Modelo para armar
- Última actualización en 07 Diciembre 2012
- Escrito por: Ronald Melzer
“Violeta se fue a los cielos”
Violeta Parra nació en 1917 en San Carlos, ciudad a unos 350 quilómetros al sur de Santiago de Chile. Se suicidó en 1967, pocos años antes que la izquierda política chilena conquistara, a través de un proceso democrático, el gobierno (pero no el poder, como luego quedó demostrado). Ya era entonces un mito que su muerte no hizo más que afianzar, politizar y universalizar.
Compositora, cantante, musicóloga, artista plástica, militante política sui géneris y feminista sin alardes militantes, se volvió famosa en los años sesenta gracias a sus múltiples talentos, a su garra y a una genialidad inclasificable que poco menos que obligaba a los demás a obviar sus imperfecciones técnicas a la hora de cantar y sus exabruptos a la hora de hacer declaraciones. Compuso verdaderos clásicos de la música popular y recopiló infinidad de anónimas melodías generadas por los pueblos originarios del interior profundo. Su personalidad era avasallante, acaso como contraste necesario a una infancia problemática y a su timidez. Su vida privada también abundó en contradicciones. Fue pobre y rica, obstinada y generosa, popular e intransigente. Recorrió Chile y buena parte del mundo (occidental) con su arte y con sus inquietudes. Vendió cientos de miles de discos y expuso su obra plástica en el Louvre, pero se mantuvo totalmente ajena a toda sospecha de opulencia. Fundó una comuna y jamás abdicó de un individualismo feroz. Combatió por igual a los burócratas y a los “momios”. Promovió escándalos políticos, sociales y sexuales. Tuvo varios amantes y un amor duradero y trágico con un musicólogo suizo. Algunos de sus hijos siguieron sus pasos. Uno de ellos, el músico Ángel Parra, es el redactor de los recuerdos en los que se basa esta película,* prohibida post mortem por la dictadura de Pinochet y unánimemente reivindicada por sus opositores. No debe haber mejor personaje para una biografía cinematográfica. Una biopic, dirían en Hollywood.
Pero Violeta se fue a los cielos no se hizo en Hollywood, es una coproducción entre varios países latinoamericanos con el imprescindible apoyo de España. No pretende ser ni es la glorificación de una heroína impoluta, la ordenada recopilación de triunfos y hallazgos personales, la excusa perfecta para que desde la banda sonora se escuchen una y otra vez canciones muy recordadas o la puesta en escena llana y prolija del enfrentamiento de una mujer de armas tomar con sus circunstancias sentimentales y políticas. El camino que siguió el director Andrés Wood fue más indirecto, más exploratorio, más proclive a bucear en recovecos sentimentales e ideológicos, más permeable a los fermentos, a las locuras y a las ambigüedades de su protagonista. Un poco a la manera de la estadounidense Citizen Kane (un paso fundamental en la historia del cine pero que en su país cambió sólo a medias los procedimientos para estructurar una biografía a través de imágenes en movimiento), esta epopeya desmitifica a la Violeta Parra de cartón y mármol para volver a mitificarla desde su voluble y voluptuosa humanidad; lo hace, a su vez, en base a secuencias más o menos largas que transcurren en distintas etapas de su vida, y que el montaje fragmenta con cierto capricho y reordena con unas declaraciones periodísticas del personaje como eje conductor. Esa parte, la de las declaraciones, es, por redundante, lo peor del relato. Otras secuencias, en cambio, brillan con luz propia: el ardoroso diálogo musical de Violeta con un ancianísimo trovador indígena, la escenificación casi circense de una comuna musical creada con la mejor de las intenciones y permanentemente jaqueada por el malhumor de su propulsora, la seductora e imbatible imagen de una portavoz de muchas cosas que Europa desconocía y que pasea su irreverencia por Polonia o por París, la destemplada rabia de la cantante ante un público de riquillos que no guarda el silencio (o el respeto) que ella creía merecer, y merecía. Como no podía ser de otra manera, el balance de tantas idas y vueltas está plagado de desajustes, pero también de vuelo, de ira, de garra y de felicidad. Tiene, por cierto, en la actriz Francisca Gavilán, un torrente de expresividad y carisma, y además interpreta (muy bien) las canciones de Violeta sin temor alguno a las comparaciones.
* Violeta se fue a los cielos. Chile/Argentina/Brasil/España, 2011.

