Brecha Digital

Un cineasta nada furtivo

José Luis Borau (1929-2012)

Primera impresión. José Luis Borau fue un cineasta intempestivo, inquieto, con cierto o bastante talento, como se quiera, difícilmente catalogable como genial, de grandes atributos intelectuales y culturales y de trayectoria irregular, cuando no contradictoria, que tuvo el mérito o la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto. El lugar es España. El momento es setiembre de 1975. Francisco Franco agoniza, o al menos eso se dice. Se estrena su cuarta película como director, Furtivos, con unos pocos y a la postre escasamente significativos cortes impuestos por la censura. La película, que se desarrolla en un ambiente rural del cual el director se preocupa por no ahorrarnos sus costados más sórdidos, cuando no grotescos, gira en torno a un cazador furtivo (Ovidi Montllor, hasta entonces más conocido como cantante) que vive en el bosque junto a su posesiva y castradora madre (la monumental Lola Gaós), conoce en una visita a la ciudad a una joven más o menos atractiva y amante de un delincuente, se enamora de ella, la trae a su casa, y genera así uno de los más aleccionadores y presuntamente antinaturales triángulos amorosos de los que se tenga memoria, y que como no podía ser de otra manera, desemboca en el drama, o en la tragedia. La crítica se bate en elogios y reconoce allí una vía posible para el cine español que se viene. El público acompaña. Un par de meses después, Franco muere. El pueblo español queda, momentáneamente, aturdido. Algunos lloran desconsoladamente. La mayoría siente que se ha sacado, por fin, el gran peso de encima. Unos, muchos, piensan o imaginan qué identifica o identificó una política y una manera de gobernar y de mandar. Acuden, entonces, al afiche, al recuerdo, a la posibilidad de ver por primera o cuarta vez Furtivos, esa película notable que sigue en cartel y en la que un Franco femenino la emprende con toda su furia contra todo avance civilizatorio, premeditado o no. Lola Gaós y Furtivos representan la España que fenece. Arte y política, cine y sociedad, Borau y el futuro, se retroalimentan y crean ataduras que durarán para siempre. La película notable se ha convertido en un mito presente, aunque casi nadie sepa muy bien quién diablos es este Borau, por entonces ya un maduro señor con 45 años cumplidos
Segunda impresión, más correcta, más contextualizada, más justa. Lo de Furtivos estuvo lejos de ser una casualidad. Borau ya era entonces y lo fue hasta el final de sus días, un intelectual generoso y un teórico con un pie o los dos en el mundo real. Es uno de los primeros egresados de la Escuela de Cinematografía, en 1960. Dirige varios cortometrajes que cosechan premios y escribe notas sesudas en revistas de cine. Explica con claridad sus posiciones políticas de izquierda y su admiración por el cine estadounidense. Ayuda a muchos colegas. Establece fuertes lazos con Iván Zulueta, Jaime de Armiñán y Manuel Gutiérrez Aragón, entre otros, a través de libretos y hasta direcciones en conjunto. En 1964 firma como J L Boraw un spaghetti western de escaso presupuesto que en España se conoce como Brandy, el sheriff de Lasatumba. En 1972 se estrena la notable Mi querida señorita, sobre un hombre que es mujer, o al revés, sobre un libreto suyo. A principios de 1975 llega a la pantalla grande Hay que matar a B, su primera dirección “comprometida”: un thriller político modelado sobre la estética de la “clase B” estadounidense. Después de Furtivos no encuentra oportunidades dignas de su talento y dirige varias películas con las que poco pasa, tanto a nivel de público como de crítica (La sabina, 1979; Tata mía, 1986; Leo, 2000). Actúa en películas ajenas de calidad, entre las cuales varias latinoamericanas, como Ilona llega con la lluvia (1996). Escribe la muy política y antifascista Camada negra (1977) para Gutiérrez Aragón. No logra establecer una gran carrera personal, pero se convierte en un consejero, en un referente, quizás en el mejor oráculo de su generación y, sobre todo, de las generaciones más jóvenes. No fue un genio. Nunca pudo repetir el éxito de Furtivos. Pero será, por siempre, un modelo de integridad. n

 

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