In extremis
- Última actualización en 26 Abril 2013
- Escrito por: Gabriel Peluffo Linari*
Pereda y Zum Felde
En el verano de 1974 el poeta Fernando Pereda, una suerte de tío espiritual que integraba la selecta familia de amigos de mi padre desde muchas décadas atrás, se encontraba internado sufriendo la difícil recuperación de una operación cuyas secuelas le impedían entrar en una etapa de convalecencia. Su aspecto era alarmante, porque quien lo hubiera visto antes leyendo poesía, cortejando amores, deleitando con sus cuentos de viajes por Europa, sus travesías por el mar Egeo, su lectura del Quijote, no podía reconocerlo ahora en ese rostro atravesado de finas tuberías transparentes que le enmudecían, cubierto por una sábana blanca y rodeado de brillantes soportes metálicos con inyectores de suero. Sin embargo, de acuerdo a los informes médicos, su estado no revestía ninguna gravedad. Me había llamado por teléfono su fiel amiga, Isabel, para anunciarme que Fernando quería escuchar música brasilera y afro de candomblé, que él mismo había grabado en Rio de Janeiro en los años veinte. Tuve entonces que ir a operar el antiguo grabador de cinta e instalarme junto a la cama donde el poeta descansaba con los ojos cerrados, pero perfectamente atento a lo que sucedía en torno suyo, para liberar esa música de cuevas de macumba cantada por voces roncas y bocas desdentadas hasta hacerla resonar en aquel ambiente aséptico, donde todo parecía controlado por el signo del silencio y de la pulcritud incontaminada.
No estoy seguro de que Pereda fuera consciente de la absurda y espléndida situación de arte que había creado dentro de un hospital mientras intentaba encontrarse en esa música con un sí mismo antiguo, aquel de la sensualidad en la vida de los barcos, de los viajes, de los amores y las madrugadas.
Alguien apareció de pronto en la puerta, erguido y oscuro, con el sombrero entre sus manos apoyadas bajo la cintura, permaneciendo estático. Pude reconocer de inmediato la figura y la mirada de Alberto Zum Felde asomando su perfil para observar a su amigo a quien, en vista de su estado, prejuzgaba próximo al final. Me hizo una señal de pregunta y yo un ademán para que entrara.
Apagué el grabador y acercándome a Fernando le dije en voz baja:
—Ha venido Zum Felde a visitarlo.
—Que pase.
El legendario escritor, otrora desmelenado y apolíneo, se detuvo al borde de la cama, enjuto, sin quitar la mirada del terrible espectáculo. Con los ojos cerrados, Fernando esperaba ansioso la primera palabra de su amigo, que tardaba demasiado en pronunciarse. Entonces prefirió ser él quien preguntara, con la justa ironía de un fino catador de perplejidades:
—Amigo Zum Felde, ¿qué me manda decir la Academia?
Inclinándose un poco, siempre con el sombrero tomado con las manos juntas cubriendo la entrepierna, inhaló con esfuerzo el aire yodado de la habitación para levantar la voz, como si estuviera a punto de emitir un último y sublime dictamen:
—¡Gloria para la eternidad!
Se hizo un larguísimo silencio en el que apenas se escuchaba la respiración dificultosa de Fernando, algo amplificada por aquella parafernalia tecnológica que, ante los ojos del visitante, ilustraba la fantasía de una tecnoagonía controlada, de una eutanasia aplicada en cómodas cuotas, a través de hermosos y siniestros mecanismos cromados con ribetes neofuturistas.
Unos segundos después, cuando se hubo recuperado de la brutal respuesta, manteniendo los ojos cerrados, se le oyó decir con tono calmo, tolerante, atribuyendo piadosamente las causas de semejante disparate a la turbación que se sacudía en el alma de ese anciano, antiguo compañero de horas:
–Amigo Zum Felde, hablemos del presente. n
(Nota del autor: Alberto Zum Felde falleció en el año 1976, y Fernando Pereda en 1994.)
* Arquitecto, historiador e investigador del arte, ex director del Museo Blanes.

