Con Ramón Méndez, director nacional de Energía
Mientras en tantas áreas las estructuras parecen incambiadas y pierde fuerza el “viento de cola” que pudo financiar transformaciones esperadas, en materia energética se constatan enormes transformaciones. Además no son cambios “técnicos”, políticamente neutrales. Como un eco de las argumentaciones de la izquierda batllista en tiempos de la lucha por la creación de ancap, la visión de Méndez es que esos cambios pueden contribuir enormemente a construir un país de verdad independiente, uno que pueda ofrecer al mundo el mejor de los productos conocidos: trabajo inteligente.
Licenciado en física en la Universidad de Grenoble (Francia) y doctorado en la de La Plata (Argentina), Méndez dirigía el Instituto de Física de la Facultad de Ingeniería y asesoraba sobre energía a la recién creada Agencia Nacional de Investigación e Innovación cuando, en marzo de 2008, fue nombrado director de tal asunto por el ministro de Industria.
Cuando asumió región y patria chica todavía lidiaban con la escasez: “La energía se ha encarecido y eso lleva a que la región viva una crisis energética”, definió Méndez en esos días a un reportero de Últimas Noticias.
El director mostró energía también fuera del laboratorio: “La especulación fracasó en los noventa, [...] y sos el único, junto con tu pariente Lacalle que está insistiendo en volver al pasado. Eso es lo que hace temblar, para empezar, a la gente que está invirtiendo en el país. Es decir que con un gobierno presidido por Lacalle y asesorado por ti, se vuelva a los noventa”, fue una de las cosas que le dijo al ingeniero José Luis Pou –consultor de los blancos en materia de energía– durante un debate radial en la última campaña electoral.*
A un lustro de su designación, debe confrontar planes y realizaciones. Parece cómodo.
—¿Hasta qué punto los objetivos se cumplieron?
—Nosotros creemos que las metas se cumplieron de manera superlativa. Cuando el Frente Amplio llegó al gobierno Uruguay tenía una política energética absolutamente errática. No había reflexión más allá de un período de gobierno. Las empresas públicas competían entre sí y estaban envejecidas después de diez años de apostar a las privatizaciones.
Había un retraso enorme en las inversiones. Entre 1991 y 2006, en quince años, no se agregó ni un megavatio de generación eléctrica. Para entonces hacía una década que se había planteado la necesidad de una desulforizadora –para producir un combustible adecuado a las nuevas generaciones de motores y reducir impactos ambientales– pero no se había avanzado nada.
A la vez había inversiones subutilizadas o inutilizadas. El caso paradigmático era el gasoducto que unía Uruguay con Argentina, que a los uruguayos nos había costado 200 millones de dólares.
No había ninguna tradición de reflexión sobre los temas vinculados al consumo. Había despilfarro, incluso se promovía el uso exacerbado de la energía. Por ejemplo, ute regalaba focos para iluminar las fachadas de los edificios.
La mirada energética estaba concentrada en las empresas públicas. La dirección de Energía era prácticamente inexistente. En definitiva, lo que no existía era una política energética y mucho menos una que fuera nacional y de largo plazo porque se había apostado a que el mercado resolviera los problemas energéticos. Por eso todavía hoy cuesta separar en la cabeza de los uruguayos la palabra “energía” de la palabra “crisis”. Siempre se trataba de la “crisis energética” o del “problema energético”.
Así se estaba cuando el Frente Amplio recibió el gobierno, con un gran retraso en la capacidad de satisfacer las demandas energéticas nacionales y una dependencia creciente del petróleo, que estaba cada vez más caro y tenía un impacto cada vez más importante en la macroeconomía del país.
Para sintetizar en una frase lo hecho desde entonces diría que, al haber trazado una política de largo plazo y con alto nivel de consenso, se logró pasar de la energía como eterna crisis y problema a la energía como una enorme oportunidad de desarrollo productivo y social.
En materia de energías renovables y autóctonas ya desde el año pasado Uruguay abastece el 47 por ciento del total de su demanda energética a partir de estas fuentes. Vamos a estar bien por encima del 50 por ciento en 2015, que es la meta que nos habíamos trazado. El promedio de consumo de energía renovable a nivel mundial anda entre el 12 y el 13 por ciento. Europa se plantea como gran meta llegar al 20 por ciento en 2020.
Más del 90 por ciento de lo requerido para generar electricidad se cubrirá con una combinación de fuentes renovables, energía hidráulica, por supuesto, pero también eólica, de biomasa y el comienzo de la generación de electricidad a partir del sol y con el complemento del gas natural con la planta regasificadora que nos permite independizarnos de ese único proveedor que era Argentina, porque en el mundo hay 20 países que venden gas licuado y lo pueden poner en un barco y mandarlo a cualquier destino donde ese fluido se pueda regasificar.
—¿Hasta qué punto se ha logrado comprometer a los privados en este proceso?
—Tenemos más de 7 mil millones de dólares de inversión en la transformación energética. Esto es el doble de lo que podría llegar a ser Aratirí, tres veces lo que fue Botnia. En relación a nuestro pbi, la cifra quintuplica el promedio latinoamericano de inversión en energía.
De esos 7 mil millones sólo la tercera parte corresponde a inversiones de nuestras empresas públicas. Con reglas claras se logra una participación impactante del sector privado. En las licitaciones de eólica se consiguen más de 20 presentaciones de proyectos en cada llamado. Esta competencia permite obtener precios muy interesantes. En materia de energía eólica, una vez recorrida la curva de aprendizaje y llegada la madurez, que ocurrió en 2011, se consiguieron precios que en el mundo sólo Brasil consigue. Europa todavía tiene que subsidiar.
Las doce principales empresas del mundo se presentaron al llamado realizado para precalificar los proyectos de construcción de la planta regasificadora y entre éstas se eligió a cuatro consorcios de primer nivel.
En lo que se refiere a la prospección petrolera y gasífera en la plataforma marítima, hay siete empresas de primer nivel trabajando y entre todas están invirtiendo 2 mil millones de dólares en prospecciones a riesgo propio y sabiendo que, si se llega a encontrar petróleo, la prioridad es que quede en territorio uruguayo y que, si quieren explotarlo, obligatoriamente deberán asociarse con ancap.
—¿La cultura imperante en las empresas públicas no ha dificultado las transformaciones?
—Naturalmente los cambios culturales se hacen con la gente y no contra la gente. Llevó su tiempo construir nuevos acuerdos, sobre todo la aceptación del rol del Ejecutivo como definidor de las políticas. Hay mucho para caminar, pero estoy satisfecho con lo logrado.
—Recientemente el presidente de la Cámara de Industrias se quejaba de que mientras Brasil abarató los precios de la electricidad, Uruguay los sube. ¿Es posible esperar que, a pesar de su escala, nuestro país pueda llegar a ser competitivo en términos de precios de la energía?
—Absolutamente. En 2015 se logrará una rebaja del 30 por ciento en los costos de producción de la electricidad y estimamos que para entonces el país va a estar exportando energía. Para eso estamos construyendo una línea eléctrica con Brasil y ya tenemos una interconexión fuerte con Argentina. El gasoducto construido para que Argentina nos vendiese gas a nosotros nos va a permitir, cuando arranque la regasificadora, venderle gas a Argentina. Eso no sería posible si no nos estuviéramos planteando llegar a precios competitivos.
Brasil logró reducir sus costos el año pasado porque recién entonces terminó de pagar la construcción de represas hidráulicas de la que depende buena parte de su producción de electricidad. Al haber satisfecho esa deuda pudo bajar sus tarifas. Eso ocurrió mientras Salto Grande vivía la mayor crisis hidrológica de su historia, por lo que nosotros en cambio debimos subirlas. Cuando no tenemos lluvia los costos energéticos se disparan. Con la introducción de la energía del viento y la planta regasificadora vamos a lograr que ni siquiera en los años más secos se disparen los precios.
—Si finalmente apareciera petróleo, ¿eso no podría desestimular el trabajo que se está haciendo para desarrollar fuentes renovables?
—Creo que no, por muchas razones. Las energías renovables son para el futuro, para el próximo siglo. El petróleo se está acabando. Hace mucho ya que no se encuentran megayacimientos petrolíferos. Lo que viene para quedarse son las renovables.
En el supuesto caso de que encontráramos petróleo y gas, naturalmente que lo primero que eso nos permitiría sería dejar de importar estos productos. Si hubiera excedentes, con el actual escenario de precios, lo que parece interesante es exportar gas y petróleo para generar divisas y lograr que cambie de manera significativa la economía nacional y no, como sucede en algunos países petroleros, que se subsidie tanto el precio interno que es imposible introducir otro tipo de energético porque ese precio está falseado.
—Un talón de Aquiles de las energías renovables es que son tecnologías desarrolladas en el exterior y por lo tanto podrían incrementar nuestra dependencia tecnológica...
—Esto es crucial. Nos planteamos como meta para 2020 que Uruguay tenga, en algunos de estos sectores, capacidad para generar insumos y productos tecnológicos para exportar a nivel regional y que en 2030 seamos competitivos a escala internacional.
Eso sólo se puede lograr si se desarrollan capacidades nacionales, que muchos de estos miles de millones que se están invirtiendo contribuyan a ese propósito. Para lograrlo, primero exigimos un mínimo de componentes nacionales en todos los desarrollos, un 20 por ciento. En segundo lugar premiamos a los proyectos que superan ese mínimo. Tercero: tenemos un Fondo Sectorial de Energía, que administra la anii junto con la Dirección de Energía, ute y ancap, de 2,5 millones de dólares por año para proyectos de investigación y desarrollo en las áreas definidas como claves para el cumplimiento de estos objetivos. Eso ha logrado alinear a la academia y cada año se están presentando cerca de 50 proyectos de grupos de investigadores proponiendo soluciones a los cuellos de botella de la política energética.
En las instalaciones de plantas de biomasa –tenemos diez funcionando– hay proyectos con un 60 por ciento de componente nacional. Se empezaron a construir calderas de porte
inédito en nuestro país. Lo mismo estaremos viendo en la generación de energía fotovoltaica. En el sector eólico, aun instalando los 500 molinos que esperamos para los próximos dos años, todavía no tenemos escala. Pero estamos trabajando fuertemente a nivel de Mercosur, especialmente con Brasil, para trabajar en la interacción productiva para que, con una grifa mercosuriana, se produzcan partes de molinos de los dos lados de la frontera.
En materia de calificación de mano de obra estamos más avanzados. Tenemos desde posgrados a gente trabajando en los nuevos desarrollos, porque hay una exigencia de que, desde el comienzo, 80 por ciento del personal sea uruguayo.
Se comienza importando pero desde el principio pusimos énfasis en el componente nacional. Por ejemplo, estimamos que la inversión total en eólica de los próximos dos años será de 1.500 a 1.800 millones de dólares. El 20 por ciento de componentes nacionales significa un mínimo de 300 millones de dólares invertidos acá. Eso da una pauta de los recursos puestos al servicio del desarrollo de capacidades propias.
—Un problema tal vez menor es el que señalaba hace algunos años el ingeniero Álvaro Giusto a Brecha: nuestras redes eléctricas fueron pensadas para ser alimentadas desde tres o cuatro grandes fuentes y la actual política se basa en la incorporación de múltiples generadores. Entonces haría falta modificar esas redes...
—ute está invirtiendo en este período de gobierno varios cientos de millones de dólares en ampliar y modificar las redes de trasmisión y distribución, y uno de los objetivos centrales es posibilitar la generación distribuida, porque es verdad que las redes fueron pensadas para tres o cuatro grandes generadores y que en los próximos dos años habrá unos 40 grandes y muchísimos más chicos. Somos conscientes del desafío y el Fondo Sectorial de Energía ha financiado precisamente un proyecto de Álvaro Giusto para entender cómo deben manejarse y modificarse las redes.
—¿Cómo ve a los uruguayos en términos de comprender la necesidad de ser más eficientes en el consumo de energía?
—Si nos preguntamos acerca de cómo se consume la energía eléctrica, pasamos de que en 2006 la industria consumía el 21 por ciento y el sector residencial el 28 a que hoy el de aquélla represente el 35 por ciento y el residencial el 22.
Mientras el consumo industrial creció de manera superlativa, el consumo de los hogares, en términos relativos, decreció y en términos absolutos se mantuvo prácticamente constante. Eso en un país que crece a las tasas que crece, por lo que hay que pensar que cada vez más cantidad de uruguayos pueden adquirir determinados productos para mejorar su confort que son consumidores de energía y deberían impactar al alza sobre el consumo residencial.
Cuando hace cinco años regalamos dos lamparitas de bajo consumo por hogar eran, en la mayoría de los casos, las únicas de ese tipo. Hoy en día más del 90 por ciento de las lamparitas que se venden son clase A y ya hace un par de años se ha cruzado la tendencia decreciente de compra de lámparas incandescentes con la creciente de las de bajo consumo. n
* Se puede escuchar en http://www.espectador.com/noticias/163221/escuche-el-debate-entre-ramon-mendez-galain-y-jose-luis-pou