Escupe tu verdad, nena

Con Soledad Bauzá

Su primer disco (Jazz oriental, Perro Andaluz 2012)* propone una fusión de jazz y música popular uruguaya afín a su desenfadado ejercicio de la autoestima. Educada en colegio inglés pero rebelde a imperialismos, estudió comunicación, trabajó en medios que la explotaron, fue finalista de Martini pregunta con el tema Marilyn Monroe, aprendió arte dramático, comenzó a cantar por necesidad y emigró, tres meses, a las Islas Canarias.

—¿Sos licenciada en ciencias de la comunicación?
—Me formé en la Universidad Católica pero no tengo el título, porque como comencé a trabajar en periodismo cultural tempranamente, nunca me dio el tiempo de escribir la tesis final. Me eduqué en el Colegio Británico y desde chica fui inducida por mi madre a tener un título. Mi hermana, que sí lo tiene, vino a verme por primera vez, en 12 años, cuando presentamos el disco. Mi familia ahora cambió la cabeza, antes consideraban que el arte era un obstáculo improductivo para mi carrera periodística.
—Como si el periodismo fuera redituable, o prestigioso.
—Claro, pero estaban obsesionados con el título. Primero fui a la Universidad de la República, donde estuve un año y aprendí mucho más que en la privada.
—¿Por qué te cambiaste, entonces?
—Porque de ocho cátedras en la carrera, seis estaban acéfalas. Muy degradado todo. En la privada tampoco la pasé bien, mucha frivolidad.
—Pero el título empujaba.
—No, quería aprender cine, ser la Orson Welles mujer. Y en el primer taller con Rafael Courtoisie dije “qué cine, quiero escribir”. Desde primer año en la Católica comencé a escribir en la revista Tres.
—Si el aprendizaje estaba en la pública y la frivolidad en la privada, por qué permaneciste allí.
—Te repito, no había docentes, las horas se iban en asambleas, paros. Y yo de chica fui rebelde. En el colegio inglés me cruzaba de brazos, ceño fruncido, y decía: “Las Malvinas son argentinas”. Y los acusaba de machistas, fachos, nazis. En mi adolescencia no cambié y en la Udelar fui delegada estudiantil, peleando por el derecho a tener una educación digna. También trabajé desde los 16 años para aportar a mi casa, donde mi madre, con dos hijas, intentaba parar la olla estando en seguro de paro.
—Trabajaste en revistas, semanarios y televisión, pero no conseguiste afianzarte en ninguno de esos medios.
—Todos coincidían en sobrecargarme de trabajo pagándome lo mismo y en base a acuerdos verbales, sin papeles. Y a determinada altura, sueltos de cuerpo, prescindían de mis servicios. Algunos medios me deben miles de dólares. En televisión me pasó, por ejemplo, que un jefe nuevo desconoció los compromisos asumidos conmigo por su antecesor. Un día de 2008 me harté, vendí todo lo que tenía, menos libros y discos, y emigré.
—¿A dónde?
—Islas Canarias, tierra de mis ancestros. A cantar, con un muchachito que era mi pareja y tocaba la guitarra. Tuvo la gentileza de abandonarme, allá, para irse a tocar flamenco con unos de Florida. Yo había comenzado a cantar en el año 2000, por casualidad necesaria. Me habían mandado al seguro de paro en Búsqueda, y luego de estudiar mucho, concursé sobre Marilyn Monroe en el programa Martini pregunta. Estuve a punto de ganarlo y perdí por una pregunta malintencionada que cuestionamos, yo y la teleaudiencia, hasta con abogados. Qué hago ahora, pensé, y mi pareja de entonces, el músico Gabriel Casacuberta, dijo: “Cantá”. Argumenté que cantaba en la ducha y él replicó: “Cantá afuera”. ¿Con quién?, pregunté. “Conmigo, y con Daniel D’Ángelo”. Ahí empecé. En Búsqueda nunca me reincorporaron, en parte porque empecé a colaborar en Caras y Caretas, y me largué a trillar Punta del Este a pie con los tacos y unos demos en la mochila. Cuando llegué al hotel Conrad me preguntaron si podía empezar al día siguiente. Hasta hoy hago temporadas ahí.
—Y ampliaste el repertorio jazzístico con bossa, soul y tu devoción por otras divas, como Marlene Dietrich.
—Influencia de las panzadas que me daba en los ciclos de Cinemateca. Y de la pasión con la que investigué el cabaret berlinés, en épocas sin Youtube. Armé varios espectáculos de cabaret, uno de los que recuerdo con más cariño fue “Jazz y cabarute: del cabaret berlinés al music hall americano”; lo presenté en el boliche Pachamama y los teatros La Candela y El Sótano. Siempre digo que el cabaret es al jazz lo que el cuplé a la murga, el espacio para escupirle verdades al poder.
—Es difícil encastrar, desde el punto de vista técnico y “climatológico”, la música de trovadores como Darnauchans y Cabrera, o las fugas de Mateo, con la singularidad del jazz.
—Tardé mucho, por ignorante y por tener que cubrir recitales de rock para los medios, en descubrir a estos uruguayos maravillosos que reversiono en el disco. Recurro a sustituciones armónicas, y a componer. La propia gente comenzó a pedirme, en el Museo del Vino, donde canto hace tres años, “otra de Mateo”, “una del Darno”.
—Y a Marilyn la llevaste a las tablas.
—Sí, estrené Sinfonía inconclusa para Marilyn a principios de año, en La Candela. El texto es de Rafael Romano y me dirigieron Leopoldo Otero y Miguel Güida. Una experiencia maravillosa, hasta hoy hay gente que me llama Marilyn.

 

*     Fue presentado el 23 de noviembre en el Centro Cultural Terminal Goes, con la Banda Oriental, integrada por Daniel Rodons, Andrés Pigatto, Maximiliano Nathan y Lucas Soria.

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