La reconversión holandesa
- Última actualización en 29 Agosto 2012
- Escrito por: Daniel Gatti
Desde 1976, año de la despenalización del cannabis en el país, y durante casi 36 años, Holanda fue la meca de los consumidores de hachís y marihuana, y los coffee shops los templos paganos de un culto que se desarrollaba sin mayores problemas. O en todo caso generando bastantes menos que los que existían antes, cuando drogas blandas y duras se vendían y consumían en los mismos circuitos.
Los coffee shops aparecieron de hecho, para muchos, como la concreción en la práctica de una manera de encarar el “tema drogas” distinta de la prevaleciente desde los años sesenta, época en que la “guerra contra las drogas” comenzó a implementarse con un ahínco plasmado en legislaciones nacionales y convenciones internacionales. Como “la traducción a lo cotidiano de una idea de tolerancia, de un modelo de convivencia en el que el diferente era integrado al espacio urbano y retirado al mismo tiempo del circuito delincuencial”, llegó a describirlos, muchos años atrás, el francés Roland Castro. Urbanista, militante político, creador en 2003 del Movimiento de la Utopía Concreta, Castro veía en los coffee shops “lugares de enraizamiento de prácticas culturales alternativas que cuando eran marginadas y expulsadas del espacio urbano alimentaban conductas delictivas, y cuando pasaron a ser legitimadas contribuyeron a reducir los eventuales daños ligados al consumo y a minar el poder de las mafias, separando los mercados de las drogas duras y blandas”.
Pero lo cierto es que esta experiencia levantada como modelo –hasta por parte de quienes hoy la denostan– está llegando a su fin. A fines de mayo de 2010 la coalición de gobierno formada por demócrata-cristianos y liberales, apoyada por la ultraderecha, decidió cerrar lo que antes estaba abierto y limitar a los nacionales –e incluso más: a los residentes en una ciudad–, y previo registro, el acceso a unos locales por los que cada año pasaban cientos de miles de extranjeros –para tener una idea: según cifras del municipio de Ámsterdam, un millón de los 4,5 millones de extranjeros que cada año visitan la capital holandesa hacían una excursión por algún coffee shop.
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