Por un azar de la paciencia

Por un azar de la paciencia o por una paciencia del azar el poeta uruguayo Fernando Pereda forjó, desde este rincón del Sur y durante su larga vida, una de las colecciones privadas de cine más importantes de Latinoamérica, si no del mundo. Ese mundo que retuvo perplejo su valor con bastante mayor antelación de lo que suelen acostumbrar nuestros reflejos.

“El tiempo también filma”
Fernando Pereda

En París, el 28 de diciembre de 1895, 33 privilegiados asistieron en el subsuelo del Grand Café, a la primera función cinematográfica de la historia. La iniciativa de los hermanos Lumière se repitió apenas seis meses más tarde en el Salón Rouge de Montevideo, y a partir de ese momento comenzó la proliferación de salas de cine en la ciudad. A mediados de los años cincuenta se vendían en Montevideo alrededor de 20 millones de entradas al año en una ciudad que apenas superaba los 800 mil habitantes.
Una vez desembarcado en Uruguay, el cine acaparó el interés del público y rápidamente éste fue un país de críticos o aficionados. Raro era no ser una cosa ni la otra. Así, la intelectualidad uruguaya reconocerá muy pronto al nuevo arte emergente, y escritores como Horacio Quiroga y Felisberto Hernández le reservan un sitial de privilegio: Quiroga dirigirá la sección de cine de la revista bonaerense Atlántida; Felisberto recorrerá el país entero acompañando las exhibiciones de cine mudo con su piano virtuoso.
En esas funciones de cine el joven Fernando Pereda, nacido en 1899 en la ciudad de Paysandú y en el seno de una familia de no poca fortuna, fue formando su gusto cinematográfico y cosechando una admirable erudición sobre el cine mudo que llegaba a Uruguay desde todos los rincones del planeta. Con el advenimiento del cine sonoro, y en un acto nostálgico y redentor a la vez, Pereda decide encargarse de la recuperación de las copias fílmicas de aquellas películas que habían tallado su espíritu durante su infancia y adolescencia. La empresa durará la mayor parte de su vida y le valdrá la justa reputación de haber sido uno de los más destacados coleccionistas de cine de su tiempo. No sin temeridad, en un artículo fechado en 1984 Homero Alsina Thevenet1 le rinde tributo al juzgarlo en contrapunto con Henri Langlois, fundador de la Cinemateca Francesa, y tras consignar la copia de El gabinete del Dr Caligari que Alsina creyó equívocamente única en la cineteca de Pereda –luego se supo que había dos– concluye que esa copia singular, la del “viraje” a color “en coloraciones azules y marrones”, habría atormentado la vanidad del francés: “Junto a otras copias diversamente incompletas que se obtuvieron en Londres, Berlín y Munich, la versión de Fernando Pereda deberá servir para reconstruir con la mayor precisión a un reconocido clásico del cine alemán. Si Langlois hubiera llegado a saber ese tardío logro de Pereda, es seguro que habría atravesado agridulces sensaciones de envidia y alegría”.
“Coleccionista”, se ha dicho, y sin embargo la palabra es infiel al maniático periplo que le llevó a buscar, copiar, clasificar y preservar una colección abastecida por unas 300 copias entre las que se cuentan, como se verá, no pocas incunables y otras de casi milagrosa supervivencia. El crítico de cine Hugo Rocha opone a la definición de “coleccionista” el atributo más apropiado de “antólogo”, y Wilfredo Penco, crítico literario, amigo de Pereda y actual custodio de su archivo literario –Fernando Pereda fue, entre sus muchas facetas, un exquisito y reticente poeta (véase recuadro)–, prefiere hablar de un “seleccionista”. Su cineteca privada no fue meramente producto de “la paciencia del azar” o del “azar de la paciencia”, como alguna vez definió él mismo, sino un ejercicio de deliberación, una razonada operación crítica de la que el cine primitivo participó con jerarquía. Tratándose del hombre a quien Alberto Zum Felde definió como “de temperamento apasionadamente epicúreo, voluptuoso en la vida, austero en el arte”, no podía ser de otra manera. En una carta referida por Penco2 y dirigida a Guillermo de Torre el 7 de octubre de 1940, Pereda grafica: “cada día, sobre este maravilloso y espantoso mundo, me afirmo más en una poética con responsabilidad cabal. Y no transo”.

REVELADO AL MUNDO. En 1985, el actual director del Archivo de la Imagen del sodre, Juan José Mugni, es invitado a participar en el festival “Le giornate del cinema muto”, en Pordenone, Italia. Era el primer viaje de Mugni como subdirector del Archivo y una gran oportunidad que aceptó con entusiasmo. El director italiano Sergio Leone fue el encargado de presentar la retrospectiva-homenaje a su padre, Roberto Roberti, que se acompañaba con un gran libro en cuya tapa se reproducía un fotograma de su película más importante, La condesa Sara, con Francesca Bertini. Leone mencionó con pena que esta película, la más famosa de su padre, estaba perdida y se lamentaba por no haber llegado a verla nunca. No existía, según Leone, una copia de ese filme en ningún lugar del mundo. Pero Mugni sabía que en Montevideo se guardaba una copia incompleta de la película, y decidió aclararlo en medio de la conferencia. La reacción inmediata de los participantes consistió en una mezcla de fascinación y escepticismo. ¿Cómo puede existir en Uruguay una copia de una película tan buscada durante años y que había sido finalmente dada por perdida? El crítico e historiador del cine Vittorio Martinelli, empujado por un entusiasmo digno del caso, se acercó inmediatamente a Mugni y así fue como se inició una labor que duraría años de investigación, recuperación y restauración de algunos de los filmes italianos que se preservaban en Montevideo.
Pronto comenzó el envío de copias emblemáticas para su restauración en Europa. La condesa Sara fue restaurada de inmediato y exhibida en la siguiente edición de ese festival en presencia de un emocionado Sergio Leone. Luego le llegó el turno a otras, como Malombra y Carnevalesca, con Lyda Borelli, películas que habían cautivado a multitudinarias audiencias en su día. Lentamente, la noticia de que en Uruguay había copias de algunos de los incunables de la cinematografía mundial se fue difundiendo y para 1992, cuando la Cinemateca Uruguaya organiza el 48º Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (fiaf) en Montevideo, fueron varios los historiadores que pidieron ver la colección cuyas copias se preservaban –y aún se preservan– en la bóveda de nitratos del archivo de la Cinemateca Uruguaya. Según Eugenio Hintz,3 “ahí mismo nació la iniciativa de los enviados italianos, que plantearon su interés por que se hicieran copias nuevas de las películas (…). Propusieron además armar programas especiales para hacerlos circular en Italia y en toda Europa, e incluso editar un libro en homenaje a Pereda con la historia de su extraordinaria colección. Aunque la idea del libro no se llegó a plasmar, por la dificultad de encarar una investigación seria desde un país distante y la escasez de datos precisos, el resto del programa se cumplió”.
Entre el 28 de junio y el 5 de julio de 1997 se realizó la XXVI Mostra Internazionale del Cinema Libero, organizada por la Cineteca del Comune di Bologna y el Nederlands Filmmuseum. Para esta edición los organizadores eligieron el nombre de “Il cinema ritrovato” (El cine reencontrado). El editorial de su catálogo rezaba: “La parte más rica de esta sesión (Ritrovati e restaurati) está compuesta de filmes europeos encontrados en Montevideo en copias espléndidas y completas. Es difícil de creer, pero para encontrar la famosa bobina perdida de Louise Brooks y Siegfried Arno en Tres páginas de un diario era necesario llegar al Río de la Plata, donde el máximo poeta uruguayo, Fernando Pereda, en contacto con el ambiente de la vanguardia francesa, había conservado los filmes que amaba, obras de arte en copias extraordinarias. Y junto con Tres páginas de un diario han vuelto también a nosotros El estudiante de Praga y La caída de la casa Usher.”
Pero no sólo en Italia y para Italia se han recuperado películas valiosísimas del período mudo. Ya en 1995, en un boletín informativo del Programa Media de la Comunidad Europea se daban auspiciosas noticias sobre la recuperación de estos materiales gracias al Proyecto Lumière: “El año del centenario no podría haber comenzado más favorablemente para los archivos de filmes europeos que han estado comprometidos durante los últimos dos años con la búsqueda sistemática de sus filmes perdidos, en el marco del Proyecto Lumière. Filmes europeos perdidos han aparecido con frecuencia en archivos latinoamericanos, pero el descubrimiento de más de 100 títulos europeos en el archivo uruguayo del sodre ha tomado por sorpresa hasta a los investigadores del proyecto. Gracias al trabajo llevado adelante por Gianluca Farinelli y Vittorio Martinelli, la mayoría de estos títulos han sido identificados. La colección fue comenzada en los años veinte  por el poeta uruguayo Pereda. (…) Un cuidadoso trabajo de conservación realizado por el sodre y la Cinemateca Uruguaya ha asegurado que estos filmes permanecieran en excelentes condiciones. Los investigadores visionaron más de 130 títulos, 70 por ciento de los cuales han sido identificados (…). Es ahora posible ver la tintura original de Los nibelungos y de El estudiante de Praga. También ahora se puede apreciar la calidad fotográfica y los complejos colores de copias originales de los años veinte en filmes como El brasero ardiente, La caída de la casa Usher y El conde Kostia. También queremos destacar que Tres páginas de un diario, una de las obras maestras de G W Pabst, es 200 metros más larga en la versión de Montevideo”.
Hubo que esperar la visita de Farinelli y Martinelli a Montevideo para que al fin se pudiera restaurar esa versión de la película de Pabst. Al día de hoy se han copiado y restaurado decenas de títulos de filmes primitivos provenientes de la colección de Fernando Pereda y el trabajo aún no ha sido terminado: constantemente, cinematecas y archivos del mundo entero están solicitando materiales para la recuperación de las joyas cinematográficas que el poeta encontró y seleccionó durante largas décadas.

EL PRESTIDIGITADOR. El encandilamiento que le provocaba la prestidigitación y la magia incluía al cine y alcanzaba también a la alquimia, la levitación y los circos ambulantes de la campaña uruguaya. Junto a quien fuera su segunda esposa y compañera de toda la vida, la crítica de danza y fotógrafa Isabel Gilbert, y en las auráticas tertulias (véase recuadro) que suponían las proyecciones privadas que Pereda realizaba para un selecto grupo de invitados en sus dos viviendas –primero en los altos de la casa de la calle Yi, más tarde en su casa de la calle Divina Comedia en Carrasco– alguna vez los anfitriones supieron recibir a sus contertulios con traje de luces y vestido flamenco.
Excéntrico, epicurio, gozoso, hermético, cosmopolita y de un cultivado misticismo, le gustaba seducir desestabilizando; era un sabio prestidigitador él mismo de climas especiales, pero a su vez “no era un hombre histriónico, había algo apagado en él, se tomaba todo con mucha seriedad”, según lo recuerda su amigo el historiador del arte Gabriel Peluffo Linari. Aun así, porfiaba en asistir a los ojos del desconcierto: en el ya citado artículo de Penco se refiere la historia de su encuentro con Jorge Luis Borges en Buenos Aires. Ante la pregunta del argentino sobre a quién consideraba su maestro entre los poetas uruguayos, le soltó un “Yo soy discípulo de mi propio esqueleto”. Más tarde el mismo artículo menciona el hotel Ermitage de Montevideo, donde vivió los últimos 30 años de su larga vida. Su habitación desplegaba, según detalla Penco y para el que quisiera deslumbrarse: “decenas de libros, y otros objetos que lo acompañaron casi hasta el final; un casco persa, un pedazo de baldosa de la Villa Adriana, el clavo de una puerta de El Toboso, papeles de otros siglos, baúles repletos de recuerdos, dos magníficas linternas mágicas. Una de ellas proyectaba a veces en lo alto de la pieza oscurecida la provocadora imagen de un arlequín a caballo, galopando sobre las estanterías desde donde se acomodaban con cierto desorden poemarios con autógrafos de Vicente Huidobro, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni, Cecilia Meireles, José Bergamín, entre otros”.
“Viajero moroso”, define Penco, y “hombre de mundo”, le tildan otros, fue también amigo y corresponsal privilegiado de muchos intelectuales, coleccionistas y críticos de fuste: en el archivo que custodia Penco se cuenta correspondencia con José Bergamín, Luis Campodónico, Sergio de Castro, León Klimovsky, Manuel Peña, Nei Duclós y Henri Langlois, entre otros. Hubo muchos hombres y mujeres de talento entre su círculo: como recuerda Peluffo, León Felipe lo frecuentó algunas veces, Darwin Peluffo, muy amigo de Pereda, era el privilegiado anfitrión de aquellos encuentros. Se sabe que Julio Cortázar lo favoreció con la primera lectura de Bestiario. Fue amigo también de Paulo Emilio Sales, fundador de la Cinemateca Brasileira.

LA DONACIÓN. En 1935, casi por gracia del destino, Pereda adquiere su primer proyector de cine, que debía ser accionado a manivela. Un incendio ocurrido en una juguetería de la Ciudad Vieja dio lugar a la venta de lo poco que se había salvado de las llamas: los proyectores y una cantidad de películas mudas, de un solo acto, que se vendían para alimentarlos. Pocos meses después, en abril de 1936, en una librería vecina a su casa del Centro de Montevideo, el joven Pereda descubre una cantidad importante de rollos de película que habían quedado en el sótano de ese edificio tras el cierre del cine Sol, sobre la avenida 18 de Julio, que funcionó allí entre 1915 y 1929. Adquiere 2.850 metros de “cinta de biógrafo” –tal cual describe la factura de compra– a 2 pesos el metro (véase facsímil). EntreviStado por José Wainer4 de Brecha, en 1986, Pereda relata sobre esos inicios: “No había propiamente un método, pero sí múltiples circunstancias: la sensación de sentirse guiado hacia lo que se quiere descubrir estaba entre esas circunstancias, y ya en la zona del cine rescatable, donde cada uno de los fotogramas que se recuperan pertenecen a pequeños o grandes filmes, desconocidos o famosos, hallados –¡algunas veces debió ser!– por una paciencia del azar o, acaso dicho mejor, (con más claridad) por un azar de la paciencia. Y nos llegaban sabrosas situaciones de los descubrimientos en lugares inesperados, por ejemplo, en el sótano de una librería vecina, que conocíamos desde hacía mucho tiempo, pero sólo como librería rutinaria y normal, no como escondido depósito de incunables del cine. Y otro ejemplo, aun más extraordinario: el arcón de la bohardilla de un antiguo restaurante del Parque Urbano (hoy Parque Rodó) y donde veinte años antes funcionaba un cine al aire libre. Allí sí debía de haberse sentido la certeza ¡pero de tan razonable era inverosímil! Y encontré películas primitivísimas, como Un drame au fond de la mer (año 1901, ¡total 16 metros!), pudiendo ser un filme de los que Sadoul nunca vio y que, como dice él mismo con ejemplar honradez, sólo conocía ‘según catálogos de la época o por algunos raros testimonios’”.
A estos hallazgos les siguieron búsquedas más sistemáticas, y así fueron apareciendo otras cintas de inmenso valor, en salas cinematográficas del interior del país, e incluso en Argentina (probablemente enviadas por su amigo León Klimovsky) y Brasil, ya que la colección cuenta con algunas copias con intertítulos en portugués. Años más tarde, en su segundo viaje a Europa, Pereda halla en el Mercado de Pulgas de París “el rollo de Sigfrido que le faltaba para completar la película. También compró allí con certeza una película llamada El regalo de Toribio (Il regalo di Cretinetti), de ese célebre cómico francés antecedente de Chaplin”, según recuerda Peluffo.
Ya instalado en el hotel Ermitage confió su colección de películas a una pareja muy amiga, Marta Linari y Darwin Peluffo, padres de Gabriel, quienes depositaron las películas en la buhardilla de su casa. Cada sábado, puntualmente, Pereda iba hasta allí a revisar y a airear las copias y elegía una para proyectar en el salón, tal vez como un gesto nostálgico que le traía un poco el ambiente de sus tertulias. Era evidente que las películas no podían permanecer allí mucho tiempo más, las condiciones no eran las adecuadas para la preservación de la colección, y el peligro aumentaba con los sucesivos veranos. Si bien el poeta supo desde el comienzo que su selección de filmes era para Uruguay, la decisión final de donarlas le llevó casi diez años. Y fue tomada en un momento difícil, en circunstancias que él no consideraba apropiadas, dado que el país se encontraba bajo dictadura militar (Pereda, sin ser un hombre de izquierdas, se definía a sí mismo como demócrata: “la democracia es el menor de los males”, decía). Desde el comienzo del proceso le dejó bien claro a Hintz: no quería tener el menor contacto con las autoridades del sodre en ese momento. Se trataba de una “donación condicionada”; Pereda lo explica en el documento que él mismo redacta para la donación, al que adjunta un inventario de los filmes de la selección. Tras algunas misivas y las consiguientes dilaciones en la respuesta del sodre, Pereda envía una nota, fechada el 8 de junio del 74 en que explicita las condiciones del premio a instaurarse y vuelve a aclarar que no pretende remuneración alguna por el traspaso de su colección pero que el sodre busque la forma de reservar un dinero para el fomento del cine en Uruguay.
La donación se hizo efectiva en 1975, el premio se instauró, una comisión integrada por él mismo, Eugenio Hintz y José Carlos Álvarez redactó las bases, pero lamentablemente el concurso se realizó sólo los primeros años. Se ignora si Pereda hizo algún reclamo. Considerando que fue la única condición, correspondería que el premio Fernando Pereda al cine uruguayo volviera a convocarse. Por respeto a su memoria y la de la cinematografía mundial a la que él supo contribuir con temprana lucidez. n

1.     “La conservación del cine. De Caligari a Pereda”, de Homero Alsina Thevenet. Revista Jaque, Montevideo, 8 de junio de 1984.
2.     “Fernando Pereda (1899-1994). El poeta de un siglo”, de Wilfredo Penco. El País Cultural, año VII, Nº 336, Montevideo, 12 de abril de 1996.
3.     Algo para recordar. La verdadera historia del Cine Club del Uruguay, de Eugenio Hintz. Ediciones de La Plaza, Montevideo, 1998.
4.     “El tiempo también filma. Entrevista con Fernando Pereda”. Cuestionario de José Wainer. Semanario Brecha, Montevideo, 29 de agosto de 1986.

    Agradecimientos: Este artículo no hubiera sido posible sin los valiosos aportes de Alfredo Alzugarat, Ignacio Bajter, Nancy Urrutia, Eduardo Correa, Nelly Hintz, Manuel Martínez Carril, Juan José Mugni, Amalia Pedreiras, Gabriel Peluffo Linari, Wilfredo Penco y Hugo Rocha.

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