Las flores de la prohibición
- Última actualización en 29 Agosto 2012
- Escrito por: Guillermo Garat
El cultivo de marihuana para consumo personal es un arte, es sibaritismo, refinamiento, paciente sapiencia que entrega sus frutos conforme al celo y al esmero del horticultor. El cultivador se siente orgulloso de lo suyo, que inevitablemente es también de los demás, que lo aplauden como al asador se le dedican palmas y cánticos de amor “barrabravescos”.
Aroma, textura, “mambo” (es decir “pegue”) son algunas de las características que se catan de la marihuana, dicen. Se echa mano a los elementos de la naturaleza, sabores y frutos, para describir o comparar las cualidades de las flores del cannabis y tratar de bajar a tierra aquellas cosas tan difíciles de enumerar con las palabras cuando esquivan los sentidos. Como el sommelier del vino, el sumiller de corps del porro es un hábil declarante, un seductor que utiliza las palabras justas para provocar en el escucha el palpitar del deseo, que no se dará por satisfecho hasta encontrar aquellos “trazos frutales”, esa “impresión en boca” y sobre todo el inapelable colocón. Vino y marihuana elaborada con entrega y devoción tienen mucho en común. La dedicación de los que ganaron los premios es total, es de 24 horas al día y es sobre todo de aprendizaje sobre los ciclos vitales de una planta milenaria.
El domingo el sol no lograba templar mis manos de camino a una casona victoriana situada en el Reducto. Puertas adentro se caldeaba desde las diez de la mañana la primera copa cannábica de Uruguay. Sesenta participantes entregaron 72 muestras para que un jurado internacional conformado por epicúreos argentinos, brasileños y colombianos decidieran cuáles de las “cremas” orientales se quedarían con los preciados títulos: cultivo interior y al aire libre. Otro jurado uruguayo tuvo la tarea de decidir cuál fue el mejor hachís y otorgar el premio a los cogollos que viajaron desde varias ciudades latinoamericanas. El jurado es serio, fumaron solamente cinco de las decenas de porros que circulaban, los otros fueron descartados por su apariencia y aroma, se los fumaron los demás.
El lugar estaba tibio, al franquear la puerta una nube húmeda y olorosa como de flor en primavera me invadió. La percibí al entrar, después fue imperceptible, excepto cuando alguien prendía algo a mi lado. ¡Qué aromas! Al caminar por la ciudad se olfatea marihuana habitualmente, pero el efluvio de esas flores fue otra cosa, una caricia incitadora para los casi 300 inscriptos –más numerosos colados– que disfrutaron en semicírculo de la estufa a leña, del mate, de 50 quilos de dulce de leche con sus correspondientes barquillos, cafés, chocolates, mandarinas y manzanas a mansalva, cientos de litros de jugo de naranja, agua, unas pizzas de primera y antes un desayuno con todas las de la ley. Y todo sin alcohol.
Había sofás y banquitos en cada rincón para bostezar aprovechando el sol de los ventanales, la gente iba y venía por la casa enorme. Al fondo, en el galpón, se montaron los stands de la parafernalia cannábica, que son como los tótems del culto al porro. Dos de ellos resaltaban, tenían todo para el cultivo al exterior e interior, las mejores tierras, sustratos y nitratos para la planta más dulce, y muchas cosas que desconozco pero seguramente importantes para tan exigente tarea; ellos me explicaban, yo movía la cabeza como si entendiera. Estaban los archiconocidos Yuyo Brothers, con tucas, pipas, camperitas, morrales, riñoneras y otras vituallas. También la revista Haze y los de la thc de Argentina, más convencidos que los uruguayos de “legalizar”. Había bancos de semillas, es decir catálogos de genéticas europeas, entre ellas las holandesas más importantes dispuestas en una mesita: Sensi Seeds y dna Genetics, entre otras que se plantan en Uruguay desde hace por lo menos diez años. Semillas que se obtienen a partir de 50 dólares la docena, lo cual calculadora en mano no está mal comparando con el porro de los narcos, el paraguayo. Paraguayo era mala palabra en aquel cónclave de los labradores de su propia flor. Porque paraguayo es sinónimo de marihuana prensada, con mucha hoja (que no hace más que reventar los bronquios), sumado a elementos ajenos a la planta y poca flor pistilada por eso su pegue es poco eficiente, tira para abajo, puede dar dolor de cabeza; es otra cosa diría, y tiene poco que ver con la marihuana.
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