“Mientras duermes”
La presencia de lo perverso en lo cotidiano es, que duda cabe, una de las vetas más fructíferas en el cine de suspenso, en el de terror, en el thriller. Encuentra al diablo en el hueco de la escalera, y ya verás qué estampida. Es bajo esta simple y contundente premisa que el director catalán Jaume Balagueró (coautor de la exitosa saga de terror Rec, que ya va por su tercera entrega) construye esta película maligna, prolija, contenida –al menos casi siempre–. Luis Tosar (Los lunes al sol, Te doy mis ojos, Vicio en Miami) es César, portero de un edificio de esos que vienen con las luces y las sombras del art déco, y la película se instala al lado de ese hombre y desde su mirada se dedica a registrar el ritmo cotidiano de vecinos que entran y salen. Una de ellas es una mujer anciana y solitaria (Petra Martínez) que sólo cuenta con el amor de sus perros, otro un padre (Pep Tosar) de un niño pequeño y una nena más sabihonda y alerta de lo conveniente (Iris Almeida), y la más importante es Clara (Marta Etura), que en consonancia con su nombre derrama luminosidad, es una joven alegre, con una vida plena, y enamorada. Comedido y amable, el tal César desarrolla con cada uno una relación de subalterno prolijo, siempre pronto a hacer favores o componer roturas caseras. Pero en realidad lo que más le interesa en esta vida es hacer infelices a los demás. Entonces su propósito obsesivo, y en andas de la atracción sexual, es borrar la sonrisa de la cara de Clara, y a ello dedicará sus días, o mejor dicho, sus noches.
Es pues César, por elección narrativa más que audaz, un ser químicamente puro. Puro porque es pura maldad; la bondad o la compasión no lo rondan ni siquiera cuando visita en un hospital a su madre entubada e impedida pero no inconsciente, y la notable, medida, hipnótica caracterización de Tosar, qué duda cabe, es un aporte esencial para la película. Esencial en razón de la carta, también en este caso osada, del cineasta: el espectador es puesto, una vez sí y otra también, del lado de este perverso compacto. La cámara, la inquietud, el suspenso –cuando aparece, que no es mucho– están en función del monstruo.
Hay trazos de Roman Polanski –no el de ahora, el de Repulsión o El inquilino– en esta película. Con todo, y reconocer el pulso afinado y corajudo de Balagueró, el ritmo y la atmósfera sin fisuras que imprime a su filme, hay algo de frío, de gratuito y de lejano en todo el asunto. O será que ponerse detrás de los ojos del diablo no es ejercicio para cualquiera.
España, 2011.