocía de antes, y al que detesta por vocinglero, superficial y alevosamente amateur. La otra, mujer (Eva-Katrin Hermann), es ninfómana, drogadicta y, al parecer, eficaz proveedora de drogas para gente que nunca veremos. Un quinto personaje en cuestión, el ayudante del nuevo jefe (Walera Kanitscheff) es un europeo oriental con todos los tics y las presuntas ambiciones del arribista que por fin encuentra su oportunidad de reinar dentro de un universo sin reglas. Pero eso no quiere decir que sea, moralmente, peor que los demás. Es sólo un poco más bruto, y más obvio.
Segundo, tercero y enésimo parecido con Perros de la calle. Diálogos filosos dichos como al pasar, un ácido sentido del humor, cierto regodeo con la violencia explícita, amenazas y torturas por doquier, una banda sonora roquera, amoralidad generalizada, unidad de tiempo, unidad de lugar. Pero las diferencias también existen, y pueden ser letales: las vueltas de tuerca son más hijas del capricho que de alguna lógica narrativa, los personajes no son particularmente atractivos –así como los actores, salvo el protagonista y “depardiano” Rissmann–, nunca nada de lo que ocurre inquieta de veras al espectador, nunca nada es demasiado gracioso, nunca nada importa. Salvo, acaso, la posibilidad de bucear intelectualmente y fuera de la trama de la película en medio de los entretelones de un cine europeo profesional y de buena factura técnica
–un mérito a reconocer– que busca desesperadamente captar a un público joven que no se conforma con el cine de papá y mamá y sueña con un Tarantino propio. n

* Snowman’s Land. Alemania, 2010.

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