A diferencia de lo que son, o fueron, los coffee shops holandeses (véase nota adjunta), los clubes españoles “son cerrados y gestionan plantaciones colectivas de cannabis para producir la marihuana y el hachís que consumirán sus socios, que son quienes sufragan las plantaciones a través de las cuotas”, según resumía una investigación de la periodista Eva Cavero publicada en 2011 en el diario madrileño El País. Los socios de los clubes españoles se dividen en dos categorías: los lúdicos y los terapéuticos. Los primeros sólo pueden ingresar a la institución si los presenta otro socio y si las plazas son suficientes en función de la cosecha prevista; y los terapéuticos necesitan una prescripción médica. Sin ella no hay tutía. El diario cuenta que en uno de los clubes más antiguos de Barcelona, La Maca, los médicos voluntarios rechazaron candidatos “por considerar que no entraban dentro de uno de los ocho grupos de enfermos para los que el cannabis parece ser eficaz como sustancia paliativa”. Joan Parés Grahit, uno de los doctores, lo justificó: “No pretendemos predicar el uso del cannabis, sólo hacer un uso adecuado, empezando por las dosis”.
El de La Maca era por entonces, junto al Pannagh de Bilbao, en el País Vasco, uno de los clubes más grandes de España, con 500 socios que se reúnen en un local que comprende una sala lúdica, otra para el equipo terapéutico, una habitación para los trabajos de cosecha y otra prevista para una plantación de interior. El club alquila además varios terrenos para sus cultivos. Uno de ellos es un invernadero de 200 metros cuadrados en el que se cultivan seis variedades de marihuana. El terreno, alquilado a una empresa agrícola, está conectado por cámaras, alarmas y sensores a una empresa de seguridad.
“Los clubes de consumidores de cannabis no tienen misterio: son asociaciones libres de usuarios de cierto tipo de sustancia que se reúnen para un consumo responsable y regulado de la misma”, dice a Brecha Iván Fornis Espinoza, uno de los encargados del laboratorio de Energy Control, dependiente de la Asociación Bienestar y Desarrollo. Energy Control realiza análisis de calidad de hachís y marihuana, por lo general a pedido de los clubes sociales. Sus trabajos son certificados y consisten en dos pruebas del producto, para verificar su estado y su grado de toxicidad. “Nuestra labor consiste en asesorar a los usuarios sobre los efectos de las sustancias que consumen y las concentraciones de cannabinoides que contienen. Los usuarios son los primeros en querer saber qué consumen y en evitar males que puedan padecer. No estamos para aconsejar o desaconsejar a nadie sobre si tiene o no que consumir, sino para asesorarlo. La edad que tenga incide relativamente, pero si nos consulta alguien muy joven le recomendamos productos con concentraciones bajas de thc y cbd (los componentes activos del cannabis y responsables de sus efectos narcóticos). Lo más aconsejable es que el usuario tenga una personalidad formada y una estructura mental formada, para no trastornar su vida por el consumo”, dice Forniz.
Martín Barriuso, presidente de Pannagh, compara a los clubes de cannabis con sociedades gastronómicas. “Una sociedad gastronómica –dice– es una asociación sin ánimo de lucro, donde los socios ponen un fondo común, compran el local o lo alquilan y tienen un sitio donde se reúnen y organizan sus fiestas. Puedes llevar tus productos de casa o usar el de allí. Antiguamente compraban la sidra para todo el año, mandaban una serie de catadores para probar sidra de distintos productores de la zona, le encargaban a cada uno los litros que les interesaban. Pero claro, muchos socios no tenían dinero para pagar de golpe la sidra de todo el año. Solución: según la gente bebe la sidra que han llevado a su sociedad gastronómica, pues la va pagando, tanto lo que ha costado esa sidra, como otros gastos de mantenimiento. Hay distintos modelos de sociedades gastronómicas, algunas incluso tienen gente a sueldo para que cocine o para que se encargue de la limpieza. Esto sería un modelo parecido, pero en vez de sidra lo que consumimos son derivados del cannabis, elaboramos lo que nos parece, nos lo distribuimos y lo vamos pagando. No se reparten beneficios, nadie se lleva dinero a su casa al final del año, si sobra dinero se invierte de nuevo en lo que decida la asamblea.”
Como toda asociación, los clubes están obligados a llevar una contabilidad estricta y deben registrar sus previsiones de consumo, para calcular el tamaño de la cosecha. Todo con el fin de demostrar que no trafican y que lo producido coincide con lo consumido.
INTERVENCIONES. En España, a diferencia de Holanda, la regulación vigente permite el cultivo de cannabis para uso “lúdico”, evitando uno de los factores que alimentan los circuitos clandestinos, pero tiene otras muchas lagunas. “Los clubes reúnen a consumidores que también quieren ser cultivadores y que por lo general no tienen espacios para cultivar. En los clubes se cuida de las plantas, se contrata a jardineros para mantenerlas y se le da a cada socio la misma cantidad en función de una cosecha prefijada. Todos participan del proceso y la experiencia del cultivo, y se excluye el fin del lucro”, afirma Fernando Aranaz, presidente de la Asociación Madrileña de Estudios sobre el Cannabis (amec), una ong fundada en 1995 y que ahora centra sus esfuerzos en defender los derechos de los usuarios y en “educar en drogas”.
Aranaz dice que desde el cambio de gobierno en 2011 muchas cosas han cambiado en España. También para los clubes de cannabis, cuyos integrantes sufren acoso tras acoso, y llegan a menudo a ser intervenidos por las autoridades. Este año le tocó a La Maca. “Sus socios eran cada vez más cacheados al ingreso o en las inmediaciones del club. Su director decidió un día ir a hablar con la policía para invitarla a inspeccionar el lugar. La policía aceptó, y apenas ingresó al local precintaron las plantas y conminaron a los socios a que cuando llegara el momento de cortarlas debían hacerlo en presencia de los policías.” A otros responsables de clubes la policía los acusó directamente de narcotráfico.
La ley española no penaliza el consumo público, pero sí la tenencia. Depende de las directivas que tenga la policía que extreme o no los controles. Según amec, hoy las revisaciones callejeras son mucho más comunes que antes y su blanco principal son los consumidores de cannabis, de lejos los más numerosos. A quienes se les incauta determinada cantidad de sustancia se les impone una multa de un mínimo de 300 euros. España ha sido el país de la Unión Europea que más ha aumentado el monto de las multas, y se propone subirlas aun más. “Hay una propuesta de modificación de la ley actual para pasar el mínimo a 3 mil euros. Hay que saber que dos de cada tres personas revisadas por la policía para verificar tenencia son condenadas al pago de multas. Un atropello”, cuenta Aranaz a Brecha.
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