Una experiencia de mujeres rurales
Empezaron sabiendo que lo que en realidad querían era decidir. Llevan un cuarto de siglo trabajando juntas y han logrado su objetivo cuestionando las rutinas productivas.
Empezaron de cero. El grupo era una novedosa forma de estar. No sabían bien para qué pero estaban. Lo único claro era la crisis, y aparejado, un deseo profundo de permanecer en el campo. Su mayor preocupación era el futuro de sus hijos, y de a poco empezaron a pensar también en sí mismas y en lo importante que sería hacerse de un dinero propio sobre el que pudieran decidir. En el año 1987 un grupo de mujeres rurales impulsadas por la antropóloga Kiray de León empezaron a reunirse cada 15 días para gestar un proyecto colectivo, que significara un ingreso y que fuera propio. “En la casa el que decidía lo que se plantaba era el hombre, y después de pagar todo lo que había que pagar, sólo si sobraba algo, quedaba para la mujer”, comenta Alicia González, una de las fundadoras del grupo Por un Mañana Mejor. Tras el cierre de Rausa se iniciaba un proceso de reconversión productiva en el noreste de Canelones. El negocio de la remolacha azucarera llegaba a su fin y la población se quedaba prácticamente sin sustento. La mayoría de los productores se volcaron nuevamente a la horticultura –principalmente al cultivo de tomate y cebolla–, y también al tambo. “La remolacha en su momento fue un ingreso importante para las familias –recuerda González–, aunque yo estaba de pleno acuerdo con que la empresa cerrara, porque nos estaba liquidando las tierras. La gente se fue acostumbrando porque daban adelantos y de los ranchos de barro pudieron hacer su casita de material. Fue un cambio rotundo, pero en un momento no era rentable para nadie. Además no era nuestra.” La propuesta de Kiray buscaba impulsar a las mujeres a participar en las decisiones que tradicionalmente tomaban los hombres en torno a las federaciones rurales. Cuando se presentó el proyecto a la Sociedad de Fomento de Míguez, de los 30 productores delegados sólo tres trasladaron la propuesta a su zona. Así surgieron los grupos Pedernal y Gardel, que hoy integran la cooperativa Calmañana, y un tercero, Arenales, que no prosperó. Cuatro años más tarde se asoció el grupo Tapia. Los primeros dos años fueron “de reflexión”, para identificar las necesidades de la comunidad, generar una conciencia sobre la situación particular de las mujeres, y que de allí surgiera un proyecto en común, desde el pie. “Primero construimos un invernáculo –cuenta González–, que en la zona era una novedad, hicimos una cosecha de tomate muy buena pero ese año el precio fue bajísimo.” De ese primer y poco exitoso intento las mujeres rescataron algunas lecciones sobre lo grupal, y la experiencia ayudó a despejar la visión a futuro. “Siempre fue nuestro objetivo que quedara todo en manos de las mujeres. No sólo que se trabajara en el campo, como hace la mayoría, que trabaja como negro y luego vende las cosas por tres reales para que la plata se la haga otro.”
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.