Brecha Digital

Utopías y no tanto

Los lejanos trazos del cooperativismo

Hay coincidencias con fuerza de símbolo. Hoy festejamos la conversión de Brecha en cooperativa, un “mandato de sangre”, puesto que lleva a los papeles legales el funcionamiento real del semanario desde hace muchos años. Tendrá que ver, o no, que –según señala un trabajo elaborado por la Universidad de la República*– fueron obreros tipográficos los que en fecha tan temprana como 1870 crearon una sociedad de socorros mutuos, antecediendo a organizaciones similares gestadas a partir de 1877 por trabajadores del ferrocarril y por obreros católicos.

Esa nuestra primera organización tipográfica aconteció un cuarto de siglo después de la constitución por parte de 28 obreros ingleses, la mayoría tejedores, de la Rochdale Society of Equitable Pioneers –considerada fundacional en el movimiento cooperativo mundial–, en principio un fondo o bolsa común para abrir una tienda de productos básicos destinados a alimentar a sus asociados en tiempos de bajísimos salarios, escasez y especulación. La revolución industrial, que cambiaría la vida y la cultura del mundo entero a partir de los centros donde básicamente se gestó, tenía en las condiciones de vida de los trabajadores su contracara trágica y su costo mayor. El progreso, para ellos, llegaba con cara de hambre, de jornadas de trabajo extenuantes, de explotación incluso de los niños. En procura de mejorar esas condiciones acudieron tanto la prédica de notorios pensadores como el resabio de antiguas tradiciones comunitarias probablemente olvidadas por la historia oficial y aun por la memoria colectiva.
Rastreando las diversas páginas dedicadas a la historia del cooperativismo se comprueba que en más de una se menciona que ya en tiempos de griegos y romanos se daban formas colectivas para algunas actividades artesanales, y el cultivo, el pastoreo y la pesca conocieron también organizaciones comunales en varias regiones de Europa, entre ellas la península ibérica. Es decir que ya muy tempranamente los pueblos generaron formas de supervivencia en el apoyo mutuo, las que más tarde, en épocas de fermento político y cultural atravesadas por la necesidad de cambios, nutren las búsquedas y teorías de los pensadores más audaces, y los más sensibles al dolor humano.
Fue bastante antes de la revolución industrial, en 1516, que Tomás Moro, también inglés, publicó su Utopía, ese relato sobre una imaginaria isla organizada en pequeñas comunidades sin propiedad privada, sin clases, basada en la solidaridad y el trabajo colectivo, con libertad religiosa e igualdad de derechos para hombres y mujeres. Moro dejó así una inquietud en forma de sueño, y una palabra que por un lado no dejó nunca de desvelar a sucesivas generaciones de revolucionarios y reformadores, y por otro hasta admitió un uso peyorativo por parte de los practicantes del “pragmatismo” al uso, que en general anda más cómodo en las derechas pero a veces se ha colado en las izquierdas, cuando algunos de sus integrantes se sienten en posesión del monopolio del conocimiento y manejo de “la realidad”.
También sirvió, la palabra de Moro, para designar a un conjunto de pensadores, los llamados socialistas utópicos, designación que no puede desprenderse de la carga de irrealidad que conlleva la siempre lejana utopía. Y sin embargo, por esas imprevisibles vueltas del destino humano, fracasadas, adulteradas o puestas en cuestión las experiencias que alegaron su inspiración en el otro socialismo, el que se consideró a sí mismo como “científico”, son muchos los principios y concepciones de los viejos “utópicos” los que –mientras no aparezca la fórmula para vencer al capitalismo– mejoran y dignifican sustancialmente la vida de millones de seres humanos en el mundo.
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