Brecha Digital

Para mí, una adrenalina doble

Con Augusto Mazzarelli

Era “jovencito” cuando se unió al teatro El Galpón en el exilio, y hoy el médico que le recomendó operarse la cadera no entiende cómo puede hacer lo que hace en el escenario. Augusto Mazzarelli, actor nacido el 3 de octubre de 1952, pasó del cobijo galponero al descampado independiente, al que arrancó una plaza firme en el cine, el teatro y la televisión. En estos días culmina su rodaje para la película uruguaya Míster Kaplan, que con dirección y guión de Álvaro Brechner se estrenará en 2013.

 

—¿Qué aportaron dos décadas en El Galpón?
—El Galpón es la cuna donde nací y me desarrollé artísticamente. Lejos del parricidio, le reconozco y agradezco el haberme proporcionado elementos artísticos y humanos para ser quien soy.
—¿Por qué concluyó una pertenencia tan fuerte?
—En determinado momento el colectivo resolvió disolver el equipo de integrantes asalariados que tenía, los full time, como nos autodenominábamos. Me quedé, con 40 años y tres hijos, sin fuente de ingresos. Que nunca fueron abultados, conste.
—¿Entonces?
—Decidí revolverme con lo único que sabía hacer, actuar. Recuerdo que Taco Larreta me llamó para hacer Vidas privadas, de Coward, en el teatro Alianza; fue mi primera obra fuera de El Galpón. El corte con los compañeros tampoco fue abrupto, durante un buen tiempo continué dando una mano, como invitado, en los espectáculos de extensión. Ya había hecho comerciales y comenzaron a llegarme, sin buscarlas, invitaciones del embrionario cine uruguayo. Fueron experiencias que, con el tiempo, se transformaron en un capital cognitivo y artístico. Y nunca paré de hacer teatro.
—Contado así parece fácil, ¿lo fue?
—Claro que no, pero visto desde el presente tampoco fue un calvario. Porque como te decía, nunca me detuve, y me acostumbré a tener el bolsillo lleno de plata un día, y al siguiente pelusa. Anotaba en un cuadernito ingresos y egresos, incluyendo gráficas, que parecían la Cordillera de los Andes (risas).
—¿Cómo te arreglaste, formateado por el teatro, para rendir ante cámaras?
—A puro ensayo y error, como se formaron los directores del teatro uruguayo. En Latinoamérica estudiás artes escénicas en las universidades, ¿aquí? Quien quería ser director aprendía asistiendo a otros, hasta hoy. Aprendí de equivocarme, parando bien las orejitas. La primera vez que grabé una presentación para televisión fue a dúo con el legendario Américo Torres, locutor de voz y estampa señoriales. El viejo grabó una toma y listo; yo grabé cuarenta y no había caso. Me quería matar.
—¿Te inventaste un método o recibiste apoyos?
—Fue una mezcla de errores, consejos y atención. Darte cuenta de que si estás en un primer plano no podés hacer un gesto con el brazo, y en lugar de girar la cabeza tenés que girar los ojos. Detalles que sólo la experiencia enseña.
—¿Qué talento creés que te permitió afianzarte en esa técnica?
—Sinceramente, lo ignoro. Sí me enorgullece que casi todos los directores de cine con los que trabajé –Beatriz Flores Silva, Diego Arzuaga– volvieron a llamarme. Y soy como un mecánico en el taller, me encanta el olor a fierro, toda la maquinaria del cine. También tengo la paciencia infinita y la buena salud que el cine demanda.
—Hablando de salud, rengueás un poco.
—Artrosis, huesos pidiendo retoques. Tengo que hacerme una prótesis de cadera. Mi médico amigo, que es uno de los que me aconsejan operarme, fue a verme al teatro. A la salida me preguntó cómo había podido hacer los movimientos que vio. Le respondí que los actores somos grandes consumidores de la droga más eficaz y barata que existe, la adrenalina. En escena no sentís nada.
—Tu trayectoria docente incluye clases para funcionarios públicos, ¿cómo fue eso?
—Fueron talleres que di en la escuela para funcionarios públicos perteneciente a la Oficina Nacional del Servicio Civil. Estaban orientados a mejorar la atención al público.
—¿Cuándo decidieron incorporar un actor a ese noble objetivo?
—En realidad se me ocurrió a mí, de kamikaze que soy. Se lo propuse y aceptaron. El primer día pregunté a mis alumnos qué es un funcionario público. Las respuestas oscilaron entre un servidor público y un asalariado del Estado. “Larguen los violines”, pedí, “sean sinceros”. De inmediato las respuestas variaron: “un ñoqui”, “un negligente”, “un hijo de puta”. “¿Ven? Ahora nos entendemos. Esas son las imágenes que la gente tiene de un funcionario público, y desde ellas tenemos que trabajar.” Armé un programa sui géneris que incluyó desde estiramientos y expresión corporal hasta masajes. Algunos funcionarios de la escuela se acercaban a vichar qué hacíamos. Continúo dando talleres similares en una dependencia de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto.
—¿Percibís, en la generalidad de jóvenes aprendices de teatro, más facilismo que dedicación y esfuerzo?
—¿Sabés que sí? Con todo, hay jóvenes cuyo rigor condice con los resultados que obtienen. Pero creo que vivimos la era de la experimentación mal entendida, exenta de estudio, investigación, reflexión, escucha. Es como que quieren saltar al show ya. Superar al maestro es un deber del alumno, pero el derecho al parricidio no se postula, se gana.

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